Las ventanas del alma

Estoy leyendo el libro Evolution for Everyone (2007) de David Sloan Wilson. En las páginas 165-166 de la edición en rústica (que es de 2008) me he encontrado con el siguiente párrafo:

“¿Cuáles son los rasgos que nos permiten funcionar como jugadores de equipo? Algunos son extraordinariamente simples. Considera nuestros ojos, por ejemplo. Todos los ojos de mamíferos constan de una pupila que admite la luz al interior del ojo, un iris que actúa como la apertura de la cámara, y una cubierta que los circunda, la esclerótica, que proporciona protección. En nuestra especie la esclerótica es blanca, muy blanca, y el iris tiene color, lo que proporciona un fuerte contraste. Cuando miramos a alguien, podemos ver claramente hacia dónde se dirige su mirada con independencia de hacia dónde apunta su cara, incluso a considerable distancia, gracias al contraste entre la esclerótica y el iris. De cerca podemos ver cuán dilatados están sus ojos, gracias al contraste entre el iris y la pupila. Es tan grande el poder emocional y comunicativo de los ojos que los llamamos las ventanas del alma. Siendo esto así, seguramente somos la única especie primate que proporciona a los demás ventanas para que observen nuestro interior. Los investigadores japoneses Hiromi Kobayasi y Shiro Kohshima examinaron 92 especies de primates y descubrieron que somos la única en la que son claramente visibles el dibujo del ojo y la posición del iris. En el resto de especies la esclerótica está pigmentada, de manera que proporciona bajo contraste con el iris y el resto de la cara. Además, en humanos la superficie ocular que ven los demás es desproporcionadamente grande y alargada horizontalmente, en comparación con el resto de primates. (…) Con la única excepción de nuestra especie, los ojos de los primates han evolucionado para ser difíciles de ver, para esconder, en vez de revelar, información sobre nosotros mismos – el equivalente natural de unas gafas de sol o de una cortina corrida.”

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