Los cerebros caros necesitan refrigerarse

Así pues, el cerebro humano es un órgano caro, es responsable de cerca de la cuarta parte de nuestro gasto metabólico en reposo. Por esa razón los seres humanos hemos necesitado adquirir comparativamente más recursos que los que debían adquirir los homínidos que nos antecedieron. Como ya he comentado antes aquí, parece ser que esa es la razón por la que se considera que cocinar los alimentos, al permitir obtener de ellos un mayor rendimiento energético, ha constitudo un motor de nuestra evolución (ver La cocina, motor evolutivo en homínidos).

Hace aproximadamente una década, los biólogos D. Schwartzman y G. Middendorf propusieron que nuestro cerebro no pudo evolucionar en esa dirección (aumento de tamaño) hasta que el planeta no se enfrió de forma significativa con el advenimiento de la edad de hielo del Cuaternario (hace 2’5 M años). La razón que aportaron para sostener esa propuesta es que la actividad metabólica del cerebro humano obliga a disipar demasiado calor y que esa disipación podía no ser posible en la necesaria medida bajo las condiciones anteriores, mucho más cálidas. La idea es sugerente, y tiene en cuenta un fenómeno que en muchas ocasiones pasa desapercibido, pues la gran actividad metabólica del cerebro humano suele ser ignorada a estos y otros efectos.

Debe quedar claro, no obstante, que no se atribuye al enfriamiento el estímulo que indujo el crecimiento del tamaño. Ese aumento, como vimos en la entrada anterior, fue seguramente inducido por otros factores, pero quizás no hubiera sido posible sin el enfriamiento del Cuaternario.

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