La voz humana, herramienta multiusos

En la entrada anterior vimos que se puede estimar con bastante precisión la habilidad combativa de una persona, -mejor en el caso de los hombres-, simplemente viendo su cara. Y aun mejor se puede estimar si además de ver la cara se ve el cuerpo entero. Pues bien, también la voz resulta ser un buen indicador de esos rasgos.

Esa es la principal conclusión de un trabajo que ha publicado un equipo formado por especialistas de distintos campos (psicólogos evolucionistas, antropólogos y expertos en comunicación) en la revista Proc R Soc B (edición avanzada online en junio de 2010). De los datos obtenidos en la investigación publicada se concluye que puede estimarse la fuerza de una persona oyendo su voz. Esa estimación realizada a partir de la voz se correlaciona significativamente con su fuerza real en una medida similar a como se correlaciona con la estimación basada en los rasgos faciales. Además, la precisión de la estimación es independiente del idioma utilizado, y esto es importante, porque quiere decir que no se trata de una habilidad de carácter cultural, sino que tiene sus raices en nuestra historia evolutiva.

Como ocurre con la estimación de la fuerza de las mujeres a partir de claves visuales propias de la cara, también la estimación de la fuerza femenina a partir de la voz es menos precisa, -la mitad-, que la de la masculina. Esto es, la voz es mejor indicador de fuerza y “formidability” en los hombres que en las mujeres, algo que, como ya vimos en la entrada anterior, tiene sentido puesto que las mujeres recurren mucho menos que los hombres a la agresión física en caso de conflicto.

Por otro lado, la precisión en las estimaciones de fuerza y “formidability” mejora mucho si se dispone, simultáneamente, de claves visuales y auditivas. Esto ocurre porque las claves auditivas ofrecen información complementaria y consistente con la que ofrecen las claves visuales. Es complementaria porque su contribución no es exactamente la misma y es consistente porque unas claves no contradicen lo que indican las otras. Si pensamos que en la mayor parte de las ocasiones en que una persona se pueda ver envuelta en una pelea estará en condiciones de ver y oir al contrincante potencial, esa mejora en la capacidad para valorar la amenza que representa ese contrincante es muy importante.

Puede pensarse que la evaluación de la fuerza no tiene por qué implicar que se valora la capacidad combativa; y también puede pensarse que quizás atribuimos gran capacidad combativa a individuos que nunca se van a ver implicados en una pelea, simplemente porque la rechazan. Pero lo cierto es que eso no es así. En primer lugar, para las personas que realizan experimentalmente las estimaciones, fuerza y capacidad combativa son equivalentes, y además, resulta que esas estimaciones están muy bien correlacionadas con el historial de peleas o “broncas” de los individuos que han sido valorados. O sea, que las claves que detecta la voz informan verazmente del comportamiento combativo. Al fin y al cabo, si alguien es hábil peleando, tiene menos razones para evitar las peleas que quien no lo es: yo creo que casi todos los varones nos hemos visto en numerosas ocasiones en tales tesituras o, cuando menos, hemos presenciado escenas en las que se mostraba esa variedad de comportamientos.

Un aspecto relevante, -y curioso-, de este estudio es que las personas que valoraron las voces de otros no fueron capaces de estimar su altura y peso, pero sí su fuerza. Y esto, que puede resultar paradójico, tiene su lógica, ya que no existe una correspondencia clara entre fuerza (muy dependiente de la anatomía superior) y altura y peso. Y al fin al cabo, para alguien que debe decidir si involucrarse o no en una pelea, lo que importa no es lo grande o pequeño que es el otro, ni si está más o menos gordo; lo que importa es si, como decíamos de chavales, es más o menos “malo para las peleas”. Y eso, por cierto, es consistente con predicciones teóricas según las cuales la selección natural debe favorecer mecanismos cognitivos que estimen con precisión la capacidad combativa de los otros, potenciales agresores.

Así pues, parece que estamos dotados de una arquitectura neurocognitiva que es capaz de estimar la habilidad combativa de otros sujetos a partir de claves auditivas. Y por lo tanto, la voz no es solo una herramienta de comunicación oral. Ya habíamos visto aquí que cumple también una función similar a la de las caricias, o si se prefiere, a la de los atusamientos que practican otros primates. Y como hemos visto ahora, de la voz podemos extraer información valiosa. Porque valioso es el poder estimar la habilidad combativa o “formidability” de una persona oyendo su voz.

Referencia: Aaron Sell, Gregory A. Bryant, Leda Cosmides, John Tooby, Daniel Sznycer, Christopher von Rueden, Andre Krauss y Michael Gurven (2010): “Adaptations in humans for assessing physical strength from the voice”. Proc. R. Soc. B publicado online el 16/06/2010.    doi: 10.1098/rspb.2010.0769

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