Madres jóvenes

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Las mujeres cuya infancia ha sido difícil, bien por razones estrictamente materiales, o bien porque han sido desatendidas de alguna forma por sus progenitores, suelen llegar antes a la pubertad, tener relaciones sexuales a edades más tempranas y ser madres más jóvenes.

Ya sabíamos que ocurría eso en algunas especies de mamíferos. Las circunstancias en las que se produce el desarrollo temprano condicionan el comportamiento reproductor de las hembras. En diferentes especies se ha visto que si las condiciones en que se produce el desarrollo inicial son limitantes o de escasez, los eventos relacionados con la reproducción tienden a producirse posteriormente de forma más temprana y rápida. En cierto modo es como si las malas condiciones en las primeras etapas de la vida condujesen a un ciclo de vida más rápido, más acelerado.

Es posible que este fenómeno tenga valor adaptativo, puesto que un déficit en la atención parental a los hijos puede condicionar (negativamente) las características del adulto y por ello, puede hacer que varíe el ciclo de vida óptimo del individuo. Alternativamente, las malas condiciones en la niñez también pueden constituir claves informativas acerca de las condiciones ecológicas imperantes. Por ello, es posible que la selección natural haya favorecido mecanismos que propicien una aceleración de los eventos reproductivos en respuesta a la adversidad temprana. De esa forma se acortan los tiempos de generación, minimizándose el riesgo de no llegar a reproducirse y, quizás, elevando la probabilidad de que, al menos, parte de la progenie alcance a su vez la edad reproductora.

Como he señalado al principio, en la especie humana también se han observado fenómenos que confirman esas tendencias. Un bajo peso al nacer está asociado con una madurez temprana, como también lo está un bajo esfuerzo parental en los primeros años de vida. Y la madurez temprana, en este contexto, se ha solido caracterizar a partir de la edad a la que se alcanza la pubertad o la de la primera relación sexual.

En un reciente estudio de grandes dimensiones realizado con mujeres británicas, se ha determinado el efecto que ejercen un conjunto de posibles indicadores de la calidad de las condiciones de vida de las futuras madres en sus primeros años de vida sobre la edad del primer embarazo. Esos indicadores son tanto relativos al cuidado parental a esas mujeres, como a las condiciones socioeconómicas en que se encontraban durante la infancia.

Tiempo breve de lactancia materna, separación de la madre, falta de cuidado paterno, cambios frecuentes de residencia y baja posición socioeconómica son factores que hacen que disminuya la edad del primer embarazo. Además, ejercen un efecto aditivo. Esto quiere decir que no son la manifestación de una condición general, sino que cada uno de ellos ejerce su propio efecto.

Este trabajo se añade a otros anteriores que han venido aportando evidencias de que los mecanismos de plasticidad del desarrollo, previamente observados en otras especies, también funcionan en los seres humanos y que pueden ejercer muy importantes efectos incluso en sociedades industriales o postindustriales, en poblaciones de fecundidad muy baja. En la medida en que las conclusiones de este estudio sean válidas también para las condiciones de otros países y otros espacios culturales, este fenómeno explicaría muy bien por qué razón las tasas de natalidad son tan altas cuando las condiciones en que se desarrolla la infancia temprana de las futuras madres son malas. Y también permite explicar muy bien la rapidez con la que se produce una transición demográfica en cuanto las condiciones materiales de una sociedad mejoran.

Fuente: Daniel Nettle, David A. Coall and Thomas E. Dickins (2011): “Early-life conditions and age at first pregnancy in British women” Proc. R. Soc. B 278: 1721-1727

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