¿Rasgos más masculinos? No para todas…

George Clooney

“Vuelve el hombre” rezaba un reclamo publicitario, -creo que de una colonia-, hace unos años. Y en la imagen se veía a un hombre de rasgos y apariencia general muy masculinos. Uno, en su ingenuidad, se preguntaba si es que el hombre se había ido alguna vez y por eso había de volver. No se trataba de eso, por supuesto. Después de unos años de hablar, -y ponderar-, un supuesto nuevo modelo de hombre, -“metrosexual” creo que lo llamaban-, el anuncio venía a reivindicar una estética masculina algo más agresiva, una estética de hombre más “macho” (si es que no han prohibido aún esta palabra para su uso como calificativo en la especie humana).

Pero, realmente, ¿qué aspecto quieren las mujeres que tengan los hombres con los que se emparejan?¿Los prefieren de rasgos más bien “masculinos”? O, por el contrario, ¿los prefieren de rasgos más suaves, más “femeninos”? Me refiero ahora a su fisonomía, no a su musculatura; de músculos ya escribí en otra ocasión. Y la respuesta es que, al parecer, unas mujeres los prefieren de un tipo y otras los prefieren del otro. O, al menos, los estudios realizados al respecto no han arrojado resultados concluyentes.

Según la teoría de la selección sexual, los individuos de un sexo escogen a su pareja reproductiva atendiendo a características que son indicadoras de algún rasgo ventajoso. De ese modo, los individuos del otro sexo que poseen esas características tienen un éxito reproductivo mayor y, como consecuencia, esas características acaban siendo muy frecuentes. Así, la elección de pareja en virtud de esas características indicadoras constituye una poderosa fuerza evolutiva.

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Por otro lado, de acuerdo con las formulaciones más recientes de la teoría de la selección sexual, la elección de la pareja reproductiva puede verse condicionada por diferentes factores ambientales, y ello puede ser una de las razones, -si no la razón principal-, de que existan variaciones geográficas o culturales en determinados rasgos que han sido o son objeto de selección sexual.

En lo relativo a las preferencias femeninas por unos u otros rasgos en los hombres, el grado de “masculinidad” ha sido objeto de bastantes investigaciones. Las características masculinas están correlacionadas con indicadores de mejor salud a largo plazo y con mayor éxito reproductivo (en poblaciones de “fertilidad natural”). Así pues, -y siempre de acuerdo con la teoría de la selección sexual-, dado que es presumible que los hombres con rasgos más masculinos, -y por lo tanto, más sanos y con mayor éxito reproductivo-, tengan un mayor número de descendientes viables que los hombres de rasgos más femeninos, lo lógico sería que las mujeres prefirieran a aquellos frente a los hombres más femeninos. Sin embargo y como he señalado al comienzo, esas preferencias parecen no estar tan claras; en algunas ocasiones las preferencias femeninas por rasgos más masculinos es débil y en otras van en sentido contrario al esperado.

Pero si la teoría de la selección sexual es aplicable en este caso, esas contradicciones han de obedecer a alguna causa, y quizás lo que ocurre es que esos rasgos masculinos no solamente son indicadores de mejor estado de salud y mayor potencial reproductor, sino que también expresan algún rasgo negativo. Lo cierto es que muchas mujeres adjudican a los hombres de apariencia masculina comportamiento y rasgos antisociales; los perciben como deshonestos, no cooperativos, más interesados en relaciones cortas e, incluso, “malos padres”. Y al parecer, los mismos hombres de rasgos más “masculinos” reconocen estar menos interesados en relaciones estables y afirman tener más relaciones esporádicas que los de rasgos más “femeninos”. Y por estas razones hay quien sostiene que en este fenómeno se produce uno de esos trade off a los que me referido en alguna otra ocasión. Esto es, las mujeres habrían de elegir entre esas dos alternativas, hombres más sanos y fértiles, o mejores parejas y padres. Según este planteamiento se entiende que también hay condiciones intermedias, pero lo que sería más improbable es que los hombres sean las dos cosas a la vez, muy masculinos y muy buenos padres.

Estas dos imágenes forman parte del lote utilizado por el equipo de Lisa DeBruine para realizar su estudio; ambas provienen de la misma fotografía original y han sido retocadas para producir dos caras de rasgos netamente diferentes

Estas dos imágenes forman parte del lote utilizado por el equipo de Lisa DeBruine para realizar su estudio; ambas provienen de la misma fotografía original y han sido retocadas para producir dos caras de rasgos netamente diferentes

Y en este punto entran los factores que pueden hacer que las preferencias femeninas vayan en una dirección o vayan en la otra. Así, hay circunstancias bajo las que la buena salud de un hombre puede resultar un bien muy preciado para una mujer, ya que es lógico pensar que esa buena salud será heredada por la progenie. Por ello, sería de esperar que en áreas geográficas o países en los que las enfermedades infecciosas tienen una alta incidencia, las mujeres prefieran hombres más “masculinos” y, por lo tanto, de mejor salud; esa mejor salud sería heredada por los hijos y de ese modo se encontrarían en mejores condiciones para hacer frente a posibles enfermedades infecciosas. Por el contrario, optarían por hombres que fuesen mejores parejas para ellas y mejores padres para los hijos (aunque de peor salud) en las zonas con baja incidencia de enfermedades infecciosas, ya que en esas zonas la mejor salud del posible padre no aportaría a los hijos una ventaja tan clara con respecto al resto de miembros de la comunidad y, sin embargo, se beneficiaría de su mayor compromiso y dedicación a la crianza de la prole.

Cuando se ha estudiado esta cuestión se ha visto que existe una alta (y significativa) correlación negativa entre la preferencia femenina por rasgos masculinos y el índice nacional de salud. Eso es lo que se desprende de un análisis en el que se han estudiado estas variables para un conjunto de treinta países. Además, otros factores, como el PIB per capita o la edad de las mujeres encuestadas, no explican esa correlación. E incluso, la variabilidad existente de estrategias femeninas de emparejamiento entre unas y otras culturas o zonas, explica una menor variación en las preferencias por rasgos femeninos que el mismo índice nacional de salud.

Así pues, de acuerdo con las conclusiones de este estudio, el gusto por unos u otros rasgos en los hombres depende, en parte al menos, del nivel de riesgo de contraer enfermedades infecciosas que existe en unas zonas y otras. Esa posibilidad, no obstante, no agota el abanico de factores que potencialmente pueden hacer variar los gustos femeninos. De alguno de ellos me ocuparé aquí más adelante.

Fuente: Lisa M. DeBruine, Benedict C. Jones, John R. Crawford, Lisa L. M. Welling y Anthony C. Little (2010): “The health of a nation predicts their mate preferences: cross-cultural variation in women’s preferences for masculinized male faces.” Proc. R. Soc. B 277: 2405-2410.

2 pensamientos sobre “¿Rasgos más masculinos? No para todas…

  1. Tsoulis

    ¿Alguien piensa en las preferencias homosexuales o seguimos cojeando?, sería interesante un artículo completo y no medio, para medio-informar y medio-investigar… Existimos, señores, existimos…

    1. Juan Ignacio Pérez Iglesias Autor

      En efecto. Y soy consciente de que en ese aspecto este blog tiene una carencia seria. Pero hay un problema: aquí comento lo que se publica en los medios que consulto habitualmente, y entre lo que se publica en esos medios no he encontrado todavía ningún trabajo en relación con la homosexualidad o co preferencias homosexuales.

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