También la mirada nos hace humanos

Chimpancé

Chimpancé

En primates, cuanto mayor es el tamaño del grupo más complejas son las relaciones sociales dentro del mismo. Además, esa relación tiene su correspondencia anatómica, ya que cuanto más complejas son las relaciones sociales, mayor es la proporción que representa el denominado “neocórtex” con respecto al resto del volumen encefálico.

Se denomina “neocórtex” o corteza nueva a la capa evolutivamente más moderna del encéfalo. Tiene unos 2 mm de espesor, cuenta con una gran cantidad de surcos, y juega un papel esencial en funciones tales como percepción sensorial, producción de órdenes motrices, razonamiento espacial, pensamiento complejo y, en nuestra especie, el lenguaje. Podríamos decir que la corteza nueva es la sede de las consideradas funciones “superiores” del sistema nervioso, razón por la que es lógico que sus dimensiones relativas estén relacionadas con la complejidad de las interacciones dentro de los grupos sociales. Y en esas interaciones sociales la mirada cumple una función muy importante.

Es evidente que la principal función de lo ojos es ver. Pero además de ver, los ojos también cumplen la función de proporcionar señales a otros individuos. De hecho, para muchos animales es crucial contar con la capacidad de detectar fácil y rápidamente si están siendo mirados, entre otras cosas porque una mirada es a menudo una señal hostil. Pero no en todos los casos una mirada es amenazante, sobre todo en primates. En macacos, bonobos y chimpancés las miradas pueden cumplir diferentes fuciones sociales. Y en humanos, el significado de las miradas varía mucho en función del contexto comunicativo; puede indicar “atención”, “sinceridad” o incluso “buenos deseos”.

Tarsero filipino (imagen: V. Rodriguez, RTVE)

Tarsero filipino (imagen: V. Rodriguez, RTVE)

Teniendo en cuenta lo anterior, es lógico pensar que la morfología de los ojos ha evolucionado en respuesta a las necesidades comunicativas dentro de los grupos sociales. Un estudio reciente, realizado con treinta especies de primates, ha puesto de manifiesto la existencia de relaciones entre la morfología y funcionamiento ocular y la complejidad de los grupos sociales. Los investigadores partían del supuesto de que puede existir una correlación entre determinados parámetros de la morfología ocular y las circunstancias bajo las que los miembros de una especie procesan la información de carácter social.

Y en efecto, eso es lo que han encontrado. Han comprobado que existe una correlación significativa entre el tamaño de los grupos sociales y la ratio del neocórtex para esas treinta especies de primates. Y también han observado que cuanto mayores son esas dos variables, mayores tienden a ser también ciertos parámetros que reflejan algunas características del modo en que se utilizan las miradas. En concreto, cuanto mayor es el grupo (mayor complejidad social), mayor es el grado de elongación horizontal del contorno de los ojos. Quiere esto decir que el margen para el desplazamiento horizontal del globo ocular es comparativamente mayor. Un contorno de ojos de más anchura que altura permite que los escrutinios visuales en sentido horizontal sean más amplios sin necesidad de mover el tronco o la cabeza. De hecho, la proporción de los escrutinios realizados solo mediante movimientos del globo ocular con respecto al total de escrutinios realizados (mediante movimiento de globo ocular y mediante movimiento del tronco) también se correlaciona positiva y significativamente con los parámetros anteriores. Así pues, la capacidad para escrutar al grupo aumenta, sin que el resto de los miembros del mismo se percaten.

Mirada 2

Pero por otra parte, con el tamaño del grupo también tiende a aumentar la proporción de esclerótica que queda expuesta por el iris con relación al total de la esclerótica delimitada por el contorno del ojo. Para aclararnos, cuanto mayor es el grupo y, por lo tanto, mayor es la complejidad de las relaciones sociales, mayor es también la posibilidad de que los otros se percaten de que están siendo observados. Ahora bien, hay que tener en cuenta que salvo en nuestra especie, la esclerótica está pigmentada, de manera que esa posibilidad de que la mirada sea detectada por los demás está muy limitada. ¿Tiene esto mucho sentido? Aparentemente no, ya que hay una cierta contradicción entre el hecho de que la mayoría de los primates tengan una esclerótica que “camufla” la mirada y que, a la vez, en los que forman grupos más amplios el iris tienda a ocupar más espacio relativo dentro del contorno del ojo y resulte así más fácil que los movimientos del globo ocular sean detectados por los otros.

Mirada 1

Y sin embargo, no hay tal contradicción. La clave radica en la distancia que mantienen entre sí los individuos al relacionarse. Si se encuentran a más de un metro unos de otros, es muy difícil percibir el movimiento del globo ocular. Por eso, a distancias superiores a uno o dos metros, los individuos miran sin que sus miradas sean detectadas. Pero si se encuentran a distancias más cortas, los movimientos oculares son detectados con facilidad. Lo lógico es que a esas distancias las miradas no sean señales amenazadoras, sino que cumplan más bien funciones de “atusamiento” o “acicalamiento” (“grooming” en inglés), actividades de gran importancia dentro de las camarillas o grupos pequeños que suelen formarse dentro de grupos más grandes.

Pero donde he encontrado el aspecto más interesante de este trabajo es en la discusión que hacen los autores de la especificidad humana. Con la excepción de un único ejemplar de chimpancé conocido cuya esclerótica no estaba pigmentada, los seres humanos somos los únicos primates con ese rasgo. Quiere esto decir que el iris del ojo humano es distinguible a distancias tan largas como diez metros o más. Esto es, los seres humanos somos los únicos primates que, no contentos con tener un contorno de ojos perfectamente adpatado a un escrutinio horizontal amplio, no nos importa que los demás se den cuenta de que les estamos mirando.

Los grupos sociales humanos son los de mayor tamaño y nuestras interacciones sociales, las más complejas. En esas condiciones ha primado la función comunicativa de la mirada. Es muy significativo el hecho de que cuando se compara el comportamiento de bebés de diferentes especies de homínidos, los bebés humanos solo siguen la mirada del investigador que recaba su atención; los de las otras especies también siguen el movimiento de la cabeza.

mirada 3

Ya sabíamos que la mirada es muy importante en nuestra especie. No hacía falta que ningún estudio nos lo dijese. Pero es interesante comprobar que las características de la mirada humana colocan a nuestra especie en un extremo de la evolución de los grupos sociales. Ningún otro primate se relaciona con tantos semejantes como nosotros, y en ese contexto las miradas constituyen una herramienta fundamental de comunicación. De hecho, es muy posible que los ojos humanos hayan evolucionado como una adaptación para las interacciones sociales cooperativas. Por eso dejamos que los demás sepan que les miramos. En cierto modo, podríamos decir que ese rasgo único, excepcional, -el de la mirada visible-, nos caracteriza como especie. Son varios los rasgos que nos hacen humanos, que nos diferencian del resto de primates. Y la mirada es uno de ellos.

Fuente: Hiromi Kobayashi y Kazuhide Hashiya (2011): “The gaze that grooms: contribution of social factors to the evolution of primate eye morphology” Evolution and Human Behavior 32: 157–165.

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