Los curiosos efectos de la paternidad

padre e hijoCuando los hombres tienen hijos disminuyen de forma sensible sus niveles de testosterona. Y dado que la testosterona está considerada, -por los procesos que regula-, la hormona virilizante, es lógico pensar que un descenso en su concentración sanguínea ha de afectar, en cierta medida al menos, a las funciones o rasgos de los que depende la masculinidad. Así pues, podría afirmarse que, en cierto modo, la paternidad hace a los hombres menos “masculinos”.

En los machos de la especie humana la testosterona se produce mayoritariamente en los testículos, aunque el control de su producción corre a cargo del sistema hipotálamo-hipofisario, que se encuentra en el interior del encéfalo. Esta hormona, en los varones, tiene efectos virilizantes: aparición del vello facial y corporal, agravamiento del tono de voz, crecimiento de la nuez de Adán, producción de musculatura, crecimiento del pene, producción de espermatozoides, configuración facial angulosa y alopecia, por ejemplo, son algunos de los esos efectos.

Además, la testosterona es la hormona que estimula la libido, que predispone a ser más agresivos con los semejantes y que induce a cortejar a la persona con la que uno se quiere emparejar. La testosterona es, pues, la hormona que promueve el emparejamiento. Podría pensarse, por esa razón, que de ella también depende el éxito reproductivo. Pero aquí surge una dificultad.

Testosterona

Testosterona

En las especies en las que los machos asumen una parte de la tarea de cuidar a la prole o contribuyen con su aportación de alimento a su crianza, el éxito reproductivo de esos machos también depende del esfuerzo parental. Y dado que el tiempo y los recursos disponibles siempre son limitados, el tiempo o los recursos que se dedican a tratar de emparejarse no se pueden dedicar al cuidado de la progenie, por lo que entre esos dos cometidos se establece eso que en inglés se dice trade-off. Cuando se produce un trade-off entre dos usos alternativos de un recurso, cuanto más se dedica a uno de los usos menos se dedica al otro, y por ello, es importante que el compromiso que se alcance sea el que mejor resultados proporcione; en nuestro caso, los resultados debieran valorarse en términos de éxito reproductor.

Parece, por otro lado, lógico que la testosterona ha de cumplir un papel importante en la regulación de esa alternativa, dado su papel en la fisiología y psicología del emparejamiento. Y al parecer, en aves, efectivamente, se ha demostrado que la testosterona tiene ese relevante papel. Sin embargo, en mamíferos no se había podido establecer una relación clara entre los términos en los que se establece la disyuntiva entre emparejarse (con una pareja diferente) y cuidar a la prole, aunque había varias observaciones que no se habían considerado suficientemente concluyentes.

Los seres humanos tendemos a ser monógamos o monógamos secuenciales. Nos emparejamos durante periodos de tiempo relativamente largos. Y además, los varones humanos dedicamos cierta atención a nuestra progenie, tarea que puede prolongarse durante muchos años. En ese marco, si la testosterona se mantuviese en niveles altos tras la paternidad, aumentaría la probabilidad de que el varón dedicase demasiado tiempo y energía a buscar otra posible pareja, y ello iría en detrimento de la atención a sus hijos. De ese modo, la posible ganancia en términos de éxito reproductivo que pueda derivar de tener hijos con la nueva pareja, se vería contrarrestada por la posible pérdida que podría producirse por disminuir su contribución al cuidado y atención de los que ya tiene.

El estudio al que me he referido se ha realizado en Filipinas con un número muy alto de hombres jóvenes (624) y ha sido un estudio longitudinal. Esto quiere decir que se han seguido las variaciones en los niveles de testosterona que han experimentado a lo largo del tiempo (varios años) los individuos estudiados, en vez de comparar en un único momento las concentraciones en un amplio conjunto de hombres en diferentes circunstancias (solteros, emparejados sin hijos o emparejados con hijos). Desde el punto de vista metodológico, este estudio es mucho más potente.

manosEl primer resultado interesante del estudio es que los hombres con mayores niveles de testosterona al comienzo del estudio tenían, cuatro años y medio después, una mayor probabilidad de haberse emparejado y haber sido padres que los hombres con menor nivel de testosterona. Sin embargo, tras ser padres, experimentaban fuertes descensos en los niveles de testosterona; y esos descensos eran significativamente mayores que los que, por efecto de la edad, experimentaban los hombres que no habían sido padres. Y por si todo esto fuera poco, el descenso en la testosterona fue mayor en los padres que dedicaban mayor atención a sus hijos que en los que casi no se ocupaban de ellos.

Estos son, por lo tanto, esos curiosos efectos de la paternidad. El ser padre, a través de sus efectos sobre la testosterona, hace que disminuya la probabilidad de que los varones busquen otras parejas y dediquen esfuerzos y recursos a ello. Los autores del trabajo concluyen que los machos humanos hemos desarrollado una arquitectura neuroendocrina que promueve el compromiso parental, lo que apoya la idea de que los padres han ejercido esa labor de cuidado parental a lo largo de la evolución de los homininos. En un artículo reciente valoré la posibilidad de que en nuestro pasado el cuidado parental no hubiese sido necesario para sacar adelante a la progenie. Si lo que este estudio sostiene es correcto, todo hace indicar que, por el contrario, sí lo ha sido.

[Por si los lectores no se han percatado de todas las implicaciones de esta conclusión, me permito incidir en una curiosa implicación: los hombres con parejas estables pero que no son padres, no experimentan el descenso de testosterona, con las consecuencias que de ello pueden derivarse.]

Fuente: Lee T. Gettler, Thomas W. McDade, Alan B. Feranil, y Christopher W. Kuzawa (2011): Longitudinal evidence that fatherhood decreases testosterone in human males PNAS 108 (39): 16194-16199. www.pnas.org/cgi/doi/10.1073/pnas.1105403108

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