En la variedad está el gusto (…sobre todo para los hombres)

Los hombres tienden a ser más promiscuos que las mujeres, tienen más interés en practicar diversas modalidades de sexo y manifiestan una mayor preferencia que las mujeres por las prácticas sexuales distintas del coito. La penetración vaginal, sin embargo, es igualmente valorada por ellos y por ellas. Estos son, a grandes rasgos, los resultados más claros de un estudio realizado por un grupo de investigadores de la Universidad del Estado de Nueva York.

Los objetivos del estudio eran ambiciosos. Pretendía determinar en qué medida el sexo (hombre o mujer) de los individuos y los principales rasgos de carácter, condicionan o, más propiamente, predicen el comportamiento sexual en lo relativo a las prácticas preferidas. Pero me parece que el estudio ha resultado fallido en parte; tengo la impresión de que, -quizás debido a un déficit de diseño del trabajo-, no ha sido posible alcanzar conclusiones firmes con respecto al objetivo declarado, aunque los autores afirman, en el resumen y en la discusión del artículo en que presentan los resultados, que algunos de los rasgos psicológicos valorados sirven para predecir ciertas preferencias. Yo no lo veo tan claro.

Los rasgos de carácter analizados fueron los cinco grandes (extraversión, apertura a la experiencia, responsabilidad, amabilidad, e inestabilidad emocional), la estrategia del ciclo de vida (k vs. r), la sociosexualidad, y la denominada inteligencia de emparejamiento.

La estrategia del ciclo de vida es un concepto tomado del campo de la ecología, y muy utilizado en la ecología evolutiva; se usa para caracterizar los ciclos de vida de los seres vivos en el marco de un continuo entre dos estrategias extremas teóricas. Las  estrategias de los ciclos de vida se suelen relacionar con la estabilidad del entorno en el que viven las especies de animales o plantas objeto de estudio. Una estrategia k, conservadora o prudente, es característica de especies o poblaciones que viven en entornos estables, con gran diversidad específica. Y la estrategia r, arriesgada, es propia de especies o poblaciones que ocupan medios inestables, en los que los factores ambientales imponen condiciones muy restrictivas o limitantes; esas especies pueden disponer de abundantes recursos pero se encuentran sometidas a condiciones de alto riesgo. En este estudio se ha utilizado ese mismo marco conceptual, pero aplicado a rasgos de personalidad evaluables mediante cuestionarios. La sociosexualidad indica la propensión a mantener relaciones sexuales sin que ello suponga compromiso a largo plazo; en la práctica se puede considerar una medida de promiscuidad. Y por último, la inteligencia de emparejamiento se refiere a un conjunto de habilidades cognitivas que corresponden a un dominio común y que varían conjuntamente; se trata, lógicamente, de habilidades que facilitan el emparejamiento.

El objetivo del estudio era conocer si esos rasgos de la personalidad predicen la preferencia por unas u otras prácticas sexuales o por la variedad sexual (en cuanto a prácticas sexuales) en general. Y la hipótesis subyacente es que esas preferencias pueden constituir elementos importantes en las tácticas de emparejamiento y, por lo tanto, estar relacionadas con los rasgos de carácter y, en general, con el estilo de vida, tal y como se define en el marco conceptual de las estrategias vitales (k vs. r).

Las prácticas sexuales consideradas en el estudio fueron la masturbación, la masturbación al/del acompañante, el sexo oral recibido (de la pareja), el sexo oral proporcionado (a la pareja), el sexo vaginal, y el sexo anal. La preferencia por unas u otras prácticas sexuales se determinó en una escala de 1 a 7, de manera que 1 corresponde a fuerte desagrado y 7 a intenso agrado. Por lo tanto, 4 indicaría ni agrado ni desagrado. Si no se diferencia según el sexo, la práctica sexual preferida es el sexo vaginal (X = 6,33; SD = 1,27), seguido muy de cerca por el sexo oral recibido (X = 5,79; SD = 1,60) y no tan cerca por la masturbación (X = 5,15; SD = 1,84). La única práctica cuyo balance neto es de desagrado es el sexo anal (X = 2,54; SD = 1,88). Y en una posición de agrado moderado quedaron la masturbación con la pareja (X = 4,35; SD = 1,98) y el sexo oral practicado (X = 4,75; SD = 1,90).

En lo relativo a las diferencias entre hombres y mujeres, la investigación arrojó diferencias significativas[1] en ciertos rasgos de personalidad y en el gusto por ciertas prácticas sexuales.

En lo relativo a los rasgos de personalidad, se observaron diferencias significativas en estrategia vital. En una escala que va de -3 (correspondiente a la estrategia r, propia de entornos inestables e inseguros) a +3 (correspondiente a la estrategia K, propia de entornos estables y seguros), los hombres obtienen un valor de 0,89 (SD = 0,73) y las mujeres de 1,14 (SD = 0,62); eso indica que los hombres asumen más riesgos, viven más al día, improvisan más que las mujeres, y que estas son, en general, más conservadoras y valoran más la seguridad. También fueron significativas las diferencias en sociosexualidad, rasgo compuesto, a su vez, por tres variables (relativas al comportamiento, la actitud y el deseo). Este rasgo se cuantificó en una escala que tomaba valores de 9 a 81. La media para las mujeres fue de 27,81 (SD=11,15) y para los hombres de 36,40 (SD=13,30). Si tenemos en cuenta que el valor intermedio es 45, tanto hombres como mujeres tienden a valores moderados de sociosexualidad, y son incluso más bajos en las mujeres. O sea, las mujeres son menos proclives que los hombres a mantener relaciones sexuales sin que medie un compromiso. Y de los rasgos incluidos en el grupo de los “cinco grandes”, solo hay diferencias significativas en inestabilidad emocional y amabilidad, y en ambas características ganan las mujeres.

En lo que se refiere a la preferencia o gusto por unas prácticas sexuales u otras, la penetración vaginal es la única práctica en cuya valoración coinciden mujeres (X = 6,34; SD = 1,20) y hombres (X = 6,32; SD = 1,47). En el resto de modalidades los hombres manifiestan mayor preferencia que las mujeres, siendo la diferencia mayor en el sexo anal, aunque tanto hombres (X = 3,84; SD=2,06) como mujeres (X = 2,15; SD = 1,64), manifiestan cierto desagrado por esa modalidad. Por otra parte, es destacable el hecho de que los hombres manifiestan el mismo gusto por el sexo vaginal que por el sexo oral recibido (X = 6,39; SD = 0,93), cosa que no ocurre con las mujeres (X = 5,62; SD = 1,71). Finalmente, los hombres también manifiestan una mayor preferencia por la variedad de prácticas sexuales. En una escala que va de 6 a 42, los hombres obtienen una puntuación media de 31,83 (SD = 6,31) y las mujeres de 27,63 (SD = 6,31), ambos algo superiores al valor intermedio.

Los rasgos de carácter, sin embargo, tuvieron escasa incidencia en las preferencias por unas u otras prácticas sexuales o, al menos, los efectos observados solo fueron significativos (con el 99% de probabilidad) en unos pocos casos. En todos ellos fue la sociosexualidad el rasgo con el que apareció relacionado el gusto por alguna práctica (masturbación, sexo oral recibido y sexo vaginal) y por la variedad de prácticas. La conclusión general de estas últimas observaciones es que quienes son más proclives a practicar sexo con diferentes personas y más reacias a asumir compromisos estables tienden también a preferir más variedad en sus prácticas sexuales. Muy probablemente se trata de personas que, en general, tienen una mayor motivación sexual (sex drive); y esa mayor motivación actúa en el sentido de intentar tener más de una pareja sexual y también en el de diversificar las prácticas sexuales. Y se trata, además, de un rasgo más propio de los hombres que de las mujeres.

En el trabajo se identifican otras relaciones, aunque de menor significación estadística. Por esa razón, y porque no ayudan a dibujar un panorama del que quepa extraer conclusiones claras, no las he glosado aquí, aunque pueden consultarse en la referencia original, que es de acceso libre.

Al comienzo he señalado que me parece que ha podido haber problemas de diseño en este trabajo. Comentaré muy brevemente a qué me refiero. En el trabajo se encuestó a 607 jóvenes estudiantes universitarios de 21 años de edad media. Para empezar, la muestra es étnica y culturalmente muy limitada. Además, no considera un espectro amplio de edades, cuando es muy probable que estas cuestiones dependan en gran medida de la edad. Por otra parte, no se consideró el posible efecto de las creencias (religiosas, por ejemplo) que pudieran incidir de forma determinante en las preferencias o gustos manifestados. Los autores afirman que 95 participantes se declararon homo o bisexuales, pero no diferencian los resultados para esas personas, y es probable que esa condición incida en las prácticas preferidas, tanto si son hombres como si son mujeres. Un 20% de los encuestados afirman ser “vírgenes”, y esa variable tampoco se ha considerado en el estudio; tampoco se especifica, en general, si el agrado o desagrado que se manifiesta por una práctica es fruto de la experiencia o de un prejuicio; se puede aceptar que se opine o valore una práctica sin tener experiencia propia de la misma, pero esa valoración no debiera incluirse en el análisis junto con las valoraciones de personas que sí han tenido la experiencia.

En resumen, este conjunto de deficiencias limita severamente, a mi juicio, el alcance del estudio. Y esa es la razón por la que solo he considerado los efectos cuya significación estadística era del 99%. Limitando de esa forma el campo de análisis las conclusiones parecen bastante claras. Los hombres tienen una estrategia vital menos conservadora que las mujeres, tienen una mayor motivación sexual, y ese rasgo se manifiesta en una mayor preferencia por diversificar las prácticas sexuales y en una mejor valoración de las prácticas sexuales distintas del coito.

Fuente: Ashley Peterson, Glenn Geher y Scott Barry Kaufman (2011): “Predicting Preferences for Sex Acts: Which Traits Matter Most, and Why?” Evolutionary Psychology 9 (3): 371-389

Nota: En el texto X indica el valor medio y SD la desviación estándar, que es una medida del grado de dispersión que tienen los datos a partir de los cuales se ha calculado el valor medio.


[1] Solo he considerado aquellas cuya probabilidad era del 99%

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