De cooperación, confianza e instituciones religiosas

“Los nuevos datos de los antropólogos de campo que estudian las pautas de conducta de gente de comunidades muy distintas cuando juegan a juegos de intercambio como Ultimátum o Dictador indican sin ninguna duda que los niveles de confianza y cooperación con desconocidos son mucho mayores entre las personas cuyos grupos tienen una mayor “integración en el mercado” (un término que emplean los antropólogos para referirse a la proporción de calorías de la dieta que se compran o se intercambian, a diferencia de lo que ocurre en el grupo que cultiva o caza). A medida que los asentamientos humanos iban creciendo hasta dar cabida a miles de individuos, las ventajas de interactuar con miembros de familias distintas y con desconocidos se hacían cada vez más evidentes, de modo que llegaron a estabilizar prácticas justas de comercio. Al mismo tiempo, cada vez más se fueron creando instituciones para estructurar la cooperación y penalizar su ausencia -instituciones que regulan la propiedad de la tierra, la herencia, el trueque y el comercio, y que además comparten el coste de los servicios comunes-. Tanto los modelos de simulación como los datos antropológicos indican que los grupos más amplios tienden a disponer de más herramientas, y además más complejas, que los grupos más pequeños. Asimismo, los grupos más numerosos tienden hacia las prácticas sociales más complejas, incluidas las de comercio e intercambio, que implican ciertos niveles de confianza.

La confianza puede ampliarse más allá del círculo familiar si las pautas institucionales pueden garantizar un nivel razonable de fiabilidad entre sus participantes, tanto conocidos como desconocidos. Aunque la naturaleza de las instituciones más antiguas estaba determinada por un trasfondo de apegos sociales a los miembros de la propia familia, también estaba influida por una variedad de factores: la naturaleza de los problemas que se debían resolver, la disposición a castigar a los infractores, las idiosincrasias de los miembros en cuestión, así como el modo de hacer las cosas en ese momento de la historia. Así pues, los sistemas cooperativos que iban más allá del reducido grupo de familiares dependían, en gran medida, de la cultura: de las creencias, las actitudes y los hábitos adquiridos que son adoptados de una manera general en una comunidad, así como de los patrones institucionales existentes para reducir el riesgo en la cooperación con desconocidos.

Una institución religiosa compartida puede ser, tal y como Joseph Heinrich y su equipo han observado, un modo de ampliar las fronteras de la confianza hasta llegar a hacer posible que se interactúe con desconocidos. Este efecto se debe probablemente  al hecho de que la conducta es más predictible cuando se sabe que se comparten las mismas convenciones cooperativas, y que por lo tanto no han adquirido los hábitos apropiados para llevar a cabo dichas interacciones. Cuando las instituciones establecidas se vuelven poco fiables o corruptas, se retira la confianza, a la vez que crece el recelo entre desconocidos, familiares e incluso miembros de una misma familia. En tiempos más recientes, encontramos un impactante y trágico ejemplo de esa pérdida de confianza en las instituciones de la antigua Unión Soviética bajo el régimen de Stalin y sus gobiernos posteriores.”

Transcripción literal de tres párrafos de las páginas 78-79 de “El cerebro moral. Lo que la neurociencia nos cuenta sobre la moralidad” de Patricia S. Churchland, Paidós 2012.

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