Cometas en el cielo

Tercer informe de las inversiones realizadas para ayudar a las personas refugiadas en Grecia

Hace ya algo más de dos meses que fui por última vez a Grecia para visitar a las familias sirias que conocí en Idomeni en mayo de 2016. Fue la semana del 4 al 11 de diciembre. Hacía ya mucho frío aunque nada que ver con las gélidas temperaturas que han tenido que soportar durante el mes de enero. Quién no ha visto las imágenes de las tiendas de campaña de Acnur medio enterradas por la nieve. Claro que, muchas de esas tiendas no se ven dado que se encuentran instaladas dentro de pabellones industriales arruinados por la brutal crisis que atraviesa Grecia.

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Así que, con un poco de retraso, realizo a continuación el tercer informe para dar a conocer el uso de las donaciones. Unas donaciones que se han visto incrementadas entre noviembre y diciembre con cuatro nuevos ingresos en la cuenta que suman 500 euros. Muchas gracias de nuevo a quienes habéis contribuido con vuestra generosidad para cubrir algunas necesidades de las familias.

En este viaje se he destinado 387,97 euros distribuidos de la siguiente manera:

  • Familia de Siwar Rasho: 250 euros. En el segundo informe publicado en este mismo blog el pasado 24 de noviembre de 2016 ya anticipé y expliqué este desembolso. Simplemente quería ratificar que así se realizó.
  • Familia de Zakia: 100 euros. La familia de Zakia, marido y cuatro hijos me pidieron dinero para poder hacer compras
  • Adquisición de tres estufas y dos ladrones para poder enchufar las estufas en las tiendas. Las estufas fueron para la familia de Zakia, para Fatma y Ahmed, así como para una familia amiga de Fatma que me pidió que le hiciera ese favor. Total: 37,97 euros.

Con todo, el saldo de la cuenta a día de hoy asciende a 337,26 euros. Por supuesto, mis gastos de viaje, alojamiento y manutención, como en las ocasiones anteriores, han corrido a mi cuenta.

Adicionalmente, entregué en mano a las familias de Shirim, Fatma y Siwar ropa de mi familia para el invierno. 45 kilos de ropa y calzado en perfecto estado que nos hizo mucha ilusión que acabaran en muy buenas manos, especialmente visto el duro invierno que han tenido que soportar.

A parte de la cuestión económica y material, importante como ejercicio de transparencia, quería compartir con vosotros otros aspectos del viaje que ayudan a comprender la situación en la que se encuentran muchas familias atrapadas en Grecia. Son cinco las familias con las que mantengo una relación continua gracias a las redes sociales o whatsapp y a las que visito con la regularidad que mi economía y disponibilidad de días me lo permiten. Considero importante, sobretodo por los críos, acudir de vez en cuando para, de este modo, no alimentar posibles sensaciones de abandono y desamparo que su experiencia vital les puede estar generando.

Son cinco familias adorables, cinco familias maravillosas que he tenido la suerte de conocer y que me han dado verdaderas lecciones de generosidad, resiliencia, humildad, … No hay palabras para describirlo, compartir momentos con cada una de ellas es una experiencia inolvidable, llena de detalles, de momentos divertidos, tristes, muy tristes otros, pero todos entrañables. Y qué voy a decir de la hospitalidad, de las comidas o cenas preparadas con todo lujo de detalles. Comidas que parecen magia, dando color, sabor y calor de hogar a esas tiendas de campaña precarias encerradas en hangares y naves industriales. Es la familia de Fatma, recogido como caso vulnerable documentado por médicos y a la espera de poder recibir la atención que precisa por su bien y el de su hijo.

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Hay algunos recuerdos imborrables en los que se entremezclan alegría por los reencuentros con la tristeza de constatar que tras la última visita, el día a día de estas personas no ha mejorado sino empeorado. Y aun con todo, sobreviven las ganas de vivir, de reir, de buscar motivos para no caer en la desesperanza e incluso reírse de ella. Recuerdo en particular cuando, recién llegado a visitar a Ahmed y Fatma, me sorprendió que ella me invitara a entrar en su tienda ofreciéndome comida de su ración diaria. Nos sentamos y pregunté por las botellas de agua de litro y medio que en packs de seis unidades rodeaban su tienda por fuera y por dentro. Era una muralla para evitar que las ratas entraran en la tienda. Por las noches las podían escuchar pasearse por la nave industrial. El caso es que estábamos comiendo unas manzanas y de repente Ahmed nos muestra alarmado dos manzanas mordisqueadas de forma muy irregular. A la madre se le desencajó la cara y yo la verdad es que no sabía ni dónde ponerme. Hubo ciertamente un momento de pánico hasta que el propio crío empezó a reírse. Fue él quien las había mordisqueado. No paraba de reírse contagiándonos a su madre y a mí las carcajadas. Menudo bicho está hecho Ahmed con sus seis años. Ver que en aquella situación había espacio para las risas y para hacer bromas fue toda una lección.

Como la que me dio también Vector, hermano de Siwar, un adolescente de 17 años muy crítico con la situación que les toca vivir pero a la vez rebosante de vida y consciente de vivir “aquí y ahora” y hacer del campamento de Sinatex donde conviven familias sirias un lugar acogedor dentro de todas las limitaciones que parecen menos cuando ves actitudes como la de este joven que a sus 17 años ha vivido mucho más intensamente que nosotros a su edad. Una familia excepcional la de Siwar. Ojalá puedan recuperar pronto la normalidad

Luego también está el capítulo de los radiadores o de la entrega de las maletas con la ropa. Así como los refugiados pueden salir de los campamentos, no pueden recibir visitas, impidiendo de este modo que ellos no puedan demostrar uno de los rasgos culturales que les caracteriza, su hospitalidad. Así que toca colarse, pasando todo decidido como si uno fuese un refugiado más (ellos detestan que se les llame así por cierto, refugiados) o bien aprovechando los agujeros de la valla en los laterales del campamento para poder colarse e introducir por la noche las maletas o las estufas.

Así que fueron varios viajes los que tuve que hacer para meter las maletas en el campamento. De hecho, en una de las ocasiones, al regresar para el coche que había dejado lejos para que no lo vieran los militares que custodian el campamento, tuve que recorrer 100 metros perseguido por perros abandonados que no paraban de ladrar. Pasé un rato muy desagradable, de hecho, al sentarme en le coche aun notaba cómo me temblaban las piernas. No creo que se me olvide ese episodio.

Luego está el capítulo de las estufas y los ladrones. En el campamento se ven situaciones muy desiguales entre los refugiados. Los hay que tienen medios y contaban en su tienda con estufas, los más privilegiados. En cualquier caso, era imposible que todas las tiendas tuvieran un a estufa porque el campamento no contaba con la potencia eléctrica suficiente como para soportar tanto electrodoméstico, muestra más de la improvisación con la que la UE atiende esta crisis humanitaria. Así que, la mayoría no contaba con radiadores y éstos demás estaban prohibidos. De las cinco familias que visito regularmente, tres contaban con estufas y dos no. Así que se convertía en prioritario la compra de estufas. Tres días antes de llegar había nevado en el campamento de Derveni y por la noches la temperatura bajaba a los dos grados. En enero han llegado a estar en la zona de Tesalónica a 15 bajo cero. Así que, con mi mejor intención, me fui al Leroy Merlin para comprar estufas. Para no llamar la atención, quedé por la noche por el lado roto de la valla (esta vez no dejé el coche lejos) con el marido de Zakia. Le entregué su estufa y la de Fatma. A la mañana siguiente, Zakia estaba triste, se consideraba desafortunada porque su estufa no funcionaba. Había que devolverla e ir a comprar otra. Al ver Fatma que no funcionaba la de Zakia desconfió de la suya y también me pidió que la devolviera. Lo mejor fue que Zakia me pidió si en esta ocasión me podía llevar a hacer la compra a su hijo mayor de 15 años. No había salido del campamento aun y era una buena oportunidad para “ver mundo”. Eso fue lo mejor de la compra de las estufas, llevarme a su chaval al centro comercial donde estaba el Leroy Merlin para devolver las estufas y comprar otras. El chaval, tímido y educado disfrutó de la “excursión” y pudimos conversar en inglés buena parte del trayecto una vez vencida su timidez.

A los tres días, un autobús recogía a la familia de Zakia y a otras 10 familias de aquel campamento indecente con destino a un hotel en la montaña en dirección a Albania. Allí aguardan aun a su destino final, pudiera ser que Francia.

También fue una experiencia bonita sacar a Fatma y Ahmed del campamento para pasar un día en un parque infantil en lo alto de una colina donde acostumbraban pasear familias enteras de refugiados que vivían en otro campamento de refugiados cercano al parque. De hecho, conocí ese parque al visitar a la familia de Naskhr. Nada más llegar al parque con Nakrsh y su familia, sabía que era una excursión obligada para Ahmed, que tampoco había salido de Derveni desde que fue trasladado allí en mayo tras el desalojo de Idomeni. Así que allí fuimos al día siguiente. Llevé también a Elissar, que trabaja con voluntarios ayudando en labores de traducción y reparto de comidas, y su hija de dos años Lamar. Fue un día inolvidable para todos y yo me quedé muy sorprendido con Ahmed a quien tengo especial cariño desde que compartí con él el lodazal de Idomeni. El caso es que fue bonito ver cómo Ahmed cuidaba de Lamar a la vez que disfrutaba colgándose y deslizándose por todos los columpios del parque. Pero lo más sorprendente fue cuando hubo que regresar al campamento. Pensé que aquello iba a ser complicado. Sin embargo, me acerqué a él, le expliqué que había que irse y sin rechistar ni una sola vez, me cogió la mano y nos dirigimos al coche. A mí se me hizo un nudo en la garganta que se hizo aun más fuerte cuando en le campamento me volví a despedir de él dado que al día siguiente yo regresaba a Bilbao.

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Aquella noche regresé a ver a la familia de Siwar. Almas, su madre me había preparado una deliciosa cena de despedida. “Buja buja” me repetía (come come en kurdo) una comida siria espectacular con una compañía maravillosa. Ojalá algún día les pueda devolver su hospitalidad.

No creo que vuelva a Derveni en el futuro. Shirim viajó aquella semana que estuve en Grecia a Alemania con sus cuatro hijos. Se iba a reencontrar con su marido. Les acompañé al aeropuerto. Fue sin duda el momento más emotivo de mis viajes a Grecia. Hoy han rehecho su vida en Alemania. Se les ve felices en las fotos que me mandan y que comparten en su Facebook.

Zakia, salió en autobús de Derveni, fue una despedida muy triste porque dejaban a tras a muchas familias que se quedaban allí. No se me olvidará el desgarro de la hija mayor de zakia despidiéndose de las amigas que había hecho en Derveni. Inconsolables todas ellas, ellas desde el asiento del autobús, mirando por la ventana mientras sus amigas se abrazaban. Ojalá algún día se reencuentren y puedan recordar todo esto como una pesadilla que se llegó a su fin.

Fatma y Ahmed han sido los últimos en salir. Ahora están alojados en un hotel de Kilkis a la espera de que algún país de la UE les acoja. Ojalá vinieran a Euskadi. También lo desearía para Nakrsh y su familia, y la familia de Siwar. Pero Siwar sueña ahora con Canadá mientras su familia desea trasladarse a Alemania para reencontrarse con un hijo y hermano cuyas alas están hechas para volar. Ojalá la vida les ofrezca mejores cartas. Con que sean tan solo un poco mejores les irá bien porque la VIDA la llevan ellos consigo.

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