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Precios baratos, una necesidad; y el comparativo de aceite de oliva virgen de la OCU

Nunca las cifras, tomadas así en general, resultaron tan aciagas incluso a quienes no se nos dan mal del todo. Crece sin control el desempleo, el PIB sigue con la marcha atrás puesta, la inflación imparable convierte en aún menores unos sueldos que llevan años a la baja, suben sin parar los impuestos, aumenta sin dar signos de moderación la deuda pública,se multiplican los EREs y cierres de empresas, los desahucios son ya casi “de la casa” (se ejecutan unos ocho de media al día, solo en Euskadi)…, cuesta horrores encontrar números que despierten un poco de esperanza.

Los hemos visto en dos empresas de distribución, Dia y Mercadona que, en plena crisis, incluso sumergidas en la específica del sector (dato de ayer: las ventas del comercio minorista a precios constantes -eliminado el efecto de la inflación- bajaron en septiembre un 12,6% con respecto al mismo mes de 2011, tras la entrada en vigor de la subida del IVA, en tanto que el empleo en el sector retrocedió un 1,2%), no solo sobreviven a la debacle sino que crean empleo y ganan dinero. Tanto una como otra tienen una cosa en común, que han priorizado en su marketing mix un elemento siempre importante, ahora esencial: el precio. Venden barato, menos caro que su competencia o, al menos, así lo piensan los consumidores, porque ese es su posicionamiento en la distribución alimentaria. Aún recordamos cuando Mercadona hace unos tres años, dio un insólito y quizá antipático golpe de autoridad al retirar de sus baldas cientos de productos de marcas líder y dejar (salvo contadas excepciones) solo los artículos de su marca blanca. Muchos dudamos de la viabilidad de una estrategia -más radical que innovadora- que ahorraba costes y era coherente en la búsqueda de sinergias favorables a su reconocida marca de distribuidor, pero que les enfrentaba a poderosas multinacionales del mundo de productos de gran consumo. Y que podía disgustar profundamente a los consumidores más fieles a sus marcas favoritas en ciertos productos; algunos especialistas incluso pronosticaron que la iniciativa estaba abocada al fracaso. Pero de fracaso, a la vista está, nada de nada; al revés. Yo no lo tenía muy claro, lo reconozco, porque tiro mucho de marcas blancas, una vez contrastada la calidad del género, pero…. La gente quiere (en distribución alimentaria, y cada vez en más sectores, hora es de que las empresas se vayan percatando) una buena -y, en algunos casos, basta con suficiente- calidad al precio más bajo posible, y cada vez va a ser más así. Poco ha tardado el grupo francés Leclerc en contrataatacar: ha lanzado hoy una web (buscaelmasbarato.com) que compara los precios de productos de otras empresas con los que vende en sus siete centros de Madrid. Y asegura que sus artículos son los más baratos (los de Mercadona, dice, son un 12,3% más caros que los suyos; y los de Carrefour un 11,5%). Lo comprobaremos y al final el consumidor decidirá, pero no está mal que las grandes cadenas compitan tan descarnada y abiertamente en precio: lo necesitamos de veras. Sólo unas pocas marcas pueden lograr que el cliente habitual de un super o hiper deje de frecuentarlo porque no tiene su producto. El ejemplo de Mercadona está ahí.

Otro tema: la publicación este pasado miércoles de los resultados del último análisis comparativo de OCU, que denuncia que de 40 marcas de aceite de oliva virgen (34 “extra” y el resto, solo “virgen”) estudiadas, tal y como leemos en la web de EITB “Nueve de ellas (…) cometen fraude y engañan al consumidor al vender un aceite etiquetado como “extra” cuando sólo es “virgen”. Además, dos de estas marcas carecen de proceso de refinado por lo que no son aptas para el consumo (si bien no entrañan riesgo para la salud)“ ha provocado la virulenta reacción de fuentes del sector y quejas de algunas marcas, algunas (incluídas las populares marcas blancas de algunas cadenas de distribución) de mucho prestigio y bien conocidas por los consumidores vascos.

Es este un tema recurrente en nuestra actualidad informativa (recordemos el caso del fraude en algunas marcas de leche entera UHT, en el que, por cierto, los tribunales han dado razón en primera instancia a la OCU y desestimado la demanda multimillonaria de la asociación más representativa del sector lácteo) que, a buen seguro, causa incertidumbre y preocupación no solo en los sectores y marcas afectados sino también en los propios consumidores, que no saben a qué carta quedarse. ¿Quién tiene razón? ¿Adolecerá, efectivamente, la marca de leche, aceite o cualquier otro producto que consumo cada día, de ese defecto de calidad o seguridad que denuncia la asociación de consumidores tras realizar su análisis comparativo? ¿Me estará engañando esa marca, o será la asociación de consumidores -por el motivo que sea, quizá para darse publicidad o por intereses aún menos confesables- quien distorsiona la realidad y perjudica gratuitamente a las marcas que quedan mal en el examen?

Lo primero que cabe matizar respecto de este análisis en concreto es una doble realidad: por un lado, que los datos provienen –fundamentalmente, que no solo- de una cata; todo lo oficial, rigurosa y representativa que se quiera (la de aceite es una de las más normativizadas, exigentes y con protocolos específicos para ese producto; como lo son las del vino o el queso), pero una cata (o análisis sensorial) no deja de ser una prueba en la que se suman resultados subjetivos, las apreciaciones que hacen los catadores –personas, no máquinas que miden objetivamente datos químicos y físicos) de las características organolépticas (sabor, color, olor, textura, olor…) de un producto. Simplificando, por mucho que unos cualificadísimos catadores concluyan que un aceite (o un vino) no tiene la calidad organoléptica requerida por la normativa que regula su elaboración y propiedades, si yo lo compro a menudo y a mí me convence, me gusta tanto o más que otros que quedan mejor en el análisis, poco me importa, yo a lo mío (es, por cierto, lo que ha ocurrido con la marca que compro, para mi disgusto). Porque hablamos de sabor, olor, color, etc y en eso cada tiene sus preferencias y sus gustos. Y, en segundo lugar, cabe subrayar que este análisis de aceite de oliva virgen extra deja bien sentado que este déficit de calidad en absoluto afecta a la higiene del producto o a lo que en general podríamos denominar calidad sanitaria. Matices, ambos, esenciales para hacer una interpretación correcta del análisis y sus resultados. Tengo en mis manos la revista de OCU del próximo mes de noviembre, que publica este comparativo. Y su espíritu queda bien claro, ya que insiste en este último aspecto. Es un fraude “solo” económico, en la medida que algunos aceites se arrogan en sus etiquetas una calidad “Virgen Extra” que su producto no alcanza, al no cumplir los requisitos (fundamentalmente, de cata, ya que es con este método analítico como está fijado que ha de determinarse) que para esa denominación comercial establece la norma. Los aceites, lo dice la OCU “ fueron sometidos a una batería de análisis químicos y a un análisis organoléptico, siguiendo los métodos analíticos oficiales que contempla la normativa vigente. La principal conclusión es que la gran mayoría de marcas cumple con la legislación y que 9 marcas engañan al consumidor vendiendo un aceite etiquetado como “extra” cuando resulta ser simplemente “virgen”. Se trata, por tanto, de un engaño económico, ya que se vende al consumidor aceite de menor calidad. Los resultados obtenidos muestran un claro engaño al consumidor porque se le vende un aceite de menor calidad a la que se indica en la etiqueta. Para la tranquilidad de todos los consumidores, OCU manifiesta que, en el caso de los 9 aceites etiquetados incorrectamente, no se trata de un problema de seguridad, sino un engaño al bolsillo. El precio medio del litro de aceite de oliva virgen ronda los 2,38 €, mientras que el litro del virgen extra es casi de un euro más. El análisis también detectó que uno de los aceites vendidos como aceite de oliva virgen extra y otro de los vendidos como aceite de oliva virgen son, en realidad, aceites de oliva lampante y por tanto no son aptos para la venta sin el proceso previo de refinado. A pesar de los problemas detectados, hay productos de muy buena calidad a precios razonables. “En el aceite, como en muchos otros productos, un precio elevado no siempre es indicativo de calidad”. La OCU ha puesto en conocimiento de las autoridades competentes los resultados de este análisis para que determinen si se ha cometido alguna infracción y, si procede, sancionen a aquellas marcas que puedan estar engañando al consumidor y perjudicando a un sector muy importante para la economía española. Además, en el ánimo de la OCU está el colaborar con la patronal aceitera para solventar y evitar que aceites mal etiquetados lleguen a los hogares de los consumidores. Por ello, ha invitado a la patronal a un encuentro cuyo principal propósito es trabajar en un objetivo común: ofrecer un aceite de calidad y excluir del mercado a aquellos que defraudan la confianza del consumidor y no juegan limpio con el resto de fabricantes.” Creo que quedan bien claras las cosas, ¿no les parece?

Las marcas/empresas/sectores que salen malparados de uno de estos análisis comparativos diseñados y realizados por uno o varios laboratorios acreditados –en este caso, también paneles de cata-, de referencia en el sector, y pagado y publicado por una asociación de consumidores acaban repitiendo una serie de patrones de conducta:

1) Objeciones a la honradez y neutralidad de las asociaciones de consumidores, que atenderían a oscuros y desconocidos intereses de las asociaciones, que en sus estudios comparativos benefician a unos y perjudican a otros, pero no basados en argumentos técnico-científicos honrados y demostrables, sino por razones de interés propio y muy poco honorables (acuerdos secretos con ciertas firmas, las que se beneficiaría, por ejemplo).

2) Objeciones legales/normativas/jurídicas: ¿quién es una asociación de consumidores para entrometerse en la realidad de un sector económico y señalar quiénes son los buenos y quiénes son los malos? Y de hacerlo ¿por qué no se hacen las tomas de muestras y los propios análisis ante notario?

3) Objeciones metodológicas: no se respetan los protocolos de la metodología oficial de los análisis de calidad del producto, comenzando por la toma de muestras (¿cómo puede criticarse la calidad de un producto y una marca analizando solo una muestra cuando en el mercado hay en ese mismo momento centenares de miles en las estanterías?) y por el propio desarrollo de la prueba (determinación de los ítems a medir y comparar, modo en que se relacionan unos y otros datos para llegar a las conclusiones, respeto a lo que dice la normativa en cada paso del análisis, acreditaciones de los laboratorios por los organismos normalizadores…; las casusas motivo de crítica pueden ser muchas, pero el caso es que los análisis (por reducir costes, por simplificar procesos y ahorrar tiempo y dinero…, no se hacen como debieran hacerse, sobre todo teniendo en cuenta la enorme repercusión que frecuentemente adquieren los resultados de los análisis en los medios de comunicación

4) Objeciones a la interpretación de los resultados del análisis, ya técnicas ya de traslación al lenguaje periodístico, en exceso divulgativo y simplificador de realidades complejas, que no respetaría los preceptos y matices técnico-científicos.

5) Quejas por las consecuencias que puede acarrear la difusión de los resultados del análisis, dañando gravemente la imagen o perjudicando las ventas de una marca o de un sector. Como también analizan marcas “blancas” o de distribuidor, hete aquí que en cada análisis quedan bien, mal o todo lo contrario también las grandes empresas de distribución, con lo que la afectación es aún mayor.

Saben algunos de ustedes que quien firma ha dirigido durante muchos años la única revista que junto a OCU publicaba análisis comparativos en este país. Y también están informados de mis excelentes relaciones con quienes dirigen desde hace más de 25 años la OCU (asociación con más de 300.000 afiliados, que pagan su cuota, y no barata, precisamente) basadas en que durante tan largo periodo hemos compartido (además de las críticas a nuestra labor de defensa de los derechos e intereses de los consumidores, que no otra cosa es un comparativo dcomo este de aceite, o lo fue en su momento el programa “Consumidores”, de ETB2-) la obsesión por el rigor técnico en el trabajo, la imparcialidad en las interpretaciones de los resultados y la moderación y el sentido de la medida como pauta comunicativa a la hora de dar a conocer las conclusiones de nuestros estudios; sin que ello impidiera, por supuesto, la búsqueda de expresiones y titulares rotundos y claros, cuando la ocasión lo requería. Como esta, sí. Lo que les quiero decir es que, en mi modesta opinión, las marcas que han salido malparadas en este análisis de aceite deberían quejarse menos y ponerse cuanto antes manos a la obra para mejorar la calidad de su producto, un artículo natural muy sensible y de la máxima calidad cuyo proceso de elaboración hay que vigilar al detalle, porque la normativa que establece sus parámetros de calidad, es muy exigente. En cualquier país que no sea España es tarea imposible encontrar un aceite de oliva virgen extra por menos de 8 o 10 euros el litro, y aquí tenemos algunos bien sabrosos en oferta en los supermercados por 2,5 ó 3 euros. No hay que dramatizar, en muchos casos ha podido ser (suele ocurrir) pura mala suerte del productor, pero al consumidor hay que darle (siempre, y no solo la mayoría de las veces) la calidad prometida (en la etiqueta del producto, en la publicidad de ofertas del establecimiento…), y cierto que puede haber sido solo una botella o un lote el de calidad insuficiente y que al productor afectado le tocó la china de que fuera esa muestra la analizada y que deviene muy oneroso castigo para la marca afectada, pero no es menos verdad que la labor de una asociación de consumidores es precisamente esa, mantener tensa la cuerda, en nombre del cliente, del consumidor, y dar algún que otro disgusto para que se cumplan las normas de calidad y seguridad en los productos y servicios y no se relajen ni productores, ni vendedores ni la Administración que los controla. Y resulta asimismo diáfano que las normativas de calidad de los productos no se fijan para que la mayoría de los productos concernidos la cumplan o lo hagan con la mayoría de los requisitos, sino para que lo hagan todos y cada uno de ellos en todas y cada una de las características descritas. Lo que quizá habría que replantearse es si la normativa no es en este caso demasiado estricta, por exigente en exceso, en ciertos productos de alimentación. No lo digo por decir, es una idea que llevo muchos años rumiando, al cotejar los resultados análiticos de ciertos alimentos, y al preguntarme por qué en productos de gran consumo el Extra (calidad objetiva y parametrizable de producto; nada tiene que ver con el concepto delicatessen) es casi imposible de conseguir normalizadamente con los costes que el mercado admite. Es una soga al cuello de los productores que quizá habría que replantearse. Porque lo primero que ha de ser una norma es realista, debe poder cumplirse. Y también cabría reflexionar si es lógico que un producto de élite, en su propio concepto –es prácticamente el mejor de los aceites- y en lo culinario, como un aceite de oliva virgen Extra puede costar 2,50 euros el litro.

¿Y la música?

Esta siendo este un año de reapariciones de grandes figuras con discos estupendos (el soul de Bobby Womack, el country-rock de Neil Young, el folk rock de autor de Bill Fay, así citados de memoria), y el último del que tenemos noticia es el de DONALD FAGEN, exlíder de Steeley Dan, banda de referencia del negociado de la música más trabajada y exquisita de los 70s, ubicada entre los márgenes del jazz y el rock y con sabrosas concesiones al funk, al rhythm and blues y, por supuesto, al pop. Nos viene este mes de octubre Donald Fagen con “Sunken Condos”, su cuarto disco en solitario, dato que teniendo en cuenta que el primero lo grabó ya sin la banda hace 30 años, no permite tildarle de prolífico, precisamente. El disco está teniendo buena acogida en su país, EEUU, y la verdad es que escuchando este single, titulado “I’m Not the Same Without You” y anclado en esa estética atemporal de la música orquestal y grande en el buen sentido de la expresión, se entiende perfectamente el porqué.

Consumidores: ¿sumisos ante la Banca?

En una coyuntura invadida por las malas noticias que, con una insistencia digna de mejor motivo, nos trae la crisis económica, llega el 15 de marzo, Día Mundial del Consumidor. ¿Las noticias de consumo que han marcado estos últimos días? Os cuento: ampliación de horarios nocturnos en la hostelería vasca, agria polémica por la gestión de las basuras en Gipuzkoa, disputa no menos amarga por el permiso (que no obligación) de apertura en festivos -establecidos por la ley y concretados por el ayuntamiento- en los comercios bilbaínos; los precios de los carburantes en máximos históricos y subiendo obscenamente; el miedo a los recortes en servicios básicos como sanidad y educación como consecuencia de la necesidad de reducir el déficit público, la aceleración -todavía insuficiente: nadie compra, más claro, agua- de la caída del precio de la vivienda tras casi cuatro años de abaratamiento, la segunda subida del año de la tarifa eléctrica (será ya en abril, y se habla de ¡un 17%!) y, una agradable noticia más, los españoles tienen diez veces más mercurio en el cuerpo que los alemanes, debido al saludable hábito de comer pescado (marino). Vaya panorama tenemos delante… todo un cuadro pero impresionante, que no impresionista. Y en estas andábamos cuando las asociaciones del ramo presentan, en el día mundial del consumidor, diversas iniciativas que coinciden en denunciar la posición de dominio de la banca frente a los usuarios. Las asociaciones de consumidores han cargado contra “la impunidad de los bancos”, a quienes culpan de buena parte de la crisis y han exigido más competencia en este sector, una competencia que consideran “más necesaria que nunca” debido a la concentración de bancos y cajas como consecuencia de la crisis. (Inciso: uno de estos días escribiré sobre el tema de la competencia, al que no se le da la importancia que merece. Incluso, a veces, cuando sale a colación, se hace mucha demagogia, falsamente progresista, contra la competencia –“salvaje”, se llega a decir-, que es uno de los elementos más esenciales en el progreso económico en esta sociedad de mercado que tenemos, y, sepámoslo todos, del todo positivo y conveniente para los consumidores. Las restricciones de competencia, los acuerdos entre empresas distintas del mismo sector, sobre todo los de precios, son una ruina para los consumidores, y para la propia economía. Volveremos al asunto) Volvemos a la posición de dominio de la banca. Lo peor es que, como revela una encuesta online de la OCU a 3.000 personas estamos resignados, nos mostramos casi complacientes ante una sumisión que, he de decirlo, es perfectamente reversible; está en nuestra mano cambiar, siquiera en parte, este status quo que tanto nos perjudica. Nos tienen pillados, sí, pero podemos hacer algo. Un ejemplo: toda vez que el Banco de España apenas nos defiende (las resoluciones que dicta sobre las reclamaciones cursadas por los usuarios no son vinculantes, y la banca, consciente de su poder, hace caso omiso de la mayoría de las sentencias del BE), la OCU pide al Gobierno la urgente creación de una Agencia Única de Protección al Consumidor Financiero, que “reequilibre la relación entre el consumidor y la banca”. Por su parte, la Confederación Española de Organizaciones de Amas de Casa, Consumidores y Usuarios (CEACCU) ha presentado una campaña para exigir que el Banco de España fije topes a las comisiones bancarias que, como comprobamos en los extractos, andan desbocadas. Destacaría también la demanda que hace la Confederación de Asociaciones de Consumidores y Usuarios (CECU) de medidas como “la portabilidad de número de cuenta para mantener el mismo número independientemente del banco con el que operemos, la reducción de las comisiones bancarias, la mejora de la información que recibe el consumidor y que se impidan prácticas comerciales como las promociones vinculantes o los paquetes de productos que atan al consumidor a su entidad durante largos periodos de tiempo”. En pocas palabras, el movimiento de defensa de los consumidores exige que la Administración pública adopte decisiones que reequilibren, en favor de los ciudadanos, el estado de las cosas en el mercado financiero (algo está haciendo con el dramático problema de los desahucios, pero veremos en qué queda esa adhesión voluntaria de bancas y cajas) y permita algo que siempre he planteado, que la elección de nuestro banco o caja de referencia (en el que tenemos las principales cuentas corrientes y los créditos más importantes) debe ser tan libre y desprejuiciada como la del seguro del coche o el supermercado habitual; y nuestra actitud a la hora de solicitar un crédito, otro tanto de lo mismo. Comparar, pidiendo toda la información relevante en cada oficina, el precio de los créditos y la rentabilidad de los depósitos e inversiones, y tomar las decisiones con frialdad y mucho sentido común. Sí, lo sé, en materia de créditos, actuar así hoy resulta complicado, porque –salvo a quienes tienen sus cuentan hipersaneadas- las entidades financieras se niegan en banda a dar créditos al consumo o hipotecarios, pero hasta hace pocos años era justo al revés, se peleaban por conseguir nuestros favores, y tampoco entonces la mayoría sacábamos provecho de tan favorable cinrcunstancia. Lo que hicimos fue sobreeendeudarnos, y ahora lo estamos pagando, y a base de bien. Y los bancos y cajas serios, entendiendo por tales los bien gestionados, siguen ganado dinero a espuertas, porque, querámoslo aceptar o no, siguen teniendo la sartén por el mango e imponiendo las condiciones. O lo tomas o lo dejas. El asunto es intentar, entre todos, que se nos tenga en cuenta, que los usuarios pintemos más en esta película, en la que no es que no seamos actores principales; a veces me da la impresión de que no llegamos ni a extras.

Os dejo con John Cale (al que veremos en concierto en Bilbao el miércoles, 21 marzo) y una de su canciones más conocidas, del mítico álbum Paris 1919, grabado hace ya más de 30 años.

Ansiedad y depresión menor: menos pastillas y más psicología, por favor

La OMS pronostica que en 2020, junto con las enfermedades cardiovasculares, la depresión será la principal causa de discapacidad en el mundo. Y, no se hagan ilusiones, los vascos no constituimos la excepción. Por mucho que estemos encantados de conocernos, tengamos la mitad de paro que otras autonomías y casi prefiramos morir que irnos a vivir lejos de nuestros familiares, amigos y bares, Osakidetza gasta cada año 23 millones de euros (una media de 10 euros por habitante) en ansiolíticos y antidepresivos; y, en un dato quizá más revelador, el consumo de estos psico-fármacos ha crecido en los últimos cinco años más del 25%.

¿Empeora nuestra salud mental o, simplemente, somos cada vez más blandos y resistimos peor esos problemas puñeteros que insisten en fastidiar nuestro precario bienestar emocional? No tengo respuestas. No sé si la infelicidad crece a pasos de gigante en una población cada vez más desencantada, -inmersa en la liturgia del consumismo- y desprovista de referentes ideológicos y morales a los que aferrarse; ni si nuestra capacidad para afrontar la frustración merma sin parar y sin visos de cambio de tendencia. Pero sí percibo dos cosas; una, que el pastilleo se va generalizando: esas miradas tristes, dopadas y huidizas, delatoras del consumo de psicofármacos, las veo cada vez más a menudo en las caras de quienes me encuentro en mis paseos con el perro; y otra, que si vas al médico y no te receta algo, parece que el viaje y la consiguiente molestia (¡qué comodones nos hemos vuelto!) no han servido para nada. “No sé qué me pasa, me siento triste, decaído, ansioso, sin motivación, como sin ganas de hacer nada…”. Así comienza el tema, y termina, casi siempre, en la farmacia, de la que salimos satisfechos con el doping-remedio a nuestros males.

En estas andaba pensando cuando mis amigos de la OCU publican un informe basado en una investigación, que lo primero que dice es que la mayoría de los problemas de salud mental “están relacionados con el estado de ánimo, sobre todo con la ansiedad y la depresión menor”, y que, equivocadamente “en la mayoría de los tratamientos se recurre a la medicación: antidepresivos y tranquilizantes se prescriben en demasiadas ocasiones a pesar de que el tratamiento indicado para estos trastornos es la psicoterapia, alternativa a la que pocos pacientes tienen acceso” a pesar de que quienes reciben este tratamiento se muestran más satisfechos y de que la OMS lo recomienda, aconsejando evitar, en lo posible, el consumo de fármacos.

La OCU entiende que “el coste de la generalización de la psicoterapia se puede ver compensado con la reducción de las bajas laborales por este tipo de trastornos al recibir los pacientes un tratamiento más rápido y adecuado a su dolencia”. Señalan que hay que concienciar a los pacientes sobre el uso responsable del sistema sanitario y explicarles que cualquier dificultad vital no tiene por qué llevar aparejada una solución médica. Los médicos también han de jugar su papel, promoviendo la administración responsable de los fármacos y haciendo oídos sordos a las presiones de los pacientes y la industria.

Reclama asimismo la OCU que debe mejorar la dotación de los centros de atención primaria, “como primera parada de un número creciente de personas con dificultades para enfrentar los problemas de la vida cotidiana”, y que hay que impartir formación específica a los médicos de atención primaria para mejorar sus habilidades en técnicas de entrevista y escucha, además de acercar a los especialistas de salud mental a los centros de atención primaria y crear terapias de grupo y talleres en este primer nivel de atención, ya que pueden ser útiles y menos costosos que los individuales, para enseñar a relajarse, elaborar el duelo, afrontar el estrés, dominar el insomnio, etc. El círculo virtuoso termina en la especialización del personal de enfermería para administrar una parte de estas enseñanzas, mejorando así la eficiencia del sistema.

Estimados amigos, cuando uno lee informes tan reveladores y acertados como el de la OCU se ratifica en lo necesarias que son las asociaciones de consumidores para la mejora de la sociedad en que vivimos. Y en su irremplazable aportación específica, por su enfoque ciudadano e independiente (sin servidumbres ni intereses políticos, profesionales/sectoriales, ni empresariales) para la resolución de los problemas que lastran nuestra calidad de vida.

Os dejo con una canción de unos amigos del alma, los getxotarras Mcenroe, que acaban de publicar su nuevo disco, Las orillas. A ver si os gusta, la canción se titula “Mundaka“.