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¿Compensa a los jóvenes estudiar una carrera? y, en su caso, ¿se la pueden pagar sus padres?

Leíamos hace pocos días que “tener una diplomatura o una licenciatura, o grados y másteres, no garantiza el trabajo, pero aumenta las probabilidades de conseguirlo, lograr un contrato indefinido o incluso conseguir un puesto directivo, a pesar de la coyuntura económica desfavorable por la que atravesamos”. De hecho, “disponer de una diplomatura en lugar de estudios primarios incrementa la posibilidad de estar ocupado en 23 puntos porcentuales, mientras que ser licenciado la aumenta 25 puntos”. Se reconoce lo que es sabido, que en los primeros meses -e incluso años- de incorporación al mundo laboral, los universitarios no consiguen retribuciones a la altura de su cualificación. Pero tampoco todos comienzan siendo mileuristas ni, menos aún, lo serán toda la vida. A medida que van cumpliendo años en un puesto y ganando experiencia, las diferencias salariales frente a los trabajadores sin estudios universitarios se van agrandando. Se calcula que un titulado gana un 10% más por cada año de formación adicional realizado que una persona con estudios medios de parecidas características. Son conclusiones de un informe presentado recientemente por el BBVA y el Instituto Valenciano de Investigaciones Económicas sobre universitarios y productividad en España. Que revela que tienen más posibilidades de estar trabajando los estudiantes que optaron por una titulación de Ciencias de la Salud que los que se decantaron por carreras de Ciencias Jurídicas y Sociales. Las técnicas y, más aún, las titulaciones de Ciencias Experimentales, figuran asimismo entre las que más trabajo han generado los últimos años. «La tasa de paro de los licenciados es la misma que para cualquier persona que esté en puestos administrativos en el sector privado. De hecho, muchos funcionarios son licenciados, y los que no, trabajan en la empresa privada como tal y en general son puestos que tienen cierta estabilidad», explica Julio Carabaña, catedrático de Sociología de la Educación de la Universidad Complutense. En su opinión, aunque en los últimos años hayamos oído hablar con frecuencia sobre la superior salida laboral de la Formación Profesional, «en la práctica no tiene muchas más que para una persona que ha estudiado la educación obligatoria; no hay ninguna garantía de que haya mejores oportunidades de empleo porque tanto los que han estudiado FP como los que han cursado la enseñanza obligatoria se emplean en puestos parecidos». Así «no es de extrañar que la gente quiera ir a la universidad», añade.

La experiencia me dice que una mayor formación no supone, en general , impedimento o freno para acceder a un puesto, salvo en contadas ocasiones

en que las empresas buscan trabajadores fijos con un perfil específico y no otro, y no les interesan empleados sobrecualificados que más pronto que tarde aspirarán a puestos de más responsabilidad o de empeño más exigente y mejor remunerado, que a la empresa no les interesa ofrecerles. Y es por ello, que quizá la pregunta que hemos planteado en el titulo de este post daría más juego si se hicera en los términos de si compensa dedicar tantos años de esfuerzo al estudio. Y con la palmaria escasez de puestos de trabajo que hay en el mercado laboral actual, por llamarlo como si existiera,y sumidos como estamos en pleno epicentro de la crisis económica, la pregunta aún se hace más concreta: ¿compensa el esfuerzo y el gasto que deben hacer las familias para pagar la carrera de su hijo/a y la renuncia del estudiante a disponer de dinero en el bolsillo y una capacidad adquisitiva similar a la de sus amigos que trabajan? Incluso otra: ¿no es una de las más lamentables y discriminatorias consecuencias de la crisis que no pocos hogares vascos no puedan costear el relativamente moderado coste que supone que su hijo/a curse una carrera universitaria en el sistema educativo público, justamente ahora en un momento en el que casi no tienen otra salida, con tanto desempleo juvenil? Qué salida -profesional, nos referimos; la de quedarse en casa siempre está ahí- les queda para ocupar su valioso tiempo? Y, de esta, pasamos a otra cuestión: ¿cabe acaso contemplar otra opción razonable para los jóvenes distinta de la de formarse más y mejor, para cualificarse al máximo y ubicarse en un buen puesto en la parrilla de salida del mercado laboral cuando dentro de unos años mejore la situación económica y vuelva a crearse empleo en condiciones?

Y, continuando con las preguntas encadenadas, otra muy procedente es la de qué hacen las instancias públicas, el Estado, para garantizar el acceso de los jóvenes a la formación, universitaria o no, particularmente cuando sus padres no pueden costearla porque se encuentran en paro o ya directamente sumidos en la pobreza, en una economía doméstica de pura subsistencia. Subir las tasas universitarias y reducir el número y cuantía de becas no parece, desde luego, el camino más adecuado.

Lo peor es que todo esto ocurre en una coyuntura como la actual: este mismo mediodía, la Comisión Europea ha propinado otro navajazo al futuro de nuestra maltrecha economía (el IBEX ha cambiado de color en unos minutos y ya supera el -2%), al exigir a España nuevos recortes para 2014, tras augurar que el PIB de nuestro país decrecerá un 1,4% pero no solo este año sino también en 2013, frente a la contracción del 0,5% que calculaba el Gobierno para el año que viene. Y todo ello, lo reconoce la CE se debe al aumento del paro (superará el 26,2 el año que viene), al desendeudamiento del sector privado, a las medidas de ajuste presupuestario y a la restricción del crédito. Contingencias todas ellas que son (en parte, al menos) consecuencia directa de los recortes salvajes del gasto público, del particular modo (cargándolo al presupuesto del Estado) en que pretende sanear el sector financiero y de la prácticamente nula dedicación al crecimiento impuestos por la política dictada desde Bruselas. O, quizá mejor dicho, por Alemania y los países de la triple A, los más ricos de la UE. Estamos ante el perfecto círculo vicioso, ese que vemos capaz de acabar estrangulando nuestra economía y la vida de millones de personas y de sus familias. A pesar de la evidencia del fracaso de estas medidas, siguen erre que erre, y las hoy fijadas predicciones de (de)crecimiento para España para 2012 y 2013 e incluso 2014, a pesar de su ruinosa repercusión en nuestra sociedad, no han cambiado las prioridades de Bruselas. ¿Habrá que hacer algo para modificarlas? O, quizá sea más práctico más preguntarse qué pueden hacer los países intervenidos (por tal tengo a España desde hace muchos meses) para cambiar este rumbo que nos hace cada vez más pobres y más pesimistas ante el futuro. Porque, quieran asumirlo o no, incluso a ellos mismos -pongamos Alemania en este caso- les perjudica (el presidente del Banco Central Europeo Mario Draghi, ha advertido hoy de que los efectos de la crisis de endeudamiento de la zona euro “han llegado ya a la economía alemana”), no en vano somos sus principales clientes, y su crecimiento depende de que mantengamos nuestra capacidad de compra de sus productos. Aunque sea solo por eso, a ver si reaccionan y nos dan un poco de oxígeno financiero; el riesgo de colapso es insoportable. Necesitamos buenas noticias, y datos menos dramáticos.

¿Y la música?

En un año plagado de afortunados regresos discográficos de viejas glorias de la mejor música de todos los tiempos (Bob Dylan, John Cale, David Byrne, Bobby Womack), tenemos que celebrar la publicación del nuevo disco de una de las más grandes luminarias del rock y el folk, además de una de sus voces más personales e inconfundibles, NEIL YOUNG. Auténtico mito viviente, el rebelde e inmortal genio canadiense (qué concierto dio, inolvidable, el 30 de mayo de hace tres años en el imprescindible festival primaveral de Barcelona) y lo ha hecho a lo grande con “Psychedelic Pill”, corajudo e intenso disco doble del que aún no tenemos opinión formada pese a unas cuantas escuchas. Pero sí acumulamos sensaciones, y todas son positivas. Comenzamos, estos últimos días, cada mañana de camino a la tele, a oírlo en el coche o en el metro y (a pesar de lo sencillo y tentador que resulta), nada nos pide cambiar a otro disco, autor o estilo, y eso es buena señal. Sobre todo cuando nos topamos con el Young menos contemplativo, el más crudo, guitarrero, cañero y psicodélico; que nos entrega, junto a sus emblemáticos Crazy Horse, un disco doble (a la fuerza: tiene una canción de 30 y otra de 20 minutos, que no se hacen largas: increíble pero cierto) que hace el número 35 de su carrera y que vemos perfectamente a la altura del legendario artista que es el canadiense, sin quien buena parte de la música del momento que más nos convence quizá no existiría, o, sin duda, no sería como es.

Bernanke, Draghi, alimentos ecológicos, tasa cero al volante, refrescos…

(Ben Bernanke -presidente de la Reserva Federal, equivalente en EEUU al BCE liderado por el enigmático Mario Draghi– ha demostrado a la UE y sus dirigentes, para regocijo de los mercados europeos y de la Bolsa española -subre más de un 3% en este momento-, que sí se atreve a inyectar dinero público a espuertas -“dinero gratis”, ha llegado a decir-para fomentar la economía y el empleo. A pesar de que la inflación preocupe a todos, el desempleo y la intestabilidad financiera son aún más nocivos para el conjunto de la sociedad, parece querer decirnos Bernanke. Quizá no lo sean para los bancos y para ciertos postulados ideológicos, pero sí lo son -lo estamos comprobando día a día- para la gente y para la situación económica de los países con problemas. A ver si aprendemos un poco. Hoy, en oportuna entrevista mañanera en Radio Euskadi al filósofo Daniel Innerarity, este pensador decía que aunque California tiene más deuda pública que España o Italia, no es apetecible para los especuladores, que pasan de intentar sacar tajada de sus problemas financieros, ya que saben que EEUU, si es necesario, va a defender con beligerancia cualquier ataque a este y a cualesquiera otros estados nroteamericanos, porque cuenta con una única política fiscal y monetaria que le permite este tipo de actuación, rápida y contundente, frente a los agresores; a diferencia de lo que ocurre con la UE, con demasiados países improtantes que carecen de espíritu de unidad, que están en el proyecto europeo más para sacar provecho que para otra cosa, y que si no se ponen de acuerdo en nada relevante, mucho menos lo harán en temas esenciales como estos de la economía y las finanzas).

Estos últimos días se ha hablado de temas que nos interesan mucho a los consumidores. Veamoa algunos:

Los alimentos ecológicos (siempre bastante más caros) no son más saludables ni más nutritivos para quienes los consumen que los producidos de modo convencional

, con pesticidas, herbicidas, abonos “artificiales”, etc. Tanto OCU como Consumer , como otras fuentes, como Journal of the Science of Food and Agricultura en sus análisis de laboratorio e investigaciones llegaron a conclusiones similares en repetidas ocasiones estos últimos años, pero poco o nada influyeron en el estado de las cosas (aunque casi nadie compra alimentos ecológicos precisamente pro estas razones y porque tampoco aportan gran cosa en lo organoléptico, léase sabor, color, textura, etc), gozan de un prestigio social casi intocable). Quizá el macroestudio de la Universidad de Stanford publicado recientemente por Annals of Internal Medicine haga reflexionar a más de uno. Así lo espero. Me parece discutible incluso que la agricultura ecológica proteja más el medio ambiente (otro día hablaremos de ello, es un tema complejo y con muchas aristas) o constituya una solución al sector rural, pero está más que probado que no es más saludable para el consumidor y que no alimenta más ni mejor que la agricultura normal.

La libre competencia entre las empresas y profesionales que ofrecen productos y servicios a los consumidores es imprescindible para que los precios tiendan a ajustarse y para que el sistema económico funcione correctamente.

Cuanto antes se limiten, e incluso acaben, los privilegios o restricciones de la competencia en sectores como farmacias, gasolineras, electricidad, gas y en profesiones liberales como abogados, notarios, arquitectos etc, mejor para nosotros. El Gobierno dice que las gasolineras compiten muy poco en precio y que ello hace que los carburantes en España sean comparativamente muy caros respecto a otros países, y es más que cierto. ¡Pero como lo van a hacer, si es la propia Administración la que ha tolerado e incluso propugnado que montar una estación de servicio nueva sea más difícil que que te den hoy un crédito sin avales “reales”!

Tasa cero de alcohol al volante, la DGT la ve con buenos ojos.

Hay países que han establecido normativamente la tasa cero para conductores profesionales (en España, es de 0,15 mg/l. de aire, cuando la de los no profesionales es de 0,25 g/.), pero también otros que admiten hasta 0,4 g/l. La principal pregunta sería: ¿está realmente demostrado que una persona que ha tomado un zurito o un vaso de vino con un pincho, o dos vasos de vino en la comida o cena está en condiciones inadecuadas para conducir? Procede hacerse la pregunta porque beber un poco (a diferencia de furmar, que ni lo uno ni lo otro) forma parte de nuestro estilo de vida y nuestra cultura y no es nocivo para la salud, y porque esta medida tendría una grave repercusión en sectores importantes de nuestra maltrecha economía, porque pude resultar muy impopular y, lo más importante, restringe demasiado la libertad de los ciudadanos, y no está muy claro que reducir al máximo la cantidad de alcohol admitida disuada a los alcohólicos y en general bebedores frecuentes; probablemente, solo fastidie a personas que consumen cantidades moderadas de bebidas de baja graduación Quizá lo que habría que hacer sería, manteniendo las tasas actualmente admitidas (ya bastante severas) extremar el control policial en las carreteras, aumentar hasta donde sea necesario las sanciones a quienes las incumplan, e invertir más y mejor en campañas de concienciación: al volante, alcohol cero. Porque poner una multa a quien ha bebido una caña o un vaso de vino comiendo o cenando roza lo ridículo. ¿No es más sensato penalizar más y controlar mejor a quien realmente bebe realmente tanto como para poner en peligro su seguridad y la de los demás?

¿Deben pagar los niños y adolescentes que hacen uso del comedor escolar pero en lugar de comer el menú del cole llevan el tupper de casa?

Es en el contexto actual de dramática crisis, que ha arruinado la economía de miles de familias vascas, y en las coordenadas reales del coste que supone el servicio del comedor escolar donde debemos situar el debate. Porque este del comedor escolar es uno de los contados gastos onerosos que aún pueden recortar y evitarse las familias. Hay que reducir gastos como sea, y este es un modo más. En ciertas autonomías españolas, las federaciones de asociaciones de padres y madres de alumnos (AMPA) cifran entre un 15% y un 20% las familias que han prescindido del servicio de comedor por motivos económicos. El comedor escolar está siempre subvencionado, no hay ningún alumno que pague el 100% del gasto que representa al centro; otra cosa es que hay también becas de comedor para las familias con menores posibilidades económicas. Comer en el colegio supone al centro (en este caso, a la Educación pública, al presupuesto del Estado o de la Comunidad Autónoma) gastos muy distintos del coste de la propia comida que ingieren los alumnos. Los más importantes: cuidadores (hacen falta muchos, y es por ello el coste específico más relevante) para que los niños se lo coman todo y no alboroten demasiado, el personal que sirve las comidas, los empleados que cada día limpian las instalaciones y, por último, todo ese apartado de gastos de reparación, mantenimiento, electricidad, agua, productos de limpieza, etc. Queda claro, por tanto, que en el coste final de la comida que se sirve en los centros escolares hay apartados ajenos al coste de la elaboración y, en su caso del transporte de la comida. Por tanto, parece lógico que si quienes hacen uso del servicio completo de comedor deben pagar (parte o todo) el gasto que supone el servicio a la Administración pública, lo hagan también quienes hacen un uso solo parcial (ya que se llevan la comida de casa) del servicio. Pero, teniendo en cuenta que quienes den este paso es porque tienen dificultades económicas, ¿no es socialmente más justo aceptar que no paguen nada o que lo hagan con un cantidad mínima, solo testimonial? Parece lo más lógico, pero ya hay alguna comunidad autónoma que (con las arcas públicas en precariedad casi absoluta, suponemos) propone que se pague 3 euros por niño con tupper. Así, de entrada, asemeja -a todas luces- un exceso. ¿No podría la solución ser que paguen, por ejemplo, 1 euro por niño y día?

Nueva York prohíbe el refresco XXL, al vetar la venta de bebidas azucaradas de casi medio litro (son 0,464 litros) en cines, estadios, restaurantes e incluso carritos callejeros.

La prohibición no afecta a supermercados. Cada año unos 5000 neoyorkinos mueren debido a la obesidad, auténtica epidemia en EEUU. Una medida polémica, que casi dos terceras partes de los neoyorkinos desaprueban. ¿En qué medida deben los administradores de la cosa pública inmiscuirse en la vida de la gente y en la actividad de los mercados? Espinosa pregunta, que obnviamente no admite una respuesta única.

Dejémoslo con un poco de música, que nos anime la entrada en el finde.

Calexico, un tema (“Para”), de su nuevo disco “Algiers”.

Draghi, tarifa de la luz y las preferentes

“Una imagen vale más que mil palabras”, sí, puede servirnos cuando se trata de describir un sobrecogedor paisaje o los efectos devastadores de la guerra; pero en economía, unas pocas palabras no solo valen más que mi imágenes sino que crean infinidad de ellas, y contrapuestas, las de la euforia y las del pánico.

Lo estamos comprobando con

las dos frases de Draghi en los últimos días. Dijo hace justo una semana que haría “lo suficiente” para salvar el euro

y al de pocos minutos subió la Bolsa un 5% y bajó la prima de riesgo 100 puntos. Hoy, el mismo dirigente financiero de la UE nos ha cortado las alas y amargado el verano, al dejar sentado que “el BCE solo comprará deuda española si el Gobierno pide ayuda”, lo que en castellano corriente significa que si no hay rescate en toda regla –y la humillación y sometimiento como país que representa aceptarlo- el banco central europeo no comprará deuda soberana española e italiana. Draghi ha mirado para otro lado y ha derivado las compras de deuda al Fondo Europeo de Estabilidad Financiera (FEEF). Para que el fondo de rescate actúe es imprescindible que los países soliciten la ayuda a cambio de “condiciones específicas”; sí, traduzcamos: aceptar recortes y más recortes y una aún mayor intromisión en la política económica española.

Efecto de las nuevas frasecitas de hoy de Draghi: la Bolsa ha bajando más de un 5% y la prima de riesgo ha iniciado con vigor la escalada que la sitúa por encima de los 600 puntos básicos (hemos partido el día de unos 525 puntos), que ponen en jaque el futuro de la economía española. O sea, que la alegría del jueves pasado ha tornado, con un ramillete de frases pronunciadas por la misma persona, en depresión, tristeza e incluso miedo. Y lo peor es la decepción que ha causado en los mercados esta respuesta tan esperada del BCE. Que, resulta evidente, ha atendido a las presiones de la poderosa y segurola Alemania y desoído la apremiante súplica de sus socios español e italiano. De todos modos, me pregunto por qué dio esperanzas de una actuación decisiva e inmediata del BCE el pasado jueves para una semana después decepcionar a todos, incluidos los mercados. Nos lo temíamos porque el jefe (Weidmann) del banco central alemán (Bundesbank) ya venía advirtiendo esta semana de que su peso en el BCE era superior al de los bancos centrales de los demás países miembros de la UE. Que ellos mandan mucho más, vamos. Lo hemos visto hoy, bien clarito.

Una cosa, espero, habremos aprendido: hay que endeudarse menos.

El que debe demasiado acaba convirtiéndose en juguete en manos de los acreedores, lo que a la larga le conduce, indefectiblemente, a perder su autonomía, su autoestima y, lo que es aún peor, a no poder disponer de su futuro. No sé si con los políticos que tenemos -en nuestro país y en la UE-, la situación española tiene remedio, pero sí me quedo con una certeza: haré todo lo posible por no pedir créditos que puedan hipotecar mi futuro y el de mi familia. Hay que saber parar la espiral del gasto y del consumo. Porque no quiero a ningún vecino de la comunidad (por mucho que sea mejor gestor que yo) imponiéndome, pistola en mano, cómo tengo que gestionar mi familia y disponer de mis presupuestos, qué puedo y qué no puedo hacer, cómo y en qué tengo que ahorrar y en qué puedo gastar y en qué no, si jamón cocido o serrano, o si mis hijos pueden o no estudiar carrera universitaria. Sin libertad de decisión y de acción, ¿qué es el ser humano, qué son los países, y qué es la democracia? Porque, además, la sospecha de que el vecino mandón va a aprovechar la circunstancia para sacar tajada no nos la quita nadie. No hace falta recordar que mantener esta coyuntura (lo está haciendo Alemania, al impedir el cambio) supone que ellos se siguen financiando al 0% mientras España lo hace al 7%.

En plena cascada de buenas noticias, nos enteramos -por la OCU, que ha hecho las cuentas y lo ha calculado, que no por el Gobierno- de que nos van a sablear –de aquí a diciembre-
entre 50 y 90 euros extra de recargo por hogar en el recibo de la luz
, por si no fuera suficiente con la subida de las tarifas, que fue de un 7% en abril y de otro 4% en julio. Otro notición para encarar con optimismo el futuro y las vacaciones de agosto, quien las tenga.

Abordemos, siquiera de modo sencillo, el problemón de las preferentes, que parece avanzar un poco en favor de los consumidores afectados.

Que timados, estafados, confundidos a propósito o sin intención de los bancarios (no será fácil probar cómo debe calificarse el hecho en cada caso), lo que queda claro es que, tal y como denunciaron muchos ahorradores, empleados de varias cajas de ahorros en situación crítica e incluso a punto de ser intervenidas consigueron la firma de decenas de miles de contratos de estas preferentes haciendo creer -¡a sus clientes de toda la vida!, tiene lo suyo la desvergüenza- que las participaciones preferentes emitidas por la caja eran una inversión equivalente a un depósito a plazo fijo, el producto financiero más conocido y común –por su seguridad y modesta pero asegurada rentabilidad-, solo que con un interés un poco mayor, por lo que les merecía la pena contratarlo y cambiar de producto financiero para sus ahorros. Obviaron explicar a sus clientes, a pesar de que por ley estaban obligados a hacerlo, las características –muy peculiares- de este producto financiero. Y actuaron así porque, de haber conocido de qué se trataba –en realidad, no es tan difícil de explicar ni de entender-, muy pocos de estos modestos ahorradores hubiera aceptado adquirir las preferentes.
Las preferentes son inversiones que se caracterizan por su escasa liquidez (no hay seguridad de venta de las participaciones: es posible que en el mercado no haya compradores y el inversor no pueda, en un momento concreto, convertir en dinero sus participaciones) y por su alta rentabilidad, superior a la de otras inversiones de mayor liquidez. La rentabilidad de las preferentes suele ser alta, pero no fija, ya que está vinculada a los beneficios de la empresa, que es quien establece cuánto va a pagar por las preferentes a sus inversosres en cada ejercicio. Con las preferentes, uno se liga a la empresa más que con las acciones de Bolsa; dicho de otra forma, tiene que estar muy convencido de la solvencia y del éxito de la empresa; si no, mejor no invertir en este producto. Pero es un producto financiero más, no hay por qué demonizarlo. Ello no obsta para que sea una auténtica locura que una familia de economía modesta invierta todos sus ahorros en preferentes. Por demasiado riesgo, sobre todo en una coyuntura económica tan poco segura para casi todas las empresas como la que generada por esta gravísima y duradera crisis. Y el empleado bancario que lo aconseja está cometiendo una absoluta desconsideración con su cliente, además de incurrir en delito si no informa -siguiendo las muy concretas pautas establecidas por ley- de las características de este producto. El problema será discernir en qué casos ha habido engaño a los clientes y en cuáles fueron debidamente informados por los empleados y los inversores eligieron comprarlas porque les pareció una oferta rentable e interesante. Y no será cosa fácil, porque los contratos están firmados, con su letra grande y pequeña, y difícilmente admitirán las entidades que mintieron u ocultaron partes significativas de la información a sus clientes. La resolución del caso es compleja, porque las soluciones que proponen cajas y bancos concernidos por el problema no convencen a nadie. Varias asociaciones de consumidores e incluso representantes institucionales han pedido tutela estatal a los ahorradores timados con estas preferentes, pero no son pocas las voces de ciudadanos leídas en Internet que se niegan a que el Estado se haga cargo de los errores cometidos por inversores que buscaban alta rentabilidad y la encontraron en productos poco seguros, o incluso que fueron engañados por los empleados de sus cajas de ahorro, y en ese caso seria responsabildiad que debería asumir el agujero esas cajas de ahorro, y no el conjunto de la sociedad.
Casos como Afinsa, Rumasa, etc. no han pasado en balde, dejan huella, y deberíamos haber aprendido de ellos, pero no hay manera. Por su parte, Adicae (Asociación de Usuarios de Bancos, Cajas y Seguros) ha pedido que los afectados por “la estafa” de las preferentes tengan una resolución institucional para que no estén “condenados a esperar” los dictámentes judiciales “durante años”, y matiza que la solución debería partir del acuerdo entre las entidades que emitieron las preferentes, el Banco de España y la Comisión Nacional del Mercado de Valores (CNMV). Hace poco más de dos meses, pudimos leer en los diarios que somos un país de analfabetos financieros y que las dos entidades públicas de control recién citadas pidieron al Gobierno que la educación financiera formara parte del currículo escolar. Sin duda, sería conveniente, pero de momento hay una generación perdida en este peculiar ámbito del saber, por lo que cabe pedir a los clientes menos versados en asuntos financieros que hagan gala de infinitas dosis de prudencia a la hora de invertir y que incluso acudan a asesores de confianza. Y a los empleados bancarios -además de la honradez y la decencia que cabe esperar en cualquier profesional-, hay que exigirles no solo el cumplimiento estricto de lo que estipula ley en esta actividad comercial, sino un esfuerzo adicional para explicar al detalle las caracterísitcas de los productos financieros que ofrecen a su clientes.

Desde luego, la imagen de la profesión bancaria ha quedado gravemente dañada por la actuación de unos cuantos directores y empleados irresponsables, que cometieron delito y que, por ello, deben ser juzgados y, en su caso, condenados. Y las empresas que engañaron a sus clientes deben pedir públicas y privadas disculpas, asumir su responsabilidad del tipo que fuere, devolver el dinero logrado de modo fraudulento y comprometerse en que nunca vuelva a ocurrir episodios tan lamentables como este. Si un banco o caja engaña y roba a sus clientes de toda la vida, tenemos un mundo insoportable. Habrá que arreglarlo.

¿Y la música?

Prefab Sprout, o los felices años 80.