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¿Más impuestos a la comida basura?

(perplejos y decepcionados por el papelón protagonizado estas últimas semanas por Banco de España, Gobierno actual, oposición cuando fue gobierno y, por supuesto, los responsables directos de la entidad, seguimos asistiendo al culebrón Bankia. Y nos preguntamos cómo se ha dejado agravar la enfermedad -me temo que no solo ha sido la contaminación del ladrillo- hasta el punto de llegar a la tesitura de operación a vida o muerte que supone la intervención por el Estado; y cómo puede justificarse que se haya hecho tan tarde, con ese coste tan desmesurado para el erario público, con esa imagen tan lamentable trasmitida a los mercados y al mundo en general en este dramático momento de la economía española y con tantos ciudadanos inocentes perjudicados; y es que no puedo dejar de pensar en los miles de accionistas que acudieron confiados a la salida a Bolsa de la nueva empresa hace aún pocos meses. ¿Se exigirán responsabilidades a los dirigentes -económicos y políticos- que han consentido la quiebra de una entidad que integraba, entre otras, a dos cajas de ahorros cruciales en el sistema financiero patrio como Caja Madrid y Bancaja? Todos echan balones fuera, el fracaso no tiene padres. Y mira que sería edificante que cada uno se hiciera cargo de su parte de responsabilidad en el desastre: aportaría un mínimo de esa confianza que está en niveles subterráneos desde hace demasiado tiempo. Y sin confianza no hay economía que crezca, ni tasa de desempleo que se reduzca).

(Euskadi, se ha comunicado hoy, entra oficialmente en recesión, ya que su economía ha decrecido –respecto del mismo periodo del año anterior- dos trimestres consecutivos. Es la segunda desde que se inició esta crisis que marcará los inicios del actual siglo: la primera recesión se fecha en el ya lejano 2007, lo que nos da una idea de lo mal que marchan los números, también para los vascos, estos últimos meses)

(he aquí, ¡albricias! -como se decía antes en los comics- una noticia positiva-: dos constructores han sido condenados por un Juzgado de lo Mercantil de Bilbao a indemnizar con 2,98 millones de euros a los propietarios de un edificio de viviendas de Barakaldo -un rascacielos de 22 plantas levantado hace siete años- por las graves deficiencias de que adolecen sus pisos. Los constructores denunciados por los vecinos propietarios deberán responder con su propio patrimonio, toda vez que la sociedad que construyó las viviendas está en concurso de acreedores y que el juez ha considerado que los constructores son responsables directos de la insolvencia de la empresa. Los vecinos han necesitado 5 años y acudir a varios juzgados para resolver la batalla legal, pero no han conseguido una indemnización suficiente para solucionar los problemas de sus pisos, que un perito tasó en 4,68 millones de euros).

Estamos programados para que nos guste comer, y de hecho es una de las pocas cosas que resulta agradable a todo el mundo, a pesar de lo redundante de la operación. Como seres inteligentes que somos, las acciones que repetimos cada día tendemos a mejorarlas e historiarlas un poco; nos lo pide el cuerpo. No otra cosa que este espíritu de hacer cada vez mejor lo que debemos hacer a menudo es el origen del desarrollo y el progreso económico y social, diría yo. De esta imperiosa necesidad de nutrirnos hemos hecho virtud y pacientemente, generación tras generación y siglo tras siglo, hemos ido convirtiendo este acto tan cotidiano y necesario en fuente no solo de satisfacción inmediata, sino también de entretenimiento y socialización definitoria de las costumbres, la economía y la cultura de cada etnia y zona del planeta. Algo tremendo. Si hemos llegado a calificar de arte al proceso de hacer comestibles, hermosos y digeribles los alimentos que ingerimos, reparen en hasta qué punto hemos sofisticado una acción tan prosaica como llenar la panza y proveernos de energía para seguir levantándonos cada mañana con ganas de hacer cosas.

Al igual que resulta placentero el trámite que procura la reproducción humana, el hecho de que comer sea una satisfacción (la única de ciertos días oscuros, sí) es un medio de garantizar la pervivencia de la especie. Ahora bien, ¿por qué, a pesar de tantos años de trabajo denonado con los productos, con sus preparaciones y con los platos, a pesar de haber convertido el quehacer culinario en carrera casi universitaria, lo que más nos gusta, por sabroso y apetecible, es casi siempre lo más calórico, salado, azucarado y rico en grasa; o sea, lo que más perjudica, a la larga, nuestra salud? ¿Para esto tanta evolución tecnológica? No niego que también se disfruta lo suyo dando cuenta de una imaginativa ensalada condimentada con originalidad y delicadeza, y un buen pescado fresco asado con esmero a la brasa. Pero este saludable menú, además de exigir entrenamiento gustativo y suponer un presupuesto poco coherente con los tiempos de crisis que padecemos, difícilmente nos deparará la satisfacción esencial de un chuletón con pimientos, una paella bien surtida de marisco y pollo, unas alubias con sus obscenos sacramentos o un plato de pasta con abundante nata y bacon. O, ya abandonando cualquier atisbo de mesura, pocas cosas resultan más tentadoras, cuando el hambre hace resonar el estómago, que una hamburguesa doble con queso y bacon, cebolla frita, mostaza y ketchup, acompañado todo de una gran caja de patatas fritas, un refresco dulzón o una cerveza y una copa de helado tamaño extra.

Sirva este prolijo preámbulo para situar el tema de esta semana, la comida rápida, o comida basura, que tantos aficionados lleva décadas cautivando, muy especialmente entre niños y jóvenes. Sabrosa al paladar y barata para el bolsillo. Dos cualidades que a nadie disgustan. Además, todo en los restaurantes fast-food es sencillo y rápido, por no requerir protocolo alguno no se necesita ni destreza con los cubiertos. Todo fácil y sin problemas.Y con dos vectores de refuerzo: las multimillonarias inversiones en campañas publicitarias que asocian esta comida a la juventud, la felicidad, la armonía familiar, la calidad nutricional, el sabor…; y por otro lado, la investigación de la industria alimentaria, dirigida a encontrar (o crear) las materias primas más sabrosas; y los aditivos, ingredientes y mezclas que más las realcen en sabor, aroma, textura y color; y las presentaciones más llamativas del producto, que hagan a estas comidas irresistibles; y vaya que lo logran: se discute, incluso, si son adictivas.

Científica y socialmente hay consenso. La obesidad y las enfermedades cardiovasculares (más en concreto, su mayor prevalencia) están directamente asociadas a las dietas demasiado calóricas, grasientas, saladas y azucaradas. Exactamente, y uno a uno, los atributos que definen la comida basura.

Tenemos encima de la mesa de debate social una interesante iniciativa, ya aplicada en algunos países y propuesta por cierto partido republicano catalán: gravar con impuestos especiales la comida basura, al modo en que se hace con el tabaco o las bebidas alcohólicas, y destinar ese dinero a la educación nutricional de la población y a fomentar el consumo de alimentos saludables. Tras reflexionar sobre la conveniencia de este impuesto específico para la comida basura durante unos días, se me ocurre esto:

Argumentos a favor de subir los impuestos a la comida basura:

Es una batalla más en la guerra -estratégica y de gran relevancia sanitaria-, que libran médicos, autoridades sanitarias y consumidores contra la obesidad, las enfermedades cardiovasculares y el cáncer, vinculados tanto al consumo frecuente de comida rápida y procesada como al abandono de la dieta equilibrada, que tiene una adecuada aportación de vitamina, minerales y fibra, de lo que carece la comida rápida.

– Es un modo de conseguir que las multinacionales de comida rápida paguen y se hagan responsables de las repercusiones que sus productos y campañas publicitarias logran: el empeoramiento de los hábitos alimentarios, y por ende, de la salud de la población.

– Si la comida basura sube de precio, es más que probable que se reduzca su consumo. El encarecimiento del tabaco se ha demostrado una eficaz medida para que se fume menos.

– Si la comida basura aumenta los gastos sanitarios al favorecer la obesidad y las enfermedades a ella asociadas, es justo y razonable que aporte al sistema parte de esos gastos extra que genera

– El dinero que suponen esos impuestos especiales se puede destinar a campañas de educación nutricional, y a subvencionar alimentos saludables. Una compensación justa, vamos.

Los poderes públicos defienden y se comprometen con la salud de la gente, por lo que fomentan la dieta saludable, y penalizan la dieta -y el consumo de productos- que conduce a la enfermedad.

– Es un modo de alertar a la población de que el consumo frecuente de comida basura conduce a la obesidad y a las enfermedades cardiovasculares

– Subir los impuestos a la comida rápida e informar más sobre su contenido en calorías ayudar a limitar su consumo; es la conclusión de un estudio reciente de la Universidad de Maastricht.

– Médicos británicos de todas las especialidades han criticado duramente hace pocas semanas que su Gobierno “deja la responsabilidad en la industria para que voluntariamente rebaje las calorías, el tamaño de las porciones y asesore a los consumidores sobre la manera de comer saludablemente”. Y piden que no se permita que marcas como McDonalds y Coca-Cola patrocinen acontecimientos deportivos como los Juegos Olímpicos ni que famosos publiciten comida insana para niños.

Argumentos en contra de subir los impuestos a la comida basura:

No será eficaz, no logrará que se reduzca el consumo de comida basura ni que se reeduque a la población en materia de nutrición y dietética. No es tan sencillo cambiar los comportamientos de la gente, que por algo decide lo que decide en cada acto de consumo.

Subirá el precio de una comida popular y económica, y en tiempo de crisis, con muchas familias sin apenas recursos ni siquiera para la alimentación, eso es un error y una injusticia. Lo insano es el consumo excesivo, pagarían todos por la desmesura de unos pocos. Además, los de fast food son los restaurantes más baratos. ¿A dónde iremos, si se encarecen significativamente los menús de estos locales, cuando no tenemos dinero y necesitamos o nos apetece comer fuera de casa?

– Puede propiciar que la industria reduzca la calidad de sus materias primas y/o de otros elementos de la cadena de producción (servicio, seguridad alimentaria, condiciones de trabajo de los empleados, responsabilidad social)

– Es un exceso intervencionista del Estado, y una manera disimulada de subir los impuestos. Total, para que nada cambie…

– Es injusto con la industria alimentaria de comida rápida y procesada, que paga sus impuestos y, además, está sujeta a limitaciones específicas en materia de promoción, información, composición de los platos, etc.

Los ciudadanos son suficientemente maduros como para tomar las decisiones que más les convienen. Más aún, en un tema como el de la alimentación, en el que la información es abundante y está disponible (ese Internet) para quien desee hacerse con ella.

– Es desviar la atención y un ejercicio de hipocresía, ya que la responsabilidad de que niños y jóvenes se alimenten correctamente es de padres y educadores, del sector médico y sanitario, de los poderes públicos y en última instancia, del conjunto de la sociedad; y no de las multinacionales de la comida rápida y de la publicidad que estas hacen.

– La industria alimentaria tiene que cumplir la ley y ofrecer estándares satisfactorios y conforme a norma de calidad de producto y servicio, y de seguridad alimentaria. Y con eso debe ser suficiente; el resto es cosa del mercado libre y de la soberana decisión del consumidor.

Pues apuntados quedan los pros y contras de esta posible medida. Seguro que queda alguno por apuntar, ¿quién se anima?

Vamos ya con la música.

El Primavera Sound es un festival incomparable en calidad y cantidad a cualquier otro evento de música popular (pop, folk, rock, electrónica…, se entiende) que se celebre en España. A finales de mayo, dentro un par de semanas, congregará en Barcelona a miles de aficionados a la mejor música del momento, con indisimulada querencia a los sonidos (norte) americanos y a lo que se conoce como música independiente; traduzco: la ajena al paripé de los grandes sellos discográficos, el gran mercado, las canciones predigeridas y las emisoras de radiofórmula. Este 2012 será el primero que el Primavera no me contará entre sus asistentes, y eso que lleva ya una docena de ediciones. En cada una, de los en torno a 130 programados, hay una treintena de conciertos ineludibles para quienes perdemos buena parte de nuestro tiempo de ocio siguiendo la actualidad musical. Y de ese ramillete de shows seleccionados con deleite durante las semanas previas al acontecimiento, siempre hay un concierto particularmente ansiado, ese que no piensas perderte por nada del mundo. Esta vez, hubiera sido la actuación de Jeff Mangum, alma mater de Neutral Milk Hotel, la efímera banda de indie-rock de Lousiana (EEUU) a la que nadie ha visto por aquí en directo y que creó en 1998 un disco de culto que llevamos años escuchando y que fue el segundo y último de su carrera. Se titula “In the Aeroplane Over the Sea” y esta es la canción que da título al disco.