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Alimentos funcionales: la mayoría, poco más que publicidad

Lo prometido es deuda, y sin ceder a la tentación de arremeter contra cierta clase política que nos ha caído en desgracia, que no en suerte, y contra el modus operandi de los mercados financieros (¡cómo hemos podido llegar a esto!: más de cinco millones de parados, el IBEX-35 en 6.400 –las mayores empresas españolas, y los ahorros de millones de ciudadanos, valen la mitad que hace solo unos años- y la prima de riesgo por encima de 500 puntos básicos –o lo que es lo mismo, un Estado casi en quiebra y un país del que nadie se fía), hablemos de los alimentos funcionales.

Cosa muy propia en una fecha como la de hoy, Día de La Nutrición, en el que hemos leído noticias sobre el asunto: iniciativas solidarias para combatir la desnutrición que deteriora la vida de un tercio de los pobladores del planeta; las autoridades de la cosa en España (AESAN) que descartan gravar con impuestos especiales a la comida rápida o comida basura; decálogos para evitar el sobrepeso y la obesidad; talleres de consumo para alimentarnos de un modo más saludable… Es evidente, lo que comemos/bebemos y lo que dejamos de comer/beber marca nuestra vida. Y merece, por tanto, que le dediquemos tiempo y esfuerzo a reflexionar sobre el particular y a tomar medidas que conduzcan a una alimentación saludable y equilibrada sostenida a lo largo de las décadas: unos pocos años virtuosos no sirven para nada. Sí, todo está escrito. Llevo más de 25 años informándome e informando sobre temas de alimentación, y las sorpresas y descubrimientos no han sido muchos ni importantes en este tiempo. Así, de memoria: el Omega-3 y las bondades del pescado azul y el aceite de oliva en la dieta cotidiana, la aparición de las nefastas grasas trans, el papel de la fibra alimentaria en el metabolismo, la vinculación entre grasas animales y enfermedades cardiovasculares, la importancia de la higiene en todo el proceso -desde la producción hasta el consumo- para evitar toxiinfecciones alimentarias en otro tiempo numerosoas y muy graves; la sal y la hipertensión; la obesidad como enfermedad y como puerta de entrada a otras dolencias. Siguen valiendo axiomas muy conocidos y nada novedosos, trataba de decir. Comer de todo un poco, priorizando verduras y frutas, cereales y legumbres; más pescado y menos carne, salvo de la de ave o conejo; desayunar en más cantidad y variedad, y ser más frugal en la cena; reducir el consumo de alimentos ricos en grasa -en general, y saturada en particular-, en sal y en azúcares; no abusar de las cantidades, mejor todo en plato pequeño; alcohol, nada, y en su caso, un poco de vino tinto en las comidas. Qué sencillo todo; de puro repetido debíamos de saberlo casi de memoria. En realidad, ya lo sabemos, pero… somos débiles y comer es ese tipo de satisfacción siempre a mano, y que casi nunca falla.

alimentos funcionales

Constituyen una de las mayores novedades de la industria alimentaria estos últimos años. Y no me refiero tanto a los ya veteranos productos light (bajos en grasa, en calorías, en sal…, según el alimento de que se trate) como a lo que ya se comienzan a denominar medicalimentos, que –según predican sus fabricantes- han sido creados de tal forma que contribuyen a mejorar nuestra salud de un modo distinto y superior al que cabe esperar de un mero alimento.

Enriquecidos en fibra (para ir con más frecuencia al baño y evitar el estreñimiento) o en Omega-3 (para mejorar la salud cardiovascular), con microorganismos probióticos (para aumentar la flora intestinal y mejorar las defensas), con adición de vitaminas o verduras o frutas (para ayudar al crecimiento y otras funciones), con fitosteroles añadidos (para reducir el colesterol malo), con bifidobacterias para potenciar la regularidad en la evacuación intestinal, con soja para reducir ciertos tipos de colesterol y prevenir enfermedades cardiovasculares. Dentro de estos productos de nueva generación los hay aún más sofisticados, como el lácteo de una conocida marca que promete “cuidar tu piel desde el interior”, por estar enriquecido con un complejo de vitamina E, omega-6 (de la borraja), antioxidantes (del té verde) y probóticos exclusivos de ese fabricante. Os adelanto que este producto va a tener que dejar de usar esta alegación.

Una larga lista de propiedades pseudomilagrosas, publicitada hasta la saciedad sobre todo en televisión y vehiculada por personajes famosos, que abre en el consumidor una nueva interrogante: la mayoría de estos alimentos están muy ricos y en buena parte se compran por esta idoneidad organoléptica, pero

¿merece la pena, en términos de salud, el sobregasto que supone comprar productos con alegaciones nutricionales?

La respuesta es que, de entrada y en general, no compensa, porque no es necesario y porque podemos confundir los conceptos. En primer lugar, porque esas primorosas y saludables funciones las encontramos en alimentos naturales, asequibles y nada difíciles de conseguir en nuestros mercados, tiendas y supermercados. Las contadas personas que sufren alergias a ciertos alimentos (al pescado, a ciertas frutas, a la leche, a los frutos secos) deberían, en este caso, buscar otros productos que contuvieran estas sustancias saludables (Omega-3, fibra, vitamina C, esteroles vegertales, calcio, etc) y que no les causen alergia , ya que en casi todos los casos es posible.

Y, segunda razón, porque el consumo -incluso frecuente- de estos alimentos funcionales tampoco es tan efectivo ni decisivo; que apenas afecta a la salud, vamos.

En algunos casos, como los enriquecidos en fibra o en Omega-3, lo sensato y adecuado es consumir alimentos que contienen de modo natural gran cantidad de estas sustancias: la fibra abunda en cereales –sobre todo, integrales-, verduras, frutas y frutos secos; y la grasa Omega-3, en el pescado azul. La vitamina C, en naranjas, kiwis y otras frutas… y seguiría la lista. Así de claro y de sencillo. En otros, la acción específica del superalimento no es tal o no deviene tan relevante, ya que no se ha podido demostrar en laboratorio ni en ensayos clinicos, que es donde y como procede hacerlo; es el caso de los productos con soja (en breve, no podrán mencionar que previene las enfermedades cardiovasculares mediante una disminución de ciertos tipos de colesterol), y las de leches fermentadas con microorganismos del tipo Lactobacillus casei inmunitass, que no podrán indicar en la etiqueta ni asegurar en su publicidad que “ayuda a tus defensas”; o de los yogures y similares con bifidobacterias que dicen mejorar la regularidad para ir al baño, la flora intestinal e incluso la digestión. Pero tampoco nos felicitemos en exceso. Fijémonos en cierto anuncio de un lácteo que hacía antes esta alegación y comprobaremos cómo hoy, en lugar de decirlo a las claras, lo sugieren tangencialmente recurriendo a un juego de frases, quedando en el telespectador la impresión de que el producto realmente ayuda a las defensas de su organismo. Y es que la retórica publicitaria da tanto juego a los anunciantes que a veces uno duda de si merece la pena que Administración y asociaciones de consumidores trabajen tanto en establecer controles y comprobar científicamente la veracidad de ciertas aseveraciones muy vendedoras (hablamos de beneficios para la salud mediante el consumo de alimentos, poco menos que una fiesta…) pero no demostrables científicamente, por tanto, no suficientemente ciertas.

Volvamos al asunto, de todos modos. Tras muchos años de trabajo, la UE (en concreto la EFSA, la autoridad europea en materia de seguridad alimentaria, el organismo que autoriza o prohíbe las alegaciones nutricionales y de salud que pueden usarse en el etiquetado y publicidad de los alimentos) ha publicado la lista de alegaciones sobre propiedades saludables de los alimentos que entrará en vigor el próximo mes de diciembre y que, en palabras de OCU, se trata de “otro paso más para aclarar las cosas, saber qué contienen realmente y limpiar las etiquetas de algunos alimentos con supuestas propiedades sobre la salud, que han venido luciendo en los últimos años sin un control adecuado”. La publicación de esta lista supone, nuevamente en palabras de OCU, “un importante avance”, y ello “a pesar de que aún falta que se pongan en funcionamiento algunos perfiles nutricionales previstos en la normativa”, como que alimentos muy ricos en grasas saturadas, azúcares o sal tengan prohibido usar leyendas sobre efectos para la salud para promocionarse. Algunas alegaciones, como las que he citado más arriba, no han sido autorizadas por la UE, por lo que esos productos no las podrán utilizar en sus etiquetas ni en su publicidad.

De todos modos, algunos de estos alimentos que hacen alegaciones nutricionales sí cumplen, al menos en parte, con lo que prometen. La mejor muestra de este reducido grupo la componen dos conocidas bebidas lácteas y una grasa untable a las que se han añadido esteroles vegetales y cuya publicidad se basa en que “Ayudan a reducir el colesterol”. Puede admitirse que cumplen su función, si bien estarían dirigidos únicamente a quienes necesitan reducir su colesterol malo. Además, los esteroles vegetales pueden incorporarse a la dieta de modo más sencillo y económico, pues se encuentran de forma natural en muchas frutas y verduras, frutos secos y semillas, en leguminosas y en los aceites.

Seguiremos con el tema, pero ya tenemos materia para hablar, si os parece; quedo a la espera de vuestros comentarios. ¿Os convencen los alimentos con alegaciones nutricionales? ¿Confíáis en ellos? ¿Los compráis?

¿Y la canción de hoy?

Ideal para bailar, os traigo hoy pop de ensueño. Sin alharacas de producción ni sobrearreglos innecesarios, y con la dosis exacta de naturalidad, rareza, repetición y ruido, con una sabia mezcla de ritmo y encanto. En cuanto a la originalidad y el talento, se le da por supuesto a Here We Go Magic, la estupenda banda radicada en Brooklyn cuyo factotum es el otrora cantautor Luke Temple. Acaban de sacar nuevo disco, pero esta canción, Fangela, venía en el primer álbum de Here We Go Magic, un gozoso descubrimiento que hicimos en 2009.