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La crisis entroniza lo funcional, pero ¿demonizará el glamour?

Ya es martes, y tras un lunes que se recordará por la expropiación forzosa de YPF -hasta ayer propiedad de Repsol- ejecutada por el gobierno argentino, ni siquiera acompaña el tiempo. Supongo que bastantes de nosotros hemos dedicado el despacible finde, hogareño casi por fuerza, a nutrirnos de periódicos y revistas hasta casi llegar a la sobredosis. Es entretenimiento barato, deprime un poco pero no engorda; y se amortiza esa calefacción de la que apenas disfrutamos, todo el día fuera de casa. Así que, además de atemorizados (el 90% de la población se reconoce, en encuesta de Metroscopia, “angustiada” por la situación de la economía), hayamos acabado la semana no solo malhumorados sino también resfriados. A la tormenta de números rojos que arrecia desde hace meses se le ha añadido un temporal de lluvia (implorado por agricultores y ganaderos: me alegro por ellos), viento y frío. En mi pobre e insolidaria interpretación urbanita, nubes grises a tutiplén, a juego con el estado de ánimo. Purito mimetismo, en definitiva. No nos extrañemos de que los datos confirmen lo que la intuición y experiencia ya adelantaban: el consumo fetén, el de lo más in, el de lo efímero, lo accesorio y superficial, se está quedando anticuado, hasta el punto de antojársenos anacrónico. Vuelve a apreciarse sobremanera lo práctico, lo sencillo, lo discreto, lo funcional y duradero. Y si no, al tiempo. Nunca había percibido tan fuera de sitio los bellos reportajes de moda y estilo de revistas y televisiones. A pesar de que, en época de tribulación como esta, necesitamos alicientes lúdicos y evasión, la -muy tenazmente propulsada por la publicidad- corriente de lo glamouroso, lo distinguido y seductor va cediendo el paso a otra poderosa e insospechada fuerza, esta de origen reactivo y natural, sin promoción alguna. Sí, sí,  hablo del consumo racional, del aprovisionamiento reflexionado, bien calculado y apañadito, muy ajustado al ambiente que impera. “Antes muerta que sencilla”, ¿recuerdan? No hace aún tantos años.. qué nostalgia…

Pautas defensivas, quizá aún no muy mayoritarias pero que lo serán en breve, es mi apuesta. Y no me refiero a iniciativas reprobables como la de darse a la fuga en la gasolinera sin pasar por caja una vez llenado el depósito del coche, sino a decisiones cotidianas y perfectamente encajables en la legalidad e incluso en la moral judeocristiana. Hablo del crecimiento en términos de récord de las marcas blancas (representan ya el 42% de la cesta de la compra cuando hace 10 años no llegaban al 20%), al estirar la vida del automóvil, la lavadora y el abrigo hasta longevidades desconocidas en las dos últimas décadas. El cambio ha afectado también a costumbres vinculadas al ocio, como el consumo de vino, cerveza y licores (aumenta el trasiego hogareño, cae en picado el de hostelería) o viajes áereos: casi todos son ya low cost, y una parte del tráfico aéreo se ha desviado ya a los trenes de alta velocidad.

Ayer por la mañana, en un estupendo espacio de Radio Euskadi un especialista en economía que buscaba explicaciones -psicosociológicas, me temo- a esta crisis, contaba que, en su viaje hasta Manchester con motivo del inolvidable partido entre el United y el Athletic, había comprobado que el aeropuerto de la segunda ciudad de una economía boyante de toda la vida como la inglesa (y no como la nuestra, flor de pocos días) era un viejo y simple “hangar” comparado con nuestra flamante Paloma de Loiu, cuya modernidad y elegancia, ¡qué menos se merece Bilbao! -daba a entender- nos colmó en su momento de orgullo identitario y satisfacción de nuevos ricos.

Nos lo creímos, nos pudo la fase alcista de la ciclotimia y no conformes con gastar lo que no teníamos nos fundimos también lo que, se está viendo, no era del todo seguro que pudiéramos devolver. La corriente optimista, la propensión a las burbujas puede con todo, somos así, quizá lo llevamos en los genes. En otras latitudes, lo llevan más crudo que en Euskadi, pero me temo que para todos es aplicable la cruda sentencia de Eduardo Mendoza que acabo de leer en un diario madrileño: “no debemos olvidar nunca que este es un país pobre y cutre”. Duele, sí, y parece desfasado, por no decir cenizo, pero revisemos la actualidad de estos últimos meses y reflexionemos. Otro gallo nos cantaría si hubiéramos sido menos manirrotos. Si los demás desconfían de ti (miremos lo que dicen de España los demás que importan, los mercados financieros: sigue bajando la Bolsa, ya hundida en simas de profundidad histórica; e insiste en subir la prima de riesgo, que roza ya las nubes y anuncia un futuro muy adverso del clima económico), quizá no todo se debe a que el dinero sea por antonomasia -que lo es- tímido, segurola y receloso; probablemente, una parte de la culpa es tuya. Quizá sea porque estás encañonado más allá de lo razonable y no das muestras de poder salir del agujero por tus propios medios. Excede de las intenciones de este blog (ganas no faltan, de todos modos) denunciar la perversidad de esta dictadura de los mercados o cuestionar la eficacia de los recortes implantados por este Gobierno o la tardanza en reaccionar frente a la crisis del anterior ejecutivo; no así, aportar alguna idea sobre nuestro comportamiento como consumidores. Y, de momento, pienso, nos pueden  el miedo y la prudencia. Que lamentablemente cursan con un temible efecto colateral: lastran y frenan sin remisión la actividad económica y la necesaria recuperación.Y todo esto, sin hablar del escenario realmente más duro, el de quienes sufren el paro prolongado y la incapacidad de acceder a un consumo básico, una lacerante realidad para decenas de miles de vascos y millones de españoles que quienes aún no la sufrimos –nadie está a salvo, no nos felicitemos en demasía- debemos tener en cuenta cada vez que nos quejamos de lo mal que lo vemos todo. Y, aunque soy persona más proclive a la duda y la reflexión que dotada de numerosas e infalibles certezas, hay un par de cosas que tengo bien claras. Una de ellas es que lo que más define un auténtico estado de bienestar es la suficiente protección de quienes carecen de lo mínimo para subsistir y poder soñar en un futuro mejor, particularmente cuando han quedado fuera del sistema por razones ajenas a su voluntad y a su esfuerzo.

Saltando a la música, traigo hoy una canción del primer disco en solitario de Simon Felice, miembro de The Felice Brothers, banda de folk-rock imaginativo originaria del New York montañoso y granjero, que también existe: es el Estado de N.York, y no la ciudad del mismo nombre.
You & I Belong,  de tono más animado y optimista que la mayoría de sus canciones, es un tema gospel country que puede gustaros. Quizá recordéis a Simon Felice de una gira que hizo uno o dos años atrás con su segunda banda, The Duke and the King, y recaló en Bilbao, dejando (si bien el excesivo toque soul de algunas canciones no me convenció) un grato recuerdo.