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El enésimo terremoto

Últimamente todo son desgracias. El día en que llegué a China por primera vez, el 12 de mayo de 2008, coincidió con el gran terremoto de Sichuan. No es que ahora sepa mucho, pero entonces andaba como pulpo en cacharrería. Coger un taxi hasta el punto de directo fue toda una odisea desde entonces mil veces narrada a mis amigos, y gestionar las cifras de muertos que se multiplicaban cada hora eliminó todo rastro de jet lag.

Vivienda destrozada por el terremoto en la localidad de Jiengu (Qinghai). Foto: China Daily.

Vivienda destrozada por el terremoto en la localidad de Jiegu (Qinghai). Foto: China Daily.

Casi dos años después, otro terremoto ha hecho temblar otra zona de China. Qinghai, en el noroeste del país, se encuentra a más de 3.000 metros sobre el nivel del mar. El epicentro del seísmo de esta mañana se sitúa a casi 4.000 metros. Una vez más el propio terreno, montañoso a más no poder, se vuelve en contra de los supervivientes. Otra vez las cifras suben y suben y quién sabe cuántos muertos serán esta vez. Esperemos que muchos menos que los 80.000 (oficiales) de Sichuan.

No vamos a ir porque nos pasaríamos dos días enteros contando nuestro viaje, y eso no es noticia. Las crónicas de esta noche serían desde un aeropuerto, las de mañana por la mañana desde un coche y las de la tarde, con suerte, desde una zona a unos cientos de kilómetros del lugar donde la tierra ha temblado.

Quedarse en Pekín es ir contando lo que otros cuentan, e inevitablemente los números mandan siempre. Ahora, cuando anochece ya en la capital, son 400 muertos y más de 10.000 heridos. Lo redondo de las cifras, por provisionales que sean, estremece. Es como decir “no tenemos ni idea de cuántos serán, pero algo tenemos que decir de momentoâ€. Desbordados, con decenas de réplicas que han alcanzado hasta 6 grados en la escala Richter, la población de Qinhai está asustada y los equipos de rescate siguen sacando gente de entre los escombros, aunque poco pueden hacer hasta que las grandes máquinas lleguen.

Dar la alarma de tsunami

Un día después de la toma de posesión del presidente Sebastián Piñera y las fuertes réplicas del terremoto, los chilenos siguen sin salir de su asombro. Ayer el ejército dio la alerta de tsunami minutos después del primer temblor, pero nadie se explica lo que ocurrió el trágico sábado 27 de febrero.

Por qué, quién, en base a qué criterio, no se dio la alarma de tsunami tras el terremoto de 8,8 grados Richter. ¿Cuál fue la duda que impidió a los responsables dar la voz? ¿A qué tuvieron miedo? ¿Cuál fue el temor para no apretar el botón?

De momento, oficialmente no hay explicación, hay que esperar a investigar lo ocurrido, y las prioridades humanitarias de un país golpeado por un terremoto son inaplazables. Se entiende. Pero la pista la da un comandante cuando reconoce que la armada no fue clara a la hora de informar a la presidenta Michelle Bachelet si mantenía la alerta o no.

Una mujer ante la destrucción del tsunami en Dichato (EPA).

Una mujer observa la destrucción del tsunami en Dichato, Chile (EPA).

No supieron qué hacer. Probablemente no tuvieron las herramientas ni los datos pertinentes para establecer con un margen de error razonable que, efectivamente, había un altísimo riesgo de maremoto. Las comunicaciones fallaron, no había forma de localizar a nadie, ni a ministros, ni a alcaldes, ni a expertos, ni a técnicos. La destrucción de las torres de comunicación genera ese silencio, es más, en esos primeros momentos de caos, los esfuerzos de ayuda se canalizan a zonas con menores daños en vez de a las zonas más devastadas, precisamente por esa incomunicación. Así lo ha venido enseñando la experiencia en estas emergencias y así ha ocurrido con este último seísmo. 

No había certeza para decidir si dar la alarma o no. Pero, ¿y la experiencia de otros temblores? ¿Y el sentido común? Ese mismo que utilizó la población de la línea de costa al subir al monte para ponerse a salvo tras el terremoto, por temor a que el mar se los tragara y que sólo bajó cuando escuchó al Gobierno decir que no había riesgo de olas gigantes en el litoral.

Ante la destructora magnitud de un terremoto de 8,8, los responsables del Servicio Hidrográfico de la Armada chilena (SHOA) y la Oficina Nacional de Emergencia (Onemi) no supieron valorar que era mejor perder el cargo por una falsa alarma que perderlo por las consecuencias fatales de no darla. Y por lo visto, tampoco se les ocurrió  ponerse en la piel del que está al borde del mar y pensar en qué haría, les faltó sentido común, muy útil en todo momento y más aún cuando todo lo demás falla.

Sichuan: los hijos del terremoto

Cuando el mundo entero mira hacia Haití, Chile y ahora Turquía, y cuando todos nos preguntamos dónde temblará la tierra la próxima vez, en Sichuan, en el suroeste de China, siguen mirando hacia arriba; hacia la montaña que se les vino encima. También miran hacia donde estaban las escuelas que ya no están.

El número de víctimas es sin duda el primer termómetro a la hora de medir las consecuencias de una tragedia, y ningún desastre es peor que otro, si hablamos de pérdidas humanas. Aun así, hay otros indicadores de lo devastada que puede quedar toda una región, cuando, como ocurrió en Sichuan el 12 de mayo de 2008, la vida se para. El vacío de un pueblo se puede medir también por los sonidos que faltan en sus calles y en los pueblos de Sichuan faltan los niños y los ruidos de sus juegos.

Sichuan mother

Mujer embarazada en Sichuan (China Daily).

El gobierno chino estima que en aquel terremoto murieron unas 70.000 personas, pero según la población local la cifra de víctimas pasa de las 90.000, debido a que muchos de los muertos no constaban en registro alguno. De todas aquellas víctimas 5.335 fueron niños que se encontraban en la escuela. Aunque la mayoría de los edificios aguantaron el gran terremoto y las posteriores sacudidas, las escuelas de Sichuan prácticamente se derritieron, y a punto de cumplirse el segundo aniversario de la catástrofe, ha quedado claro que la corrupción en los diferentes niveles del poder se llevó el dinero destinado a que esas escuelas fueran mas resistentes.

Para los padres y madres que perdieron un hijo en el terremoto, igual que para los que los han perdido en Haití o en cualquier otro, nada peor puede pasar. El drama añadido en China es que cada pareja puede tener un solo hijo, y muchas personas sintieron entonces que todo había terminado para siempre, que estaban ya muertos en vida. El gobierno se apresuró a ofrecer a quienes perdieron un hijo o a cuyos hijos quedaron seriamente impedidos, la opción excepcional de tener otro.

Antes de que terminara el año, unas 750 de las madres que perdieron a su único hijo en mayo, estaban embarazadas de nuevo. Para muchas, no había tiempo que perder y el primer hijo del terremoto nació nueve meses después, el 14 de febrero de 2009.

 El gobierno ha invertido 10 millones de euros en un plan especial de planificación familiar para la zona del desastre y las mujeres que por su edad o por diversos problemas tenían dificultades para tener hijos, han recibido tratamientos que no hubieran podido pagar antes de la tragedia.

Decenas de miles de personas perdieron a su cónyuge en el temblor, y miles de esas personas también se apresuraron a casarse de nuevo. Muchos se casaron con aquel vecino o vecina que les ayudó a buscar a su pareja en las primeras horas tras el seísmo. Es el caso de Zhang Lang y Wen Zhong Ze a quienes entrevistamos el año pasado, con motivo del primer aniversario del terremoto. Vivían en una pequeña casa prefabricada, cerca de la que era antes de que el temblor la sepultara, la ciudad de Beichuan. Se acababan de casar y los caracteres de la felicidad y la prosperidad colgaban de su puerta. Por separado se mostraban contentos de haberse encontrado y haberse decidido tan pronto a casarse, animados por sus hijos. Ya no estarían más solos. Cuando estaban juntos, él no era capaz de mirarla mientras hablaba de cómo no pudo encontrar bajo los escombros a la que entonces era su mujer. Ambos nos dijeron que ya era tarde para ellos, pero que todos los que pudieran deberían tener más hijos para traer la alegría de nuevo a Sichuan.

Eso es lo que intentan miles de parejas en toda la región. Más de la mitad de las mujeres que perdieron un hijo, cerca de 3.000, se han quedado embarazas desde el terremoto. La mayoría tiene entre 35 y 40 años. Han nacido 1.489 niños. No vale sumar, y desde luego no vale pensar que un niño compensa otro, pero lo cierto es que parece que en los poblados de casas prefabricadas, llenos de aquellos que esperan la construcción de sus nuevos hogares, se vuelven a oír los sonidos que faltaban.