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Disco de la semana: Black Rebel Motorcycle Club: 'Beat Devil's tattoo'

BRMC

La última vez que supimos algo de BRMC, estaban enfrascados en la grabación de un disco experimental que iba a venderse exclusivamente a través de Internet. The Effects of 333 era una especie de reverencia bastarda al Metal Machine Music de Lou Reed, y seguramente tenía su mérito vanguardista, pero el hecho es que no se lo descargó ni su abuela. De modo que Peter Hayes y familia optaron por dejar las aventuras contraculturales a un lado y volver a intentarlo en el terreno que realmente les corresponde. Su abuela les estará agradecida.

Con ese precedente, Beat the Devil’s Tattoo corría el riesgo de ser una segunda parte del malogrado Howl y volver a patinar en un charco de gospel gótico que no satisfaga lo que los fans de la banda realmente esperan: BRMC son ese grupo que suena a los Jesus & Mary Chain de Automatic incluso cuando intentan lo contrario, de manera que eso es lo que hay. Y sí, realmente en Beat the Devil’s Tattoo lo hay…shoegaze garajero, estribillos macarras, guitarras en caída libre sobre tus orejas y cuero negro. Estáis de suerte, indie kids del mundo libre.

Ninguna de las canciones de Beat the Devil’s Tattoo hacen el menor esfuerzo por sorprender: tanto a velocidad crucero (“Beat the Devil’s Tattoo“, “Conscience Killer”, “Bad Blood”, “Shadow’s Keeper”) como en medios tiempos (“Sweet Feeling”, “Evol”, “The Toll”), BRMC circulan por las polvorientas carreteras interestatales de siempre, en lo mejor (el disparo a quemarropa de “Mama taught Me Better”) y en lo no tan bueno (lo pesadotes que se ponen en “River Styx”, lo épicos que se vuelven en “Half State”), dejando huellas en la arena con sus botas de montar y prometiendo otra ración de decibelios de plomo para todo el mundo en sus directos.

Disco de la semana: Gorillaz: 'Plastic Beach'

fotonoticia

Gorillaz editan un disco cada 5 años; es el tiempo que a Damon Albarn y Dan The Automator les cuesta reunirse, encargar más dibujos a Jamie Hewlett y pensar cómo epatar al personal en cada entrega. La primera Gorillaz (2000) era un comic de pop con retoques dub, hip hop y electrónicos, un par de singles graciosos “Clint Eastwood, 19-2000” y mercadotecnia por un tubo. Si la cosa hubiera quedado ahí, tal vez Gorillaz se hubieran llevado el premio al mejor truco de la década, y todos los recordaríamos por ello.

Pero no: Albarn y Automator se lo tomaron en serio y decidieron convertir Gorillaz en su laboratorio particular, disparando el grupo en tantas direcciones como fuera posible y aprovechando el cheque en blanco de su discográfica para acometer experimentos ambiciosos. Si su segundo disco Demon Days (2005) aportaba el carro de matices que al anterior le faltaban, la contrapartida era que lo divertido de la idea original pasaba a segundo plano, sólo compensada por alguna gamberrada aislada (el single “Dare!” Y la voz de Shaun Ryder).

Y bien… Plastic Beach sigue la misma trayectoria; los dibujos bidimensionales que hacían de Gorillaz un juguete supercool ya vienen a dar lo mismo, y lo que queda es un disco megalomaniaco hasta decir basta en el que las canciones no guardan la menor coherencia (hip hop de arte y ensayo, postales jamaicanas, baladas chinas, pop electrónico, funk ultramoderno, soul de contrabando) y la lista de invitados se hace larga como un rollo de papel higiénico (Mark E. Smith, Lou Reed, Gruff Rhys, Mos Def, Bobby Womack, De La Soul e incluso Bruce Willis…). Plastic Beach es como una peli de Ken Russell, como una fiesta de Karl Lagerfeld, como un circo romano en el que alguien se ha equivocado abriendo todas las jaulas a la vez y los leones no caben por la puerta: si es verdad que la calidad objetiva es irreprochable y el cambio de registros un lujo al alcance de pocos, no lo es menos que las canciones se agolpan montando un pandemonium capaz de arrollarte. Salvando “Stylo” -que al menos hace las veces de single-, todo lo que contiene Plastic Beach parece más orientado a un museo de arte contemporáneo que a nuestras pobres y vulgares orejitas, que por lo visto no se merecen algo tan sencillo como un puñetero par de canciones que poder disfrutar sin más complicaciones…

Disco de la semana: Two Door Cinema Club: "Tourist History"

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Two Door Cinema Club son como esas leyendas absurdas del self-made man que empezó de botones en un hotel y llegó a presidir toda una cadena multinacional. Ellos no presiden gran cosa de momento, pero el hecho es que tres mocosos de un instituto perdido en Irlanda del Norte que hace cuatro días ensayaban en un trastero son, hoy mismo, el hype internacional más caliente de la escena alternativa…vale, todos hemos oído esa historia antes.

Las cosas aún resultan más surrealistas si tenemos en cuenta que Two Door Cinema Club graban con Kitsuné, un sello de París especializado en los aromas del french disco, que fue quien los descubrió. Las razones por las que un cazatalentos amante de los croissants termina descubriendo petróleo en un pueblo del Ulster permanecen ocultas para nosotros, pero la realidad es esa y no hay nada que podamos hacerle.

Tourist History es el primer largo nacido de esa carambola; un disco de furioso pop con posibilidades bailables, guitarras hinchadas de anabolizantes dance, melodías, estribillos y 10 canciones de efecto inmediato. Two Door Cinema Club ni han descubierto la pólvora ni están por la labor: su música suena como un precocinado elaborado con ingredientes de éxito (Vampire Weekend, Phoenix, Hard-F, Stereophonics e incluso los Franz Ferdinand de “The Fallen” o “Take Me Out”) y calentado en el microondas de los singles “Undercover Martyn“, “I can Talk“, “Something Good can Work” que alimentar no es que alimenten mucho, pero parecen imprescindibles para picar entre horas. Pueden hacerte pasar un buen rato si no estás esperando una iluminación mística (para eso te mejor recomendamos el nuevo de Besnard Lakes) ni tienes esperanzas de dar con el disco de tu vida…Tourist History es el de la suya, y todo parece indicar que la están disfrutando como locos.

Disco de la semana: The Black Box Revelation: 'Silver Threats'

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Jan Paternoster (guitarra) y Dries Van Dijck (percusión) forman The Black Box Revelation, otra apuesta por reducir el formato de power trio a la mínima expresión de dos miembros, del mismo modo que hicieron los Kills, Blood Red Shoes, The Dead Weather o White Stripes. Con esta premisa, no hace falta añadir mucha imaginación para intuir que lo que tenemos entre manos es un grupo de sonido garajero mínimo, con acordes simples y volumen ensordecedor.

The Black Box Revelation no son tan americanos como una escucha pueda hacerlos parecer; Paternoster y Van Dijck hacen honor a sus apellidos desde el corazón burocrático de la Vieja Europa (Bruselas), aunque los ojos se les vayan detrás del blues rock enmarranado de Jon Spencer o los pies se les muevan solos camino de Londres. Allí es donde dieron forma a su segundo disco largo, Silver Threats, metiendo horas extra en los Konk Studios de Ray Davies, poniendo en práctica los trucos aprendidos como teloneros de Eagles of Death Metal para completar las 12 rabiosas canciones que contiene.

Silver Threats es un disco de rock n´roll con las mismas pocas sorpresas por las que los discos de rock n´roll se suelen distinguir; como una picadora de carne a la que alguien hubiera arrojado una mano de Keith Richards, un muslo de Howlin’ Wolf, tres costillas de Iggy Pop y casquería punk hasta llenar el recipiente. Es posible que en el picadillo final aún queden tropezones y huesos mal triturados, pero si andabas buscando delicatessen te has equivocado de restaurante…The Black Box Revelation suenan chirriantes y básicos, y valen como una recopilación andante de décadas de noise, al alcance de cualquiera que en algún momento haya tenido en las manos un disco de los Cramps, de Dinosaur Jr. o de Jesus and Mary Chain. Se les puede perdonar la intrusión de algunas minúsculas bases electrónicas, o la extraña insistencia de citar a Beck entre sus influencias, porque en el fondo sabes que ni va del todo en serio ni ellos pueden ser tan underground teniendo como vecinos a Vive la Fête.

Disco de la semana: Toro y Moi: 'Causers of this'

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Chaz Bundick tiene 23 años, gafas de empollón y un grupo. El grupo se llama Toro y Moi, y Causers of This es el primer disco que edita. Bundick no es nadie, no pinta nada en ninguna escena y sólo una casualidad cósmica puede ser la causante de que su música haya saltado al otro lado del océano en tan poco tiempo. De acuerdo, con Internet hoy casi todo resulta posible…

Toro y Moi es, en realidad, un grupo-batidora; Bundick vuelca en su disco duro la música que escucha en su casa y la agita, triturando sonidos y espolvoreando ritmos pregrabados hasta conseguir que algo cremoso y sin forma llene los moldes de sus canciones. Si te acercas lo suficiente, Toro y Moi revela pedazos pequeños de Animal Collective/Panda Bear, de Air o de grupos casi olvidados como Zero 7 o Bent. Lo que Bundick fabrica es un collage microscópico de electrónica suave como la sensación de la arena bajo los pies en una playa, y cool como un atardecer en las Maldivas.

En otros tiempos, a Bundick le hubieran colgado de la oreja la etiqueta chill-out, lo que le hubiera asegurado una silla junto a la ventana en el Café del Mar y un hueco en las recopilaciones veraniegas del Ministry of Sound. De todo eso Toro y Moi se ha librado por unos años, al menos hasta que la categoría “chillwave” se haga en el horno de alguna redacción y se termine imponiendo para caer sobre grupos como Washed Out o Neon Indian. Hasta que eso suceda, Bundick preferirá las cosas simples del mundo independiente, las remezclas soñadoras para sus singles o las giras semisecretas teloneando a Dent May…esta próxima semana estarán en Lleida, Madrid, Zaragoza, Granada y Sevilla.

Disco de la semana: The Knife: 'Tomorrow, in a year'

The Knife

Bien, lo mejor será que empecemos aclarando algo: ‘Tomorrow, In a Year’ no es un disco al estilo convencional, sino una ópera creada por los daneses The Knife en colaboración con Mt.Sims y Planningtorock, cumpliendo el encargo del grupo de performance Hotel Pro Forma de crear la música y el libreto para una obra lírica basada en la personalidad y la obra de Charles Darwin. Es obvio que este es el tipo de encargos que sólo un grupo como The Knife podría recibir…ciertamente, nadie en su sano juicio encomendaría algo así a los Warlocks (por poner un ejemplo), a menos que tuviera en mente estrenar una zarzuela sobre Satán.

The Knife se ha tomado el trabajo realmente en serio: Olof Dreijer se desplazó al Amazonas con una grabadora para registrar cantos de pájaros y rumores selváticos, mientras Karin Andersson reclutaba una sección de cuerda con la que dar peso dramático al proyecto. Aunque el resultado no debería valorarse sin haber podido antes ver cómo encaja en la parte escénica del invento, The Knife han decidido editar toda la música creada para Tomorrow en un disco que verá la luz el primer día de marzo, aunque algunas de sus piezas hayan sido liberadas para descarga y el propio disco ya circule por Internet.

Pues bien, la verdad es que el panorama sonoro que The Knife han creado revela un curro intensivo durante los largos meses de su preparación: Tomorrow es una colección de piezas electrónicas llenas de extravagancias, arias, acrobacias vocales y ambientaciones de vanguardia tan enrevesadas que parece que no te dejarán comprarte una copia si no presentas un título de postgrado en epistemología. Por el lado avant-garde, esto suena como si Klaus Nomi regresara de entre los muertos con el maquillaje corrido y se hubiera levantado de la tumba con el pie izquierdo. Por el lado lírico, es posible que Tomorrow te guste si te gustan Dead Can Dance, aunque si Dead Can Dance te gustan de verdad, lo más probable es que vivas aislado del mundo en una ermita románica sin luz ni agua corriente, te alimentes de raíces y no estés leyendo esto.

The Knife sólo hacen alguna escasa concesión a su estilo “normal” en la ingenuista “Seeds”, aunque hayan logrado momentos de una intensidad atronadora (“Colouring of Pigeons”), de modo que, ante la magnitud del proyecto, esta debe ser considerada su obra más ambiciosa. Tú prueba y luego nos cuentas…

Disco de la semana: Fu Manchu: ''Signs of infinite power''

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Os seremos sinceros: si tuviéramos un mínimo de criterio, el disco de esta semana debería ser el One Life Stand de Hot Chip…A fin de cuentas Hot Chip son un grupo supercool de electrónica que rompe corazones entre los indie clubbers del mundo libre, de modo que la opción estaba clara. Sin embargo, es posible que hayáis reparado en que, por más que nos esforzamos, aparentar criterio se nos da bastante mal. Asumidlo: somos unos freaks, unos macarras y nunca espabilaremos. Y Hot Chip tampoco son tan buenos, vaya.

De manera que para esta semana hemos escogido Signs of Infinite Power, el undécimo disco de los californianos Fu Manchu. Fu Manchu fueron, allá por los noventa, uno de los estandartes del stoner rock, que era una cosa que consistía -fundamentalmente- en estar muy fumado y escuchar discos de Black Sabbath. El movimiento stoner terminó el día que se cortó el suministro de tinta para tatuajes en California; a partir de ahí todo fue de mal en peor, las cosas perdieron la gracia y Schwarzenegger salió elegido Gobernador. Afortunadamente, Fu Manchu jamás se enteraron de ninguna de esas catástrofes, y siguen encerrados en su bajera junto a la playa, haciendo canciones sobre cuestiones eternas como el skate, los coches tuneados, el sexo y los ovnis. Así que si eres un fan incondicional del deconstructivismo, los batidos ecológicos y Animal Collective, deberías dejar de leer. Asumo que si peinas flequillo, llevas chapas de Razzmatazz y recoges firmas en Facebook para que vuelva Diario Pop, lo has dejado hace diez líneas…Por cierto, no nos mandes más invitaciones para tus absurdos grupos que empiezan con la palabra Señoras, maldito melón.

Signs of Infinite Power contiene 10 canciones de hard rock pesado y grasiento con títulos emocionantes como “Bionic Astronauts” o “Gargantuan March”, contiene varias toneladas de guitarras de hormigón armado y es, en resumen, lo más parecido a recibir el impacto de un yunque sobre la cabeza. Fu Manchu son un mamut atrapado en el hielo, una reliquia con brazos y piernas que se supone tan anacrónica que uno no alcanza a comprender por qué Wolfmother, en cambio, sí son modernos. Y es que Scott Hill y amilia beben de las mismas fuentes de cerveza caliente que los Wolf, taladran los mismos riffs y seguramente rondan a las mismas groupies. Fu Manchu hacen que quieras volver a tener 20 años, saltar sobre una tabla de skate y romperte la crisma intentando una acrobacia que jamás te salió bien…Es rock n´roll elevado a la máxima potencia, pegajoso, burro y directo como un zurdazo a la mandíbula. Ama a Fu Manchu, o te las verás con nosotros.

Disco de la semana: Eels: 'End Times'

Eels End Times

End Times es, desde esta misma semana, el octavo disco de estudio de Eels. Un disco de Eels no es como cualquier otro disco, aunque creas que se puede parecer a unos cuantos que hayas escuchado antes. Eso se debe principalmente a que Mark Oliver Everett tampoco es como cualquier otro compositor/cantante y, aunque sería largo explicarte por qué, podríamos resumirlo en que Everett es, directamente, lo que el 90% de los que quieras proponer como comparación sólo aparentan ser.

End Times tiene una portada en la que Adrian Tomine ha dibujado al propio Everett envejecido, con una lustrosa barba blanca de profeta pirado, rodeado de un aura azul en mitad de una noche suburbana. Las portadas no suelen importar una mierda en la mayoría de los casos, pero este es diferente; Everett lleva tiempo dándole vueltas a la vejez, y esa es exactamente una de las dos líneas maestras -junto con el divorcio y las rupturas de pareja en general- sobre las que descansa End Times. También es el motivo subterráneo de su autobiografía Cosas que los nietos deberían saber, que Blackie Books acaba de publicar en castellano, y que es la mejor guía posible para escuchar y entender este disco (aparte de Carol, claro).

End Times está lleno de canciones frágiles como agujas de hielo: “The Beginning”, “In my Younger Days“, “Little Bird“, “Nowadays”…Todas están escritas con la serenidad triste de alguien que toca la guitarra con el mismo pulso con que otros tocan los resortes que sostienen su vida: Everett hace canciones porque esa es la mejor forma que conoce para hablar de sí mismo, su manera de mirarse al espejo…La imagen que ve en este Fin de los Tiempos privado no es alegre, aunque Everett es inmune al abatimiento. Sin quitar una coma de lo anterior, y entre la nostalgia que salpica la mayor parte de su contenido, End Times también guarda piezas de excepción al tono introspectivo general: en “Paradise Blues” y “Gone Man”, Everett ataca un blues soleado y perfecto, mientras “Unhinged” es una perla de psicodelia calurosa…Tus nietos deberían heredar este disco.

Disco de la semana: MASSIVE ATTACK: HELIGOLAND

MassiveAttack

Massive Attack podrían permitirse el lujo de no volver. O de hacerlo dentro de cinco años con un disco de trabajos instrumentales para piezas de videoarte, o con casi cualquier cosa que pudiera apetecerles llegado el momento. Porque Massive Attack ya son un estilo en sí mismos, una escuela ambulante que ha dado las suficientes lecciones magistrales (Blue Lines, Mezzanine) como para no tener que afrontar la necesidad de demostrar nada de nada.

Sin embargo, lo mejor que en realidad puede pasarles a Robert 3D Del Naja y Grant Daddy G Marshall es sacarse de la cabeza la idea de grabar otro Mezzanine. Ese disco molaba, pero ya tiene 10 años y la música ha cambiado lo suficiente como para que una simple secuela no vaya a saciarnos el hambre canino. Heligoland se duele en parte de eso, y la sensación de estar asistiendo a un esfuerzo por emular la sombra de su precedente puede enrarecer la escucha. Porque Heligoland parece pensado como un Mezzanine de recambio para el nuevo siglo, un juego de malabares que echa al aire los mismos bolos de colores (dub electrónico, soul congelado, bases de ritmo talladas en piedra) jugando con la ventaja de que, esta vez, la mayoría de ellos ya parecen inventos de la casa, como si nunca hubieran existido antes. Heligoland es a los de Bristol lo que Third a Portishead: un disco lleno de fantasmas a los que alguien estuviera intentando levantarles la sábana para dejar al aire lo que se supone que llevan por debajo.

Salvado ese escollo, la pregunta es si lo anterior es un demérito de los Massive o un prejuicio del oyente, y la respuesta no está del todo clara…Heligoland tiene canciones muy trabajadas, en su mayoría lanzadas hacia el lado oscuro de la cosa (aquí sólo falta Burial colando algo de dubstep a bajo cero), y entre las que se va levantando ese viejo rastro de lo que, en otra época, llamábamos trip hop. Como es costumbre, buena parte del atractivo del disco pasa por los invitados vocales: muy delicada Hope Sandoval intentando llenar el hueco de Liz Fraser en “Paradise Circus”, susurrante y oscurecido Damon Albarn en la gorillesca y tristona “Saturday come Slow”, correcto como siempre Horace Andy en la intensa “Girl I love You”, melodramático Guy Garvey en la minimalista “Flat of the Blade” y sensual Martina Topley-Bird en “Babel”. Al final, los siete minutos de “Atlas Air” valen el aprobado general para Heligoland, que necesita más de una escucha para irse abriendo…

Disco de la semana: VAMPIRE WEEKEND : CONTRA

“Contra” es el segundo disco de los neoyorquinos Vampire Weekend, uno de esos ejemplos de grupo-surgido-de-la-nada que, en apenas un par de años, se acaba erigiendo en centro de la escena independiente y firma de lujo para cualquier festival que se precie (haz tus apuestas, verás cómo este verano los tienes a una playa de distancia).

El mérito principal de los Weekend es su ingenio: hacer pop independiente salpicándolo de guitarras y toques africanos es algo que no se les hubiera ocurrido a los cerebros del think tank discográfico ni aunque les hubieran prometido un contenedor de billetes por cabeza. Ni siquiera había que esforzarse demasiado; los aderezos tropicales en la mezcla son algo que Talking Heads, y especialmente David Byrne, habían probado con éxito en los 80, con lo que sólo había que esperar que la mirada vuelta hacia el new wave que la industria lleva tiempo explotando reparara en ese detalle.

Los Weekend lo hicieron desde su Universidad (se conocieron intercambiando apuntes en Columbia) y con esa fórmula llenaron las 11 canciones de su primer disco. “Vampire Weekend” moló lo suficiente (el single “A-Punk” ya está a tu disposición en Guitar Hero 5), Rolling Stone los bendijo y el hype estuvo servido con trozos de piña.

“Contra” no se mueve de esas coordenadas: el primer adelanto llegó en octubre con el single “Horchata”, una delicada canción del verano compuesta para el invierno en que los Weekend aparecen convertidos en los primos dulzones de Panda Bear/Animal Collective. El segundo es “Cousins”, otro single de pop abrasador que podría romper pistas en Senegal a la vez que las llena en Brooklyn…Y el resto, tan fiel al modelo como cabía esperar, con la dosis justa de innovación -la electrónica entra brillantemente en escena con “White Sky” y “Diplomat’s Son”, los hits potenciales hacen fila en “California English” o “Giving up the Gun”- al margen de una pregunta que nos está empezando a mosquear…¿esto no viene a ser exactamente lo mismo que hacía Paul Simon en “Graceland”?

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“Contra” se edita en todo el mundo este lunes 11 de enero.