Inteligencia emocional

Flexibilidad para avanzar

Por Rosalia Peña Sarmiento

No es casual que la noción de flexibilidad aparezca con profusión en el lenguaje cotidiano de familia, empresa, escuela, sociedad en general, o en diferentes disciplinas. Se requiere de cierta ductilidad para afrontar los cambios y retos de la vida, para comprenderse y comprender a los demás, para establecer mejores relaciones. En resumen: para convivir y crecer desde el punto de vista personal.

Tampoco es fortuita por su fundamento neurofisiológico. Goleman en su libro La Práctica de la Inteligencia Emocional hace referncia a  la acción de los lóbulos prefrontales que mantienen en jaque los impulsos, adaptándolos a las reglas de la vida y proporcionándonos una respuesta más apropiada. Las neuronas “ freno”- según este autor- envían a la amígdala el tranquilizador mensaje de que en realidad no nos hallamos amenazados por ningún peligro y que, en consecuencia, podemos recurrir a una modalidad de respuesta menos desesperada. Pero, ¿ se puede aprender a dirigir este circuito?

  

Por supuesto que sí. Aquí entra en juego el valor de la educación emocional. Según sigue Goleman, el diseño cerebral se basa en una simple oposición ya que, mientras ciertas neuronas emprenden un tipo de acción, otras, al mismo tiempo, la inhiben. De modo que – en todo contexto- afirma más adelante “ la acción equilibrada… depende de la armonización de estas tendencias contrapuestas”. El desarrollo de la autorregulación emocional como competencia vendría al hilo de estas ideas. En una investigación de Richard Davidson, director del Laboratory for Affective Neuroscience de la Universidad de Wisconsin,- citada por Goleman en este mismo libro- observó el funcionamiento cerebral de dos grupos diferentes de personas —uno de ellos muy flexible ante los altibajos de la vida y el otro, por el contrario, muy proclive a verse perturbado por ellos— mientras llevaban a cabo tareas estresantes como, por ejemplo, escribir acerca de la experiencia más perturbadora que hubiesen sufrido en su vida o resolver contra reloj un complicado problema matemático. En los primeros, se recuperaban rápidamente del estrés porque su región prefrontal conseguía calmar a la amígdala en cuestión de segundos. En cambio, los más vulnerables experimentaban una continua escalada de la actividad de la amígdala —y del estrés consiguiente— aun varios minutos después de haber desaparecido el estímulo desencadenante.

La flexibilidad no sólo asegura mejores relaciones consigo mismo y los demás, sino también una optimización de la energía que poseemos. Toda acción para desarrollar nuestro potencial emocional de alguna manera nos prepara para un mejor afrontamiento y una respuesta más adaptativa al cambio y los retos familiares, laborales… No hay que olvidar, que cuanto más posibilidades de selección tiene una persona a su disposición cuanto mayor puede ser su capacidad de respuesta.

¿Qué coste emocional puede traer para el funcionamiento familiar y o empresarial actitudes, estilos poco flexibles?

 

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