Inteligencia emocional

Siglo XXI: ¿avance o retroceso emocional?

Por Igor Fernandez

Las sociedades altamente tecnológicas que acometen como grupo retos impensables tan sólo unas décadas atrás (por supuesto en este avance destacan las sociedades occidentales) dan pasos adelante, hacia un futuro que está por crear. Para llegar allí como individuos y como grupo, debemos no sólo tener las herramientas, sino ser capaces de utilizarlas de forma racional. El progreso no se detiene ante nada, pero desgraciadamente, tampoco ante nadie.

Según el estudio ‘Estadísticas históricas de España en los siglos XIX y XX’, la altura media de los españoles sobrepasa los 1,75 metros, doce centímetros más que a finales del XIX. Incluso en los adolescentes el crecimiento en cuanto a su talla es aún más impresionante,: así, las chicas de 12 años medían a finales de siglo pasado una media de 20,9 centímetros más que las del XIX, y 23,8 los chicos de 13. Son datos que sumados a las interminables estadísticas sobre el aumento del uso de las tecnologías portátiles o los avances médicos nos llenan de satisfacción y asombro.

  

Si nuestros antepasados pudieran echar un vistazo sólo a una pequeña parte de lo que hemos conseguido en este campo, no podrían dar crédito a lo que hemos sido capaces de hacer, pero ¿cuál es nuestro devenir en cuanto a nuestras emociones? ¿en qué medida vamos a poder sorprendernos también de nuestros avances en la gestión emocional? ¿Nuestros adolescentes serán también 23 centímetros más inteligentes emocionalmente dentro de veinte años?, ¿o nosotros mismos podemos decir hoy orgullosos que hemos conseguido un avance como sociedad del 48% en nuestra capacidad para ser compasivos con respecto a la anterior legislatura cuando las previsiones no superaban el 12%? No se trata de hacer balance en estas cosas, pero ya va siendo hora de echar un vistazo a los avances (o retrocesos) que las personas hemos alcanzado. No sólo en lo tocante a nuestros conocimientos, salud, desarrollo económico, industrial, acceso a la información o al estado de bienestar.

Simplemente quiero dejar aquí esta reflexión porque en tanto en cuanto consideremos sólo los números, el balance de resultados y la eficacia de las medidas, perderemos la perspectiva de aquello que no puede ser medido más que con la intuición y la cercanía.

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