Inteligencia emocional

Ne perdiderit, non cessat perdere lussor.

Por Igor Fernández

O, ‘Para no perder, no cesa de perder el jugador’. Este artículo podría ir dedicado a varias personas, importantes para mí, que últimamente me he encontrado y que (curiosamente, todas a la vez) se plantean esta disyuntiva. Las situaciones ante las que nos planteamos la eterna lucha entre el deber y el querer, suelen ser de cierta importancia vital, dado nuestro momento y requerir de nosotros una decisión más o menos inmediata. Habrá quien piense que la Inteligencia Emocional, o cualquier otra forma de desarrollo emocional y cognitivo, trata de dar una respuesta unívoca a esta pregunta, premiando los, a veces, titánicos esfuerzos con la respuesta a nuestros desvelos.

¿Qué primamos? ¿nuestro deseo o nuestro cálculo? ¿anteponemos las fantasías de reproche de los demás o el inconveniente de cambiar lo conocido, a nuestro deseo de una incierta opción de futuro? ¿qué nos lanza hacia el abismo y que nos retiene en la rutina?


Lo cierto es que las respuestas a estas preguntas no dejan de ser exclusivamente privadas, ya que cada circunstancia tiene unas características específicas que no podemos olvidar. Es ilusorio dar una respuesta aplicable a todas las situaciones. De lo que podemos estar seguros es de que, cuando el deber y el querer se encuentran en la encrucijada, la lucha no suele saldarse sin bajas. Dicho de otro modo, la renuncia suele ser una consecuencia probable. O bien renunciamos a lo que queremos, o bien renunciamos a lo que tenemos. O a un poco de cada. La cuestión es que, cada vez que nos acomodamos a lo conocido o nos aventuramos a lo incierto, algo queda atrás, es como un pequeño duelo que tendremos que pasar para seguir adelante.

  

Hay quien puede apostar por una de las opciones: deber y querer; pero por cada “carpe diem”, o “el mañana no existe” hay un “más vale lo malo conocido…”, o "más vale pájaro en mano que ciento volando”. En cada momento de nuestra vida, cualquiera de las opciones puede aparecer de forma más clara que otra en nuestra cabeza, a pesar de los inconvenientes, y no de una forma caprichosa, sino resonando en nosotros como la opción que, de primeras, instantáneamente, tiene más peso, aunque a posteriori surjan inevitablemente razonables contraargumentos. Y quizá, sólo quizá, esa opción sea la que más nos convenga…
Quienes ahora mismo leéis este artículo podéis decir: esto es más viejo que el mundo, es imposible desentrañarlo en unas pocas líneas. Y es cierto, forzar una decisión no tiene sentido. Lo importante es que no nos olvidemos de pensar en ello por muy incómodo que pueda resultar. Al fin y al cabo, cuestionarnos nuestra forma de elegir entre deber y querer implica una responsabilidad que, a veces, exige más esfuerzo del que estamos dispuestos a movilizar hoy.
Quizá la clave se encuentre en aquello que un profesor mío decía: “Las decisiones cotidianas hay que tomarlas con la cabeza, y sólo las importantes, con las tripas”.

¿Deber o querer?

3 pensamientos sobre “Ne perdiderit, non cessat perdere lussor.

  1. Oier

    Me ha gustado mucho la reflexión última de tu maestro… lo cotidiano con la cabeza, lo importante con las tripas. En cuanto a lo de querer o deber yo me quedo con querer hacer lo que debo, no quizás ne lo inmediato, pero sí en la valoración general. Creo que lo mejor es eso, que lo de debes hacer tengas que hacerlo porque quieres, porque estás convencido desde el corazón y no desde la razón. Sigo pensando que esto de la IE es precisamente eso… armonizar razón y emoción.

  2. Momo

    Personalmente me quedo con querer.

    Por supuesto que no por encima de todo o todos, pero por mi experiencia propia y la observación sobre los demás, es lo que acaba pesando.

    Hay muchos “debo” que enmascaran un “quiero” y muchos “no tengo tiempo para x” que funcionan para no explicitar que no se ha querido priorizar x en la vida.

    Cuando hay deseos (intrínsecamente subjetivos) encontrados con deberes, los deseos funcionan con esa presión constante y paciente sobre las acciones; de tal manera que acaban consiguiendo desviarlas hacia su objetivo.

    Sin embargo los deberes, por ser producto de subjetividad y sociedad, son fácilmente eludibles; como eludimos a las personas que los representan.

    Para mí, la crisis sobreviene cuando el deber parte de los valores asumidos de verdad por la persona y se enfrenta a un deseo. Es un sentimiento amargo de autotraición difícilmente solucionable.

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