Inteligencia emocional

La formación en Inteligencia Emocional como proceso de cambio personal: un paso adelante

Por Javier Riaño

Hace algún tiempo en algún sitio leí una definición que me quedó grabada. Con referencia a esas personas instruidas en diferentes disciplinas, lectoras compulsivas y conocedoras de multitud de datos, la definición decía que una persona erudita era aquella que sólo había recogido de los libros leídos el polvo acumulado en las estanterías. Polvo acumulado en las estanterías que ni siquiera habría producido nuevas conexiones sinápticas, ya que no habría impregnado su cerebro, sino solamente “manchado” su cráneo.

En los últimos tiempos, diferentes acontecimientos me han traído a la memoria esta cita de manera recurrente. Y –en mi opinión- podríamos emplearla en otros contextos diferentes pero cercanos.

Por ejemplo, uno puede volver de un largo viaje sin más carga en la mochila que el polvo acumulado en el camino, unos cientos de fotos (más bien, unos megas de información en esta era digital) y algunos regalos comprados a última hora. Unas imágenes en la retina, algunas anécdotas para comentar en el txoko y poco más. Ningún cambio. O –por el contrario- la reafirmación en las propias costumbres y la consideración de la propia gastronomía como la mejor del mundo… “Y es que, como aquí, en ningún sitio, oiga”.

  

Pero, siguiendo con la definición planteada, algo similar ocurre en otro ámbito de nuestra vida: la formación. Y aquí adquiere cierta gravedad ya que el objeto del aprendizaje es el cambio. Por ejemplo, uno puede participar en un curso y terminarlo con un nuevo diploma acreditativo de la participación, la presencia continuada y el aprovechamiento sin que se haya producido ningún cambio. Vayamos por partes.

Solemos considerar el aprendizaje (proceso) como un itinerario que embarca en un lugar llamado “incompetencia inconsciente” para arribar –después de un complicado periplo- al puerto de la “competencia” (resultado). Sonsoles Castrillo, de Zubizarreta Consulting, nos lo explicaba el otro día en un curso sobre Inteligencia Emocional, auspiciado por el Clúster del Conocimiento, con un gráfico ejemplo: conducir un automóvil.

El proceso comienza con el descubrimiento de nuestra incompetencia para conducir. Somos conscientes de nuestros recursos y capacidades en determinados ámbitos de la vida pero desconocemos las incompetencias que padecemos en otras. En el ámbito de la conducción, digamos que no sabemos conducir, no tenemos el carné y, hasta ahora, no nos importaba,… Sin embargo, en un momento dado, para poder desempeñar nuestras tareas necesitamos conducir y –por tanto- el carné de conducir. En este momento nos damos cuenta que nos hace falta aprender. Este es un momento clave: tomar conciencia de la incompetencia, de la necesidad. De la misma forma que no tomaremos medidas contra un virus contra el que nos sentimos invulnerables (inmunizados), tampoco dedicaremos tiempo y esfuerzo a aprender algo de lo que no sentimos necesidad.

En este momento nos proponemos tomar medidas. Nos apuntamos a la autoescuela, iniciamos el curso, teoría y práctica, acudimos a las clases. Después de repetir muchos tests y muchas prácticas de coche, conseguimos –por fin- el carné de conducir. Somos conductores noveles, y tenemos que prestar toda la atención posible al volante si no queremos sufrir un accidente. Hemos adquirido ciertas habilidades que nos permiten “conducirnos” por la selva eso sí pensando y repensando cada movimiento (embrague, marcha, retrovisor, indicador de dirección, normas de tráfico…). Estamos en la competencia consciente. Si continuamos ensayando, si seguimos practicando, después de un tiempo (ya no llevamos la “L”) ya podemos conducir a más de 80, mientras escuchamos música o hablamos con la persona de al lado. Ya no necesitamos toda nuestra atención en la carretera. La capacidad se ha convertido en algo automático, en una competencia inconsciente.

El itinerario descrito, como proceso y resultado, goza de un amplio consenso. El objetivo de cualquier proceso formativo, más aún si hablamos de capacidades personales básicas, debe comenzar por acciones de sensibilización que permitan “tomar conciencia de la incompetencia” para continuar con un entrenamiento significativo, funcional, reforzante y programado que permita beber de las mieles de la competencia.

Sin embargo, este consenso en lo teórico, suele concluir en un estadio previo del proceso de aprendizaje. En los cursos de formación, tomamos conciencia de la incompetencia, iniciamos el entrenamiento pero nos quedamos en un paso anterior a la competencia. En multitud de ocasiones, desembarcamos en el conocimiento erudito, nos convertimos en prescriptores y grandes conversadores del tema, en lectores de libros sobre el asunto,… Hablamos de las excelencias del Microsoft Project como herramienta para gestionar proyectos, pero no la empleamos cuando planificamos y programamos; comentamos las excelencias del curso, de nuestra satisfacción, pero no usamos lo aprendido.

En el ámbito de la I.E. corremos el riesgo de convertimos en aprendices de brujo, en pseudopsicólogos, en prescriptores de un gran constructo, en lectores compulsivos de “libros de autoayuda” pero no cambiamos ni un ápice nuestros modos y maneras de comportarnos, hacia nosotros mismos ni hacia los demás.

Y aquí es donde corremos el riesgo del erudito embadurnado con el polvo de estanterías; en el viajero que carga el polvo del camino; en el vendedor de las excelencias de un plato sobre el que ha leído en manuales de gastronomía pero que ni ha degustado ni se propone elaborar.

Es un riesgo. Un riesgo que corremos cada vez que iniciamos un nuevo proceso formativo y que debemos considerar para empeñarnos en alcanzar un cambio efectivo en las personas que les ayude a alcanzar una mayor competencia para ser felices.

 

¿Están preparados para asumir el riesgo y abrazar el camio?

8 pensamientos sobre “La formación en Inteligencia Emocional como proceso de cambio personal: un paso adelante

  1. oier

    No puedo por menos que estar totalmente de acuerdo contigo Javier. No podemos quedarnos en la prédica en este asunto que está totalmente dirigido a la práctiva, y menos si somos personas que estamos desarrollando este constructo tanto desde la investigación como desde la formación. Y no hablo solo de los formadores, sino de los formados. Lograr un compromiso de puesta en práctica de lo “estudiado” o investigado es algo que resulta complicado, sobre todo porque este camino de desarrollo de las competencias emocionales empieza por uno mismo, no tiene otro punto de partida, aunque nuestra tendencia sea a que empiecen “los otros” o de empezar “con lo otros”. Y si te sirve de algo, yo me apunoto a ese desarrollo, y seguro que tú y otros muchos tambiéb. Animo pues para recorrer ese camino competnncial hasta que no necesitemos más practicar conscientemente las habilidades emocionales.

  2. Endeèr

    Estoy de acuerdo tanto con el autor como con el comentario de Oier. Yo pienso en las razones por las que no actuamos lo que sabemos, o lo que creemos saber, y me resulta una visión decepcionante la del encantador de serpientes en inteligencia emocional. Es un tipo, en cierto modo peligroso, y sin duda, poco efectivo. De su boca sólo emergen las bondades del método, de la lección aprendida, pero se le patina un mensaje de subtexto: “haz lo que yo digo y no lo que yo hago”, y la verdad, es muy capaz de desconcertar y, lo que es peor, desprestigiar lo que defiende.
    Yo siempre he sido animal de práctica, intento ser resolutivo y comprometerme con el cambio…Pero siempre, siempre, siempre, el propio, el primero. Gracias, Javier.

  3. Jon

    Gran Post! Defiendo y apoyo tus líneas y como no las de los contertulios de lujo, que me anteceden. ¿Cuánto polvo hay en las estanterías?¿Cuánto polvo se pega exclusivamente en las mochilas? Desde mi corta e insegura experciencia en educación, he de aventurarme a decir, que son más los que ni siquiera observan la necesidad de la competencia que los que luchan día a día por ella. Para finalizar apoyar lo recalcado por Endeér, son muchas las probalididades de caer en el papel de los encantadores de serpientes, por eso me autoproclamo animal, animal de pruebas. Muy bueno!

  4. joaquin

    hola a todos!. Os realizo una pregunta a la cual le estoy dando vueltas desde hace un tiempo: ¿cómo podemos saber que solo he recogido el polvo del camino, es decir, cómo puedo saber que tengo incompetencia en algunos asuntos y qué asuntos son en los que tengo incompetencia?. muchas personas son incapaces de averiguar sus propias incompetencias, de ahí el problema de no poder aprender y mejorar….

  5. REVELADOR

    Desde luego, es fascinante constatar, una vez más, que Javier RIAÑO, uno de los mayores pseudopsicólogos, consumado y reconocido especialista en corta-pegas, da lecciones sobre las competencias conscientes e inconscientes.

    No solo denostando las palabras y discursos de otros/as que han dedicado tiempo real a leer, “sobre diferentes disciplinas, y conocer multitud de datos”, (que despues suele recoger y reconvertir como propios, con un fetichismo propio de quienes dedican mas tiempo a aparentar que a aprender, buscando atajos para lograr pseudoconocimiento), sino olvidando que el define la innovación no como creación, sino como coger las ideas de otros y dandole “una vuelta”
    .
    EN FIN, qué descaro escribir este artículo: estoy por pasar el programa antiplagio de internet.

  6. josetxo

    Conducimos un automóvil mediante acciones en las que para nada interviene el pensamiento.Es nuestro cerebro el que oye el motor que nosotros no escuchamos y el que nos da la orden de cambiar las marchas y un sinnúmero de órdenes que cumplimos de forma absolutamente refleja y con una precisión imposible de lograr mediante la intervención del pensamiento.
    Esto se produce como consecuencia de UN PODER.Cualquier cerebro sano dispone del poder de percibir todos y cada uno de los sentidos,emitir órdenes precisas en función de lo percibido y lograr que las cumplimentemos de forma automática,sin previa conscienciación y por lo tanto sin la intervención de pensamiento alguno.Secuencias (percibir-ordenar-ejecutar) realizadas en pensamiento-tiempo-cero que no son más que decisiones tomadas directamente por nuestra Inteligencia.Nada nuevo.Tan viejo como la vida.Ahora bien,¿qué es lo que ha sucedido en el proceso de entrenamiento que ha dado lugar a la transición desde la competencia consciente hasta la competencia inconsciente?,o mejor ¿de qué sentimiento nos hemos desprovisto en el trayecto?¿acaso del temor?.Muy probablemente,pero para lo que nos ocupa,¿por qué has elegido precisamente este ejemplo en el que la IE es inexistente?.Medítalo,es muy probable que te sorprendas.
    Respecto a los comentarios que ha suscitado este post:¡qué inteligente eres tú,qué inteligente soy yo,qué poco inteligentes son los otros,los que son incapaces de averiguar sus propias incompetencias..¡ humildemente espero contestes a Revelador (¿a?) no sea que los pobres de espíritu vayamos a pensar que estais pontificando (léase asignando a los demás el polvo que se os ha quedado adherido…)
    Con el mejor de los sentimientos.Saludos.

  7. Gabriel Bohorquez

    La verdad hiere como el rayo, es cierto mucha veces actuamos como el encantador de serpientes. Para saber como nos ha cambiado una nueva disciplina o enseñanza solo basta con sentarnos y reflexionar si nuestro bienestar o malestar ha aumentado o disminuido desde que somos conscientes del asunto aprendido o en proceso de aprendizaje.

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