Inteligencia emocional

Cada cosa por su nombre: también las emociones en la empresa

 Por Javier Riaño

Me voy a permitir una pequeña licencia y ésta es aprovecharme de un personaje de ficción para explicarme: Harry Potter.

Seguramente hayas leído alguno de los libros sobre Harry, o hayas visto alguna de las películas sobre sus andanzas, o –en su caso- hayas sufrido el “merchandising” organizado en torno a este personaje. Por eso me he atrevido a citarlo como fuente para una reflexión. Bueno, por eso y porque Aurora, Nagore y Markel son sus fieles seguidores.

Harry es un niño mago, huérfano, que estudia magia en Hogwarts, y jugador de un extraño juego llamado quidditch. Amigo de sus amigas y amigos, encarna buen número de valores. Pero Harry –para variar- tiene un enemigo mortal, un enemigo que –en la ficción- encarna casi todos sus contravalores: pureza de la raza, intolerancia, odio, agresividad, xenofobia… Un enemigo cuyo nombre nadie es capaz de nombrar… ¿Nadie? No… Hay una persona capaz de llamarle por su nombre: Harry Potter. ¿Y qué tiene esto que ver con la inteligencia emocional y con la competencia de identificar y nominar las emociones?

Pues precisamente eso. En el mundo de la magia nadie se atrevía a nombrar a Voldemort, al “innombrable”. En las empresas, donde nosotras y nosotros pasamos ocho horas al día, (inciso: además de dedicarles otro tanto a hablar de nuestra mala vida en ellas, sin descontar las 8 horas/día en las que dormimos soñando con ellas) ocurre algo similar: que prácticamente nadie se atreve (perdón, nadie nos atrevemos) a hablar de las emociones, de su relevancia en el funcionamiento general, de su importancia e intensidad, como si por el mero hecho de “no nombrarlas” desaparecieran, como si por el simple hecho de “ignorarlas” desaparecieran, conjuráramos su hechizo, como si el mero hecho de nombrarlas, de reconocer que sentimos tristeza, ira, cólera, melancolía, … nos hicieran más …¿sensibles?, ¿vulnerables?, ¿frágiles?, ¿humanos?

  

Y aquí, una vez más, Harry nos puede ayudar. Porque identificar, reconocer, nombrar y  -cómo no- verbalizar- las emociones, seguramente sean las primeras actividades que debiéramos ejercer para conseguir usarlas en nuestro beneficio, regularlas o –de mejor manera- fluir.

Sabemos -como Harry- que por el hecho de “no nombrar lo que no queremos”, no conseguimos más que retroalimentarlo; sabemos que por el hecho de escondernos bajo la mesa, y cerrar fuertemente nuestro ojos, la realidad no desaparece; sabemos, como Harry, que no comunicar nuestra realidad lejos de desactivarla, aumenta su potencia e intensidad. Y, lejos de conjurarlas, lejos de hacerlas desaparecer, estas emociones –sobre todo las más tóxicas- se inflan como un globo hasta estallar. Y –cuando estallan- lejos de “ayudarnos a fluir” nos “desbordan, nos paralizan, nos superan”.

Todas y todos reconocemos en las emociones un importante instrumento para adaptarnos, para vivir mejor. “La vida tiene sentido si le das emoción”. Sin embargo, la capacidad de este magnífico instrumento, la emoción, se puede convertir en explosivo: instrumento que nació para facilitarnos la vida y que puede convertirse en explosivo; explosivo que puede desactivarnos a nosotros; lejos de desaparecer, lejos de diluirse, se solidifican para – posteriormente- expandirse hasta ocupar todo el espacio disponible.

Identificar la importancia de las emociones, reconocer su existencia, darnos cuenta de que “pensamos, actuamos, nos emocionamos y –por tanto- existimos” conforman el primer paso: a cada cosa, su nombre. Continuemos este camino también con su reconocimiento en las empresas.

¿Ustedes reconocen, dan nombre a las emociones que sienten en su trabajo?
¿Qué emociones son?

2 pensamientos sobre “Cada cosa por su nombre: también las emociones en la empresa

  1. Gotzon

    El texto me ha hecho gracia porque me he acordado de algo que me dijeron hace varios meses, y es que en el comedor de la empresa formábamos un grupito muy animado que llamaba la atención porque a menudo se nos veía riendo.

    Mientras escribo estas lineas recuerdo también la sorpresa de un compañero recién llegado, que se extrañaba de que en una institución tan solemne como la universidad, el profesorado se emocionara y expresara historias e inquietudes como la mayoría de los mortales

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