Inteligencia emocional

PARA MORIR VIVÍ, MUERO POR ESTAR VIVO

El pasado 12 de mayo falleció en Madrid el músico Antonio Vega a los 51 años de edad. Tanto en su etapa en el grupo Nacha Pop, como en su trayectoria en solitario, Antonio dio vida a un puñado de canciones mágicas y entrañables, constelaciones de notas y letras que brillan y brillarán con la luz de una sensibilidad, para mi gusto, exquisita. Escuchar y fundirse con su poesía y su música supone una experiencia emocional imborrable a la que quiero invitaros desde estas líneas.

A decir verdad, su fallecimiento fue la crónica de una muerte anunciada. La historia maldita que llevaba a sus espaldas sobre sus problemas de salud y su larga y tormentosa relación con la droga, hacía que sus seguidores y admiradores pensáramos que su muerte pudiera ocurrir en cualquier momento. La frase que da título a este escrito forma parte de la canción A medio camino (De un lugar perdido, 2001) y resultaba un tanto premonitoria:

Si tuve dos destinos
entre la razón y el loco desatino
fue porque conocí juegos prohibidos:
para morir viví, muero por estar vivo

Mi vida es esa canción
amiga de la luna
escrita en el corazón
para ahuyentar la noche oscura.

Las palabras (y los silencios) de Antonio Vega, ricas en metáforas y simbolismos, son sugerentes y nunca están del todo cerradas: siempre existe la posibilidad de revivirlas y reinterpretarlas. Las dos estrofas citadas me han dado pie a reflexionar sobre muchos aspectos de la vida, como es la relación que establecemos entre nuestra vida y nuestra muerte.

Los seres humanos no nos conformamos con vivir. Ser humano es vivir con la certeza de que tenemos que morir, lo cual nos obliga a dar una finalidad a nuestra vida y a nuestra muerte que trascienda las meras funciones biológicas que compartimos con el resto de seres vivos. Saber que vamos a morir y no saber qué hacer con nuestra vida son las líneas maestras del guión de nuestra existencia.

Si uno vive pensando constantemente en la muerte, no vive. Vivir atenazado por el miedo a la muerte puede suponer renunciar a las posibilidades que nos brinda tener experiencias intensas pero arriesgadas, de tal forma que el único sentido de vivir sea no morir, a costa de tener una existencia segura pero monótona. Por el contrario, vivir como si la muerte no existiera, nos puede conducir, paradójicamente, a morir prematuramente (aunque, ¿qué muerte humana no es prematura?), de tal forma que el sentido de vivir sea, más temprano que tarde, morir temerariamente.

Por eso, es cada persona, con todos los elementos que conforman su personalidad (temperamento, creencias, emociones, experiencia…), quien debe ir definiendo hacia dónde orienta su vida y su muerte. La auténtica vida es la vida sentida como plena de sentido o, por lo menos, como una lucha por dotar de sentido a lo que hago y a lo que renuncio a hacer. Esa lucha se manifiesta de distintas formas en cada persona. Hay quien ha encontrado la paz segura y permanente y hay quien vive en guerra continua consigo mismo. Y también quienes vivimos en épocas de mayor o menor agitación o sosiego. En esa lucha en la que nos movemos todos en mayor o menor medida, podemos tener encarnizadas batallas con nosotros mismos y sentirnos como barcos destartalados en la oscuridad a la deriva, y también amaneceres de tregua y paz en los que recuperamos la lucidez y discernimos el rumbo que nos llevará a nuestro próximo destino. Por eso, de igual manera que cada ser humano es único e irrepetible, el sentido que demos a esa lucha es también, quizá, único e irrepetible, fruto de un combate terrible en lo más profundo de nuestro ser entre nuestros ángeles y demonios, nuestras razones y pasiones, nuestras fuerzas y flaquezas, nuestras alegrías y nuestras penas.  Seguramente, quien viva en paz no entenderá cómo es posible complicarse tanto la vida en una guerra suicida y, quien viva en guerra, contemplará con extrañeza la simplicidad de quien viva en plena armonía.

Vivimos para morir, claro, y morimos por estar vivos, pero unos y otros debemos ir aclarando el significado de ambas palabras y respondiendo a las preguntas que tarde o temprano nos asaltan: ¿Qué hago con mi vida? ¿Qué cosas me llenan y dan plenitud a mi vida? ¿A qué cosas renuncio en nombre de la vida o en nombre de la muerte? ¿Puede lo pleno de vida acercarme a la muerte? ¿Puede una opción vital ser mortal? ¿Dónde está la delgada línea entre la cordura y la locura, entre el sentido y el sinsentido? ¿Cómo conseguir una tregua duradera entre yo y yo mismo y el mundo? Mientras tanto:

Lucha de gigantes
convierte en gas natural
un duelo salvaje advierte
,lo cerca que ando de entrar
en un mundo descomunal
siento mi fragilidad.

(Lucha de gigantes, Antonio Vega, Nacha Pop: El momento, 1987)

Adiós, Antonio, quisiera hacerte una ofrenda de amor y bondad, el mismo amor y la misma bondad que he respirado cada vez que tu presencia tomaba la forma de canción. Gracias por todo. Te quiero.

Un abrazo eterno desde mi pequeña guerra hasta tu paz perpetua.

3 pensamientos sobre “PARA MORIR VIVÍ, MUERO POR ESTAR VIVO

  1. cristian pimentel

    recien acbo de oir una cancion de ANTONIO VEGA y para mi son canciones que salen del alma y que tienen mucho de cierto en lo que canta me gusto mucho .como el abra partido pero su musica y suarte y la forma de expresarlo ban a quedar para siempre en la memoria de todos los que han oido su musica , y de seguro que no soy el primero ni sere el ultimo .

  2. J. Carlos

    Impresioante reflexión Pello. Qué bien escrito y con cuanto tino. Hay canciones que en tres minutos cuentan profundas historias de vida. Luego nosotros, al escucharlas, pensamos en la nuestra… ¡Qué desazón!

  3. Pingback: alejandragm

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