Inteligencia emocional

Comunicación-incomunicación

Nuestra supervivencia físico-fisiológica depende totalmente de la ingesta de alimentos que nos aporten energía y nutrientes a la sangre. Además, dependemos del oxígeno para respirar y permitir que nuestro organismo funcione; lo mismo del agua … Y, ¿dependemos de algo más para sobrevivir en buenas condiciones? ¿Puede decirse quizá, que dependemos también de las personas que nos rodean, de mantener una relación con ellas?

Ya en la época griega recogemos la valoración de Aristóteles, quien nos definía como “zoos politikon“, es decir, animales sociales. Desde su punto de vista, nos diferenciábamos de los animales entre otras cosas, porque nos vamos haciendo, desarrollando, por medio de las relaciones con los demás. Ese grado de dependencia o de necesidad de contacto con los demás, va, desde cubrir nuestras necesidades de cuidado y atención más básicas, hasta desarrollar otros procesos emocionales más complejos como la autoestima, la socialización, la pertenencia … Y todo ello, no sólo en los primeros años, sino a lo largo de toda la vida.

Resulta paradójico ver cómo, en nuestras sociedades desarrolladas nuestros hábitos y ritmo de vida, van dejando al margen nuestras oportunidades o hábitos de comunicación espontánea y natural. Hoy por hoy, podemos mantener una conversación en tiempo real con el otro extremo del mundo; los medios de comunicación parecen no tener límite. Y sin embargo, la cantidad, y por supuesto calidad de nuestra comunicación, no van acorde a todas esas facilidades. El mundo de la comunicación sin límites, nos lleva a su vez a la incomunicación.

Así parecía sugerírnoslo Sofía Coppola en su magistral Lost in Traslation; la incongruencia entre vivir rodead@s de personas y sentirnos sól@s. La necesidad humana de comunicarnos, para alimentarnos afectivamente: de compartir opiniones, vivencias, agradables y desagradables … y la pérdida de la naturalidad para ello. Más que comunicad@s, parecemos estar incomunicados.

Internet nos ofrece medios fantásticos para poder asegurar y mantener el contacto con aquellas personas que tenemos lejos; crea nuevos hábitos y formas de comunicación. No obstante, si nuestra necesidad de comunicación y alimento afectivo va desarrollándose principalmente por estos medios, ese alimento irá perdiendo nutrientes; además de ir perdiendo capacidad o habilidad comunicativa. Si bien decíamos que necesitamos el contacto, a su vez, estamos perdiendo la oportunidad de una mirada, una expresión facial, un contacto físico, por mero que éste sea. Días atrás, gozamos de la visita de Antonio Damasio en Donostia para participar en los cursos de verano de la UPV. Este neurólogo dedicado al estudio de determinadas emociones, se lamentaba de la pérdida de empatía -la capacidad de ponernos en el lugar de la otra persona- y calor afectivo que supone la comunicación no presencial. Porque no hay emoticon que sustituya a un abrazo, una sonrisa, o por lo menos una mirada.

¿Estáis de acuerdo con que nuestros nuevos hábitos pueden limitar nuestra capacidad empática? ¿Realmente, podemos cambiar estos hábitos para mejorar nuestra vida personal, o “han cambiado los tiempos”?

3 pensamientos sobre “Comunicación-incomunicación

  1. Arantza Echaniz

    Que nuestros hábitos han cambiado es evidente y no necesariamente limitan nuestra capacidad empática. El problema está en sustituir el contacto personal, la sonrisa y el abrazo por un sms o un e-mail; en limitarnos únicamente al contacto cibernético. Yo he de decir que he recibido sms y e-mail muy significativos y reconfortantes, y lo mejor es que luego casi siempre se han acompañado de un posterior contacto personal.

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