Inteligencia emocional

Tertulia sobre “El error de Descartes”: Cultivando conversaciones

Desde que en 2007, el Cluster del Conocimiento organizó el curso “Desarrollo de la Inteligencia Emocional en empresas”, 6 irreductibles amantes de la I.E. nos juntamos cada cierto tiempo con el pretexto de compartir lecturas sobre este tema. ¡Quién nos lo iba a decir! Otra casualidad afortunada, una nueva manifestación de serendipidad. El lugar: Zamudio (el edificio Barco);  profundizar en la inteligencia emocional, el motivo que nos reunió; decidir compartir esta ilusión, por el mundo emocional, el suceso inspirado.

Es, sobre todo, una excusa para compartir mesa, mantel y diálogo. Un espacio de conversación sin prisas, sin límites, sin orden del día ni power points, sin más objetivos que disfrutar de la compañía y aprender con otras personas. A medio camino entre el poteo, el txoko  y –salvando las distancias- el Banquete platónico”. Eso sí, con un menú más frugal, sin la aparición estelar de Sócrates, ni Aristofanes. El sitio de mi recreo. Un disfrute como siempre.

Hace unos viernes, degustamos un estupendo manjar: “El error de Descartes” (A. Damasio). “Un libro dedicado al eterno debate entre emoción y razón: en este caso, sin caer en maniqueísmos ni falsos dualismos. Conocimiento concentrado que exige una pausada degustación. Difícil digestión, No apto para atracones ni para lugares de “comida rápida”. “Slow food

El error de Descartes” marca un antes y un después: su hipótesis de que las emociones entran en la espiral de la razón y pueden ayudarla en el razonamiento choca con la tradicional visión de la emoción como una perturbación, un obstáculo a superar para mejorar la calidad del pensamiento. Damasio aporta evidencias de que Centros cerebrales de “alto (neocorteza) y bajo nivel (subcorticales)” cooperan en la razón. Refuta el dualismo cartesiano, la dialéctica entre res extensa y res cogitans moderada por la glándula pineal.

Son muchas las cosas que me llevo del libro y la conversación.  Por sintetizarlas:

  1. El desenmascaramiento de una falacia: la que considera que las emociones nublan la razón, la embargan en forma de “secuestro emocional”. Las emociones desempeñan un rol de primer orden en el razonamiento, no como resistencia, ni como obstáculo sino como apoyo.
    • Es más, cuando se eliminan por completo las emociones del plano del razonamiento, la razón resulta ser todavía más imperfecta que cuando las emociones nos juegan malas pasadas en nuestras decisiones”.
  2. El desenmascaramiento del racionalismo frío, del pensamiento alexitímico. Estábamos engañados. El modelo Sherlock Holmes, cerebral sin emociones, no es suficiente.
    • El sistema de razonamiento se desarrolló como una extensión del sistema emocional automático en el que las emociones cumplían distintas funciones en el proceso de razonamiento
    • En determinadas circunstancias pensar demasiado puede ser mucho menos ventajoso que no pensar en absoluto. En eso consiste la belleza del funcionamiento de las emociones a lo largo de la evolución: permite que reaccionemos con inteligencia sin tener que pensar de manera inteligente
    • Los sistemas cerebrales que se ocupan conjuntamente de las emociones y la toma de decisiones, por lo general, participan en la gestión de la cognición y el comportamiento sociales.
  3. El desenmascaramiento del mito del “fantasma de la máquina” o la idea de que estamos gobernados por una especia de homúnculo interno.
    • Cerebro y cuerpo constituyen un organismo indisociable integrado por circuitos reguladores bioquímicos y neurales que se relacionan con el ambiente como un conjunto, de cuya  interacción surge la actividad mental.”
  4. La definición de comportamiento que subyace a su propuesta:
    • el organismo interactúa con el ambiente como un conjunto: la interacción no es nunca del cuerpo por sí solo ni del cerebro por sí sólo”
    • “Las operaciones mentales sólo pueden entenderse cabalmente en el contexto de la interacción de un organismo con su ambiente”

Pero, sobre todo, me llevo sorpresas en forma de ideas, algunas casualidades buscadas  muchas aportaciones, y la alegría del reencuentro

¿Usted qué opina al respecto?

7 pensamientos sobre “Tertulia sobre “El error de Descartes”: Cultivando conversaciones

  1. Rogelio

    Buen libro, buenas conclusiones del mismo y buen grupo que tenéis formado… no se si está abierto pero avisarme!!!!! del libro que estáis leyendo que aghra sí que puedo… porfaaaaa. Por lo demás, creo que son las Neurociencias la base conceptual de la Inteligencia Emocional y deberíamos prestar más atención a sus avances para aplicarlos a nuestro día a día, tanto personal como profesional.

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  6. Jose Miguel Pueyo, psicoanalista

    José Miguel Pueyo

    Quizá el doctor Antonio Damasio ha olvidado que lo que afirma, algo al menos y no trivial, no es suyo sino de Freud. Así puede leerse en La Contra de «La Vanguardia», Sábado, 9 de octubre de 2010, “Hemos inventado la otra vida como paliativo para el dolor causado por esa destrucción del vínculo entre humanos…” Freudiano, demasiado freudiano, como diría el filósofo bávaro que no quiso serlo, Friedrich Nietzsche, pues esa idea se recoge en El malestar en la cultura, 1929 (1930) del primer psicoanalista. Damasio, a imitación de Michel Onfray, y tal vez en el anhelo también de hacerse un nombre, se atreve con una obviedad de peso y un no menor error epistemológico, “Freud fue pionero en la investigación del inconsciente, aunque el psicoanálisis no sirva para curar una enfermedad mental grave”, afirma.
    Lo peor, empero, no procede de las neurociencias. Se trata siempre, como es habitual en el devenir de los hombres, de sus agentes. Es decir, proviene de aquellos que no han sabido, no han podido o no les ha interesado separar la ideología que caracteriza a las concepciones del mundo, cobijadas en el rubro de la ciencia o en la filosofía, de la singularidad del sujeto. Es conocido el número, no mayor, de los que han superado el discurso del amo, esto es, la imposición de ideales, ya sean en forma de ideas o de objetos, al otro. El saber de amo está destinado a obviar la causa del malestar y la responsabilidad del sujeto en aquello de lo que se queja. La demagogia es veneno que se traga sin agua, así es en no pocos casos. La culpa neurótica suele ser entusiasta del discurso del amo, no pocas veces lo aplaude, es su abanderada. Razones hay para ello, casi siempre inconscientes y, en ocasiones, no tan loables como sin duda ese mismo sujeto desearía. Pero siempre, he aquí lo subrayable, se elude la verdad de la novela familiar, también la del ideólogo, en favor de las imposiciones del Bien Supremo que se entiende necesario para el afligido, angustiado y/o inseguro sujeto. El pensamiento del prestigioso neurólogo portugués sin duda es otro, diplomático como es bien conocido, pero no por eso permite, así lo creo, que advenga la verdad del Otro, el decir del inconsciente que habita al sujeto descubierto por Freud. En cualquier caso, apostar sin más por los genes, los neurotransmisores o las técnicas cognitivo-conductuales (TCC) es hacerlo por el antihumanismo, evidencia de lo cual es la patética reducción que se hace de sujeto humano.
    El narcisismo y las identificaciones edípicas no resueltas, sin entran en factores más prosaicos, determinan la actividad del amo antiguo y moderno, de cuantos proponen lenitivos de toda clase y condición, desde estimulantes hasta la religión pasando por el yoga, el deporte y el arte, esto es, apoyaturas denunciadas por Freud en el texto mencionado. Ese modo de proceder muestra a las claras la frivolidad clínica, epistemológica y ética del amo, pues más pronto que tarde los paliativos se revelan lesivos para la inteligencia y la vida afectiva y aun de relación del sujeto que ha puesto su malestar en manos del ideólogo, en manos de un individuo que si algo conoce bien es dar la espalda a la verdad de la historia del sujeto que tan humanitariamente pretende defender.
    Suprimir al psicoanálisis es exterminar al sujeto, y, por lo mismo, opino que no es prudente y sí grave temeridad dejarse mecer por quienes se llenan la boca con la materialidad biológica o con discursos que exudan demagogia, peroratas que, en ocasiones, no queriéndose religiosas no logran transcender el imaginario saber que conforma no poco de lo que se conoce como cultura.

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