Inteligencia emocional

Replicantes

El jueves pasado, hablando con Aurora Madariaga, una compañera de la Universidad y de la Cátedra Fundaciones Deusto/Vodafone, en la comida previa a la conferencia que Javier del Arco dictó sobre Mayores y TIC, salió a colación el “desplazamiento del yo”, y con lo poco que entendí a Aurora sobre este fenómeno sicológico, me dio pie para decidir que este sería en encabezamiento de lo que quería decir.

En estos tiempos de cambio, si es que en algún momento hemos dejado de cambiar como especie, como sociedad y como individuos, me resulta inquietante ver como los modelos, las dinámicas de cambio, de gestión basadas en personas se atascan muchas veces en la base, en las personas que componen las organizaciones en todos sus niveles jerárquicos… y es que nosotroz no ejemplificamos el cambio que queremos y pedimos.

Replicamos continuamente lo que a través de la línea de mando viene, sean conceptos, emociones o comportamientos, sin cuestionarlos o, mejor dicho, cuestionándolos pero replicándolos. No es infrecuente entrar en organizaciones donde el clima de queja contra la dirección, o mejor dicho, contra cómo los directivos gestionan la empresa y se dirigen a los trabajadores, como los tratan y los consideran es incesante y enturvia nuestro día a día y disminuye la productividad. Sin embargo, nosotros replicamos fielmente esos mismos comportamientos con las personas que tenemos a nuestro cargo e incluso con los propios compañeros de línea. Pedimos que nos traten con inteligencia emocional pero nosotros no somos emocionalmente inteligentes en las relaciones con los demás.

Muchas veces se ha dicho que el cambio tiene que venir dirigido por las cúpulas directivas, pero, ¿no podríamos ser nosotros también agentes de primer orden del cambio organizacional, incluso en aquellos ámbitos en los que no repare la dirección? ¿No podíamos empezar a comportarnos con nuestros pares, colaboradores, subordinados incluso con nuestros jefes como nos gustaría que se comportasen con nosotros? ¿No podemos empezar a actuar de otra manera en lugar de repetir comportamientos y climas emocionales que no nos gustan ni parecen adecuados para unos momentos económicos, políticos y sociales donde va a ser necesaria la colaboración de todos para salir de la crisis? ¿No podemos cambiar la emocionalidad de nuestras organizaciones, de nuestro entorno empezando por nosotros mismos?

Creo que sí, aunque el esfuerzo será grande ya que implica un convencimiento de que el cambio somos nosotros mismos. Que no es necesario esperar para enseñar, en muchas ocasiones a personas y cuadros de mando muy escépticos, que es posible hacer las cosas de otra manera, que se puede evitar el mayor despilfarro de una organización que es el conocimiento embebido en las personas que realizan los procesos productivos. Que se puede aumentar la productividad y que todo ello se puede conseguir con un mayor bienestar para las personas implicadas en ello. Que el miedo, la opresión, la soberbia o la rabia no son buenos sustratos para la innovación y el crecimiento. Que hay otros estados emocionales mucho más saludables y rentables… aunque les cueste creerlo a muchos de nuestros dirigentes organizativos.

Y para que se lo crean lo mejor es practicarlo, comportarte con los demás como te gustaría que se comportasen contigo. Que confiases si te gusta la confianza, si liderases a tu equipo como te gustaría ser liderado, que comunicases las cosas que te gustaría que te comunicasen a ti… y de la misma forma, con el mismo respeto; reconocer con el mismo cariño con el que te gustaría ser reconocido, y con la misma equidad y justicia también; considerar las opiniones y valía de los tuyos como te gustaría que tus superiores considerasen las tuyas. Pero sobre todo, no replicar en los demás los comportamientos que no quieres para ti… eso sería el comienzo de un gran cambio.

¿Quieren empezar a cambiar conmigo?

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