Inteligencia emocional

Emociones sanas para querernos bien

(Reposición)

Autor: Pablo Cueva López

El amor, a veces, duele. Bueno, en realidad, duele casi siempre. De lo que trata este post es de dar un paso más del que en su día avanzó Arantza Echaniz en este mismo blog con su post “Te amo…pero soy feliz sin ti” cuya lectura recomiendo.

¿Cuál es la línea de dolor que no debemos atravesar?¿Cuándo hay que decir no al amor porque daña? ¿Cómo se quiere de manera sana?

Pronto se celebra el Día Internacional contra la Violencia de Género en la cual el CIE se suma al Foro por la Igualdad de Emakunde con una jornada de reflexión participativa con este mismo título: “Cómo me duele tu amor: emociones sanas para querernos bien”.

La vinculación del amor nos une a otra persona. Y así nuestra soledad se ve acompañada, se enriquece porque el espacio personal crece para incluir a las personas amadas en el círculo de nuestra intimidad y, por ende, de nuestra seguridad. Y esto, amigos, significa también quedar en las manos de otra persona. Amar es, entre otras cosas, dar, mejor dicho darse. Amar es confiar y es compartir nuestras vulnerabilidades. Tal vez suene a desventaja pero la verdad es que posiblemente las experiencias más felices de la vida tienen que ver con el amor que damos y recibimos.

¿Dónde está la línea roja que no se debe pasar nunca?

Ya decía en el párrafo anterior que al amar uno se abre al otro, a la persona amada. Esto significa que mi intimidad está siendo compartida con otra persona y ésta tiene la capacidad de operar con ella desde la confianza que genera el amor. En principio todos comenzamos las relaciones con la intención de que nuestro bienestar mejore por el intercambio que supone el amor correspondido. Esa atracción, la admiración, el deseo, el amor en general nos llevan a la experiencia de que la vida con la persona amada mejora la propia por este flujo denso de intensidad que se genera en pareja. Es decir, cada uno de los “amantes” se esfuerza por dar de lo mejor de sí para la persona amada, y esto genera complicidad, mejora de la autoestima, placer hedónico y eudemónico, en definitiva felicidad inmensa. Pero claro, las relaciones evolucionan, aunque a veces no hace falta esperar si se construyen mal desde el principio a través de la necesidad y el interés, sin honestidad por alguna de las partes. A veces nos olvidamos de fortalecer el amor. Pero si hay que identificar una línea roja esa sería la de la dignidad personal. Lamentablemente, muchas veces en medio de la confusión, perdemos de vista las señales que nos anuncian que estamos en riesgo, o las ignoramos. Ianire Estebanez, psicóloga, trabaja desde hace años con chicas confundidas por el amor que quieren “desconfundirse” en su recomendable blog mi novio me controla lo normal.

La dignidad en el amor.

El problema con la dignidad es que está relacionada con el concepto personal. Es decir, las personas con más seguridad en sí mismas conocen perfectamente dónde está la línea de su dignidad. A modo de observación decir que la dignidad es subjetiva, que personas con los mismos niveles de autoestima ponen la frontera en diferentes sitios. Y la dignidad de uno queda parcialmente en manos de otro en el amor. Una primera línea de seguridad es observar que tu pareja usa su posición para minar tu estima personal. El amor debe hacernos bien al degustarlo. Si no es así, si las digestiones no son buenas, tal vez no merezca la pena seguir avanzando. Si esta acción es hecha de manera intencional ya es violencia.

Es verdad que al amar, al vincularnos, hay espacios que cedemos al otro. Este espacio invertido en la relación a veces nos parece imprescindible, como si la vida careciera de sentido sin él. ¡¡¡Qué error!!! El peligro es pasar de compartir espacios, o cederlos voluntariamente, a que sean asaltados, que sean violentados por el intruso al que un día abrimos la puerta de nuestro corazón y de nuestra vida. Para mi este es el límite que no debe ser aceptado en ningún caso. En este sentido recomiendo vehementemente la lectura del libro “El acoso moral” de Jean Marie Irigoyen.

El poder en las relaciones de amor

Las relaciones se dibujan con trazos de distintas intensidades, de distintos colores. No hay que medir el amor pero sí sus efectos. Siempre hay alguien que domina más, aunque no sea en todos los campos, aunque no sea permanentemente en el tiempo. El ejercicio de ese poder, como pasa con todos los demás, hay que seguirlo de cerca. Yo llevo el dinero a casa, yo te digo cómo vestir o qué hacer, yo uso el sexo como elemento de presión, yo te dejo para que tú me dejes… Todo y todos deben crecer bajo la sombra del amor. Si solo crece uno, si solo uno se beneficia no es amor, al menos no es amor sano. Hay un momento en que que el amor puede convertirse en conveniencia. Es este escenario el más apropiado para relaciones insanas, para vejaciones y violencias. Tal vez debiéramos hablar más de los problemas del amor en pareja, y seguramente aprender a decir adiós antes de lo que lo hacemos.

¿Qué otras características debería tener el amor sano?

¿Sabemos amar bien, nos preocupamos de hacerlo cada vez mejor?

 

 

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