Inteligencia emocional

Te veo…

(Reposición) Autor: Ígor Fernández

Hay pocas necesidades básicas, comer, beber, dormir, estar calientes… Poco más, pero en ese poco más se encuentra una de las más cruciales: el contacto. Por nuestra naturaleza sabemos de la profunda vulnerabilidad que nos conforma. Somos muy blanditos por dentro y por fuera. Tanto es así que nuestra crianza es la más larga de entre las de todos los animales. Años para formar un cerebro en plenitud, veintitantos para ser más concretos. Años en los que los demás se convierten no sólo en una referencia sino, como decía al principio, en la única fuente de satisfacción del resto de necesidades básicas. Simplemente, un bebé no puede sobrevivir sin otros. Tanto es así que incluso gran parte de la identidad depende de los otros, no por sus opiniones de nosotros, eso es bastante posterior, sino porque la identidad propia enraíza en sus reacciones a nuestra presencia, nuestras cualidades y acciones. Las primeras conclusiones sobre uno mismo son prestadas a partir de este compendio de afinidades o rechazos por parte de los progenitores. Y la forma más básica en la que se da esta comunicación es a través del contacto o la ausencia del mismo. La mirada y el tacto son los medios fundamentales y los más básicos de dicha comunicación, vías que seguirán abiertas con el paso de los años. Como decíamos más arriba, sobre estas conclusiones esenciales sobre uno mismo o una misma, a partir de la reacción corporal al contacto o a su ausencia, más tarde se posarán otras fruto de la interacción social. “Si me han invitado eso quiere decir que soy una persona interesante”, “gusto a los demás”, “no me toca nadie, debo de ser desagradable para otros” serían algunas de las conclusiones más o menos conscientes, fruto de la interacción. A lo que quiero llevar la atención es que nuestra ligazón con otros es tan estrecha y esencial que incluso lo que pensamos y sentimos sobre nosotros, sobre nosotras, depende en gran medida de esta interacción.

En nuestro entorno cercano, de trabajo, de estudio, de vida en general, la mirada o la ausencia de ella sigue enviando un mensaje al otro lado: te miro y te veo, o te miro y no te veo. Y como cuando nacimos y durante el tiempo de nuestra crianza más temprana, aquello que nadie ve de nosotros, empieza a difuminarse, hasta el punto de dejar de existir incluso para nosotros mismos, para nosotras mismas. Cabe apuntar aquí que no solamente somos producto de los demás, eso sería injusto, pero nuestra creatividad para construir nuestra propia identidad está limitada o alimentada por los otros. Si en mi trabajo nadie ve mi capacidad de planificar con antelación y solo me dan tareas inmediatas, esa cualidad “desaparece” para mí mismo en ese contexto, y por supuesto para los demás. Si mi pareja ridiculiza una emoción espontánea puedo llegar a domesticarla y hacer que “desaparezca” incluso de mi vocabulario, con tal de estar con esa persona.

Si damos un paso más allá, pensemos en la cantidad de personas a las que no miramos por la calle, en especial a aquellas partes de un colectivo concreto. Sepamos que nuestra mirada cuenta, tanto es así que hay personas a nuestro alrededor, más desfavorecidas, a las que negar el contacto sistemáticamente, con la mirada, con el tacto, que pueden llegar a desaparecer incluso para ellos mismos. Esas personas se convierten en invisibles. El contacto genera salud mental y su ausencia, la dificulta, en todos los niveles de interacción.

¿A quién regalas y a quién niegas tu mirada?

¿Quién te ve completamente y quién te niega las suya?

 

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