Inteligencia emocional

Enmascarando las emociones

Es fácil para cualquiera de nosotros identificar situaciones con ciertas personas, en las que nosotros mismos o nuestro interlocutor, parece estar más enfadado, triste, o inquieto de lo que sería esperable dadas las circunstancias. Incluso a veces parece que la reacción emocional no tiene sentido. He aquí un ejemplo de la cotidiana aparición de lo que llamamos emociones enmascaradas. Nos referimos a aquellas emociones que:

  • Duran mucho y se repiten una y otra vez.
  • Su grado de intensidad no guarda relación con la causa que la produce.
  • No es contagiosa y provoca en los demás una emoción distinta a la que esperamos.
  • La emoción exteriorizada es distinta a la que sentimos.

Si pensamos en una de esas discusiones que todos hemos tenido alguna vez, en la que por ejemplo, hemos terminado a gritos con nuestra pareja, por discutir si le echamos más sal o no a lo que estamos cocinando, nos podemos hacer una idea de lo que describimos más arriba. Pero ¿por qué sucede esto? ¿Por qué rápidamente nos resbalamos hacia ciertas reacciones emocionales incoherentes?…

O por lo menos aparentemente incoherentes…

Supongamos que esta situación no es nueva, sino que hace mucho tiempo, cuando nos enamoramos por primera vez de esa persona, obnubilados decidimos “ceder”, no sólo en cuanto a la cantidad de sal, sino en cuanto a adónde nos vamos de vacaciones, o quién tiene que hacer según qué cosas en casa, qué tipo de cosas se pueden decir y cuáles no son bien recibidas. Supongamos también que el resultado de mostrarle a nuestra pareja nuestra disconformidad lleva consigo una agria discusión o un entristecimiento, o una manipulación por parte del otro. Entonces, una decisión habitual, y normal, dadas las necesidades de cada uno, es simplemente, dejar de hacerlo. ¿Significa esto que hemos dejado de necesitar decidir, que nos escuchen, o simplemente expresarnos? No.

Se trata de una decisión estratégica para evitar lo que creemos que son males mayores. Pero hay más, en nuestras mentes damos a veces un paso más allá: llega un momento, en el que nos decimos a nosotros mismos: “¡Bah! No merece la pena, no es tan importante.”. Con esta simple frase rompemos el contacto con esa necesidad tan lícita que tenemos y nos convencemos de que realmente no necesitamos decir lo que estamos pensando o pedir aquello que lícitamente nos pertenece. Esta decisión, a pesar de no hacer que desaparezca la necesidad, nos hace sentir mejor, ya que no nos sentimos tan agobiados. Por esta razón, lo más probable es que la próxima vez que emerja esa necesidad tan incómoda, volvamos a decirnos “¡Bah! No es tan importante” 

Sin embargo, como podéis imaginar, retener la energía que genera una necesidad no cubierta, cuesta mucho. Es difícil, a medida que pasa el tiempo, aguantarnos la inquietud o la urgencia y muchas veces pagamos por ello el precio de las contracturas, o el insomnio. Por esta razón, de vez en cuando, en situaciones aparentemente neutras, nuestro malestar emerge e incluso a veces con quien no tiene nada que ver.

¿Soy demasiado insistente si reincido en que mantenernos en contacto con nuestras necesidades es un paso indispensable para regular nuestras emociones?

¿Os suena de lo que estamos hablando? 

* Este post fue publicado en este blog en mayo de 2007

 

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