Inteligencia emocional

El extraño caso del Dr. JEKYLL y Mr. HYDE

Mi amiga Maribel suele reivindicar en este foro el poder transformador de los viajes. También el de la literatura. Comparto su visión. Viajar, leer, ayudan a vivir otras vidas, probarme otros nombres, colarme en el traje y la piel de todos los hombres que nunca seré.

Algo de esto viví en febrero –aprovechando nuestro particular 2.0– cuando Aurora y yo disfrutamos de Edimburgo, ciudad mágica, encantada, literaria, inspiradora. Estímulo de escritores como J.K. Rowling y Stevenson, y de protagonistas de sus relatos como Harry Potter, Jekyll o Hyde. Allí conocimos a Deacon Brodie, personaje dieciochesco, cuya biografía inspiró este relato.

Fabricante de cajas fuertes en Edimburgo, presidente de la Cámara de Comercio y canciller de su ciudad, “trabajador intachable, esposo y padre ejemplar”, Brodie escondía una vida secreta. Doble vida, ejemplar conducta matinal, ladrón nocturno. La confianza que inspiraba por las mañanas en sus clientes, era defraudada por la noche, desvalijando cajas fuertes con sus propias llaves.

Brodie robó con fruición para mantener esta doble vida salpimentada de amantes, juego … Hasta que le pillaron, enjuiciaron y encontraron culpable. Y le condenaron a probar en sus propias carnes la calidad de uno de sus diseños: la horca. Además de inspirar el libro de Stevenson, hoy, Deacon Brodie da nombre a un pub. Conocer su historia me animó a leer el famoso relato.

Jekyll y Hyde son moneda común en nuestras conversaciones, sobre todo para “diagnosticar” repentinos cambios de humor, ciclotimias y demás. Recurrimos a estos personajes de forma inversamente proporcional a la lectura de su extraño caso. A mí me ha parecido apasionante. Sobre todo, su último capítulo, el X, que a mi parecer es todo un tratado de ética en 21 páginas.

Se inicia con la clave del relato: Jekyll toma consciencia de la imposible reconciliación entre su disposición a la alegría de las diversiones y su imperioso deseo de llevar alta la cabeza y un semblante serio, grave, formal.

De aquí su inquietud por estudiar la naturaleza del ser humano en la que llegó a reconocer esta dualidad primitiva que –según él- está en el origen de la religión y también entre las mayores fuentes de infelicidad. “Fue más bien la exigente naturaleza de mis aspiraciones, y no la degradación particular de ninguna de mis faltas, lo que me hizo ser lo que era y lo que separó en mí -más radicalmente que en otras personas- esas dos zonas del bien y del mal que dividen y componen la naturaleza dual del hombre”

Considera el doctor que los dos lados de su carácter eran igualmente sinceros, eran igualmente parte de él. Cuando se abandonaba sin freno a sus placeres era exactamente el mismo que cuando trabajaba por aliviar penas y dolores (¿te recuerda en algo a Brodie?)

Por tanto, el ser humano no es verdaderamente uno sino dos. “Y me aventuro a conjeturar que llegará el día en que se sabrá que la persona es una mera sociedad de múltiples habitantes, incongruentes e independientes entre sí”

El Dr. Jekyll comenzó a imaginar una solución para hacer la vida más soportable: la separación total entre ambos yoes, entre ambos elementos de esta dualidad bien-mal. Así, el lado injusto se iría por su camino, libre de las aspiraciones y de los remordimientos de su más austero gemelo; y el justo podría continuar seguro y voluntarioso por el recto camino en el que se complace, sin tenerse que cargar de vergüenzas y remordimientos por culpa de su malvado socio. Es una maldición para la humanidad –pensaba- que estas dos incongruentes mitades se encuentren ligadas así, que estos dos gemelos enemigos tengan que seguir luchando en el fondo de una sola y angustiosa conciencia.

¿En qué se concreta la fórmula para aliviar el dolor y la pena del ser humano? Descubrí que algunos agentes químicos tenían el poder de sacudir y soltar esa vestidura de carne, como el viento hace volar las cortinas de una tienda. La droga no tenía ninguna acción discriminatoria, no era ni diabólica ni divina; se limitó a derribar las barreras de la cárcel de mi constitución y lo que estaba dentro, salió fuera. En su búsqueda creyó encontrar su particular bálsamo de Fierabrás, eterno reparador. Pero en su brebaje halló su penitencia.

Comencé a presentir el peligro de que si aquello se prolongaba, podría destruirse permanentemente el equilibrio de mi naturaleza, perderse mi poder de cambiar voluntariamente y tornarse en irrevocablemente mío el carácter de Hyde. Todas las cosas parecían indicar que estaba perdiendo lentamente el control de mi yo original y que lentamente se me estaba incorporando mi segundo y peor yo. Adicción, autodestrucción, deriva moral de perversos efectos: un Hyde fortalecido que debilita y acaba sustituyendo al doctor.

 

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