Inteligencia emocional

“MACHÁCALO, HUMÍLLALO, DESTRÓZALO Y SI NO GANAS, AL MENOS TE SENTIRÁS MEJOR”

Este post finaliza la trilogía sobre algunos de los elementos esenciales de la salud mental y que empezó con el artículo de Los padres y madres conseguidores, al que siguió La autoestima y que concluye con este: La agresividad y la conducta violenta.

Tanto el primero como el segundo están íntimamente relacionados con este tercer elemento del que escribo hoy. Unos niños y niñas consentidos, con el umbral del manejo adecuado de la frustración muy bajo van a desarrollar una baja autoestima y es mucho más probable que sean violentos. En este post no voy a entrar a diseccionar los aspectos más profundos, a nivel psicológico, que tienen que ver con la conducta violenta, sino los aspectos más visibles y que podemos manejar mejor.

Hay que empezar aclarando que un niño puede ser agresivo, sin ser violento, aún cuando estos dos aspectos están íntimamente relacionados.

Podríamos decir que la agresividad es una actitud y la violencia es una conducta. Hay miradas o gestos agresivos que no acaban en una pelea o en una acción violenta. La pelea es la conducta violenta que manifiesta una agresividad no  resuelta.prevencion-violencia-g

También hay que mencionar que la actitud agresiva que puede manifestarse como fastidio o malestar ante algo que deseamos y que por las causas que sea, no conseguimos,   se puede considerar natural y sana. Eso implica que sentimos de forma correcta, que nos interesa conseguir ese objeto o llegar a esa meta y tenemos una disposición para lograrlo. El problema aparece cuando no “admitimos” ese impedimento y desarrollamos una conducta negativa (violenta) para conseguirlo.

No hay que olvidar cuando se analiza una conducta violenta la influencia que también pueden ejercen estos factores:

  • los modelos de influencia.
  • la carga genética.
  • la edad en la que se produce la conducta violenta.
  • El factor cultural (asimilación de la violencia como elemento normalizado).
  • el consumo de sustancias.
  • la falta de reflexión.
  • el no aprendizaje de habilidades correctas para la resolución de conflictos.
  • la percepción errónea de la comunicación o acciones de los demás.
  • que se haya sufrido cualquier hecho traumático.
  • Lesiones neurológicas.

Independientemente de estos factores, podemos decir que este tipo de conducta posee 2 componentes principales y generales que aparecen en cualquier tipo de violenta ya sea de género, entre iguales, a lo diferente, a las cosas, filio-parental, etc.: la frustración y la defensa.

La frustración (adaptativa) es la capacidad de asumir de forma correcta que no podemos conseguir algo, o hacerlo en el momento que lo deseamos.

Un niño con poca tolerancia a la frustración mostrará una actitud agresiva para conseguir su objetivo y por lo tanto mayor probabilidad de desarrollar una conducta violenta.

Por otro lado, el componente defensivo de una situación determinará también la intensidad de esa actitud agresiva.

Si el niño percibe una orden, una norma o una petición como ofensiva (que le “ataca”) su actitud agresiva y posible respuesta violenta estará determinada como defensa ante esa supuesta “agresión”: pegar, insultar, romper cosas, etc. También hay que aclarar que la defensa ante una agresión es una respuesta natural (instintiva) de protección. El problema surge cuando se utiliza la violencia como respuesta ante algo que no es un “ataque” o lo hago de manera desproporcionada. Veamos unos ejemplos:

Cuando un niño desea un juguete y los padres deciden no comprárselo aparece la actitud agresiva: una mirada de rabia o tensión corporal, (por ejemplo) y la conducta violenta: insultar, pegar, etc.

 En este caso podemos decir que aparece una conducta violenta donde el principal factor que la provoca seria la poca tolerancia a la frustración seguida, en menor medida, por el componente defensivo, es decir los padres son los “malos” por que me quieren fastidiar y “atacan” al niño por que no le quieren comprar ese juguete. Se podría establecer un porcentaje de influencia mayor del primer factor frustrante sobre el defensivo.  Por lo general, esta preponderancia es habitual en la infancia más que en la adolescencia.

Un segundo ejemplo: cuando a un adolescente no le dejan salir más tarde de la hora asignada. La percepción de que lo hacen para fastidiarle y que no le dejan salir mas tiempo porque no les da la gana hace que el factor defensivo adquiera mas importancia que el de la frustración ya que se ve en muchas ocasiones a los padres como “enemigos” que le impiden hacer algo por que les fastidia verle disfrutar. Siendo el componente de la frustración en este caso secundario. El factor defensivo, en líneas generales, es mayor en la adolescencia que en la infancia.

Por lo tanto y siguiendo esta premisa el control de este tipo de conducta vendría principalmente determinado por el manejo adecuado de estos dos factores. Hay que analizar cuál de los dos es el que mas influye en la conducta violenta en concreto para abordarlo en primer término. Es decir, si vemos que esa conducta tiene como factor principal el defensivo conseguiremos que disminuya, la agresividad, creando una situación en la que el niño o adolescente no se sienta “atacado”.

Si el factor principal, en cambio, es el de la frustración, eliminaremos la conducta violenta creando una mayor tolerancia a la frustración y asimilación correcta de esa pauta o norma.

 Los niños o adolescentes con buena tolerancia a la frustración y que analizan e interpretan correctamente la comunicación o la situación y no se “sienten atacados”, de forma general solo reflejan, ante un deseo no satisfecho, una conducta agresiva de baja intensidad o adaptativa, como puede ser la tensión corporal, las miradas agresivas, verbalizaciones poco intensas (“vaya rollo”) etc., pero es muy poco probable que desarrollen finalmente una conducta violenta.

Por lo tanto para el control de la conducta violenta habrá que argumentar y aclarar  de forma natural y sincera (siempre teniendo en cuenta: la edad, su nivel de comprensión, etc.) porque no se le permite hacer eso en concreto que le hemos dicho, para que vaya asumiendo mejor la frustración que supone el no conseguir su deseo. Es importante hacerlo desde el inicio de la infancia (a partir de los 2 años) ya que es a esta edad donde empiezan a poner a prueba los límites educativos familiares.

Con el factor defensivo habrá que actuar de manera que el niño o adolescente no sienta que lo que se dice o lo que se le pide es un ataque hacia él y del que, por lo tanto, no se tiene que defender.   1438764181_034952_1438767931_noticia_normal

El titulo que ilustra el post se lo oí a un padre que hablaba a su hijo de 10 años antes de un partido de fútbol. Muchas veces nos escudamos en que vivimos en una sociedad violenta, pero ¿quién forma la sociedad?

 

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