Inteligencia emocional

Lo que aprendí del perdón y la reconciliación

Cuando a principios de año recibí la invitación de Manu Arrue, sj para participar en el proyecto las Escuelas de Perdón y Reconciliación (ESPERE) que la Compañía de Jesús quiere iniciar en el Loiola Zentroa del Santuario de Loiola algo me empujó a decir que sí, a pesar de que éste está siendo un curso especialmente duro con muchas clases, una asignatura nueva, etc. La formación inicial sonaba atractiva. Se nos decía que eligiéramos una herida que no estuviera muy sangrante para iniciarnos en la metodología. Se insistía en que no se trataba de una formación teórica sino de algo experiencial. Una conoce sus cicatrices y siempre queda la ligera duda de si están tan bien cerradas como crees… En cualquier caso, estoy convencida de que profundizar en el perdón es la mejor medicina…

Al acabar la formación inicial a quienes estamos dispuestos a acompañar talleres se nos dio la posibilidad de complementar la experiencia con un curso online de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya . Cada lectura, cada vídeo, cada tarea ha aportado un granito. Me ha mostrado una cara sobre el tema. Me ha hecho plantearme o replantearme alguna cuestión. Voy a destacar aquí algunos de los principales aprendizajes para mí, o los que me resultan más relevantes en este momento vital. Me voy a centrar, sobre todo, en el perdón.  Sobre la reconciliación únicamente diré que no es posible sin el perdón. Son procesos diferentes y no se pueden forzar; el perdón no necesariamente lleva a la reconciliación pero sí es un requisito imprescindible.

El perdón no es un acto, un suceso, es un proceso, sobre todo con uno mismo. Exige tiempo, mucha valentía y sinceridad con uno mismo y con los demás. Al igual que sucede con el duelo no hay un tiempo estándar, no hay tiempos máximos ni mínimos. Depende de la persona, de la ofensa, de quien la ha infligido, del momento, de las circunstancias… de tantos factores… Y no siempre son los mismos ni en la misma medida… Me ha resultado muy enriquecedor escuchar o leer experiencias de personas que han sufrido ofensas muy importantes, han seguido su proceso y han logrado perdonar e incluso se han acercado a la persona ofensora.

Casarjian (s/f, p.56)nos da unas interesantes claves:  “Perdonarnos a nosotros mismos es el proceso de: 1) reconocer la verdad; 2) asumir la responsabilidad de lo que hemos hecho; 3) aprender de la experiencia reconociendo los sentimientos más profundos que motivaron ese comportamiento y los pensamientos que hacen que nos sintamos culpables y continuemos juzgándonos; 4) abrirnos el corazón a nosotros mismos y escuchar compasivamente los temores y las peticiones de ayuda y valoración que hay en el interior; 5) cicatrizar las heridas emocionales atendiendo a esas peticiones de maneras sanas, amorosas y responsables, y 6) poniéndonos del lado del Yo y afirmando nuestra inocencia fundamental. Puede que seamos culpables de un  comportamiento determinado, pero nuestro Yo esencial es siempre inocente y digno de amor”. Somos personas dignas de amor, el amor es la clave. Y el amor empieza por el amor a uno mismo. Al decir esto pienso en una escena de la película Angel-AMira en el espejo, ¿qué es lo que ves?

Todas las ofensas son importantes porque han causado una herida. Una herida mal curada puede causar muchos problemas, aun siendo aparentemente muy pequeña. Ofendemos y somos ofendidos. Nos causan dolor y causamos dolor y no siempre es por maldad. Hay ocasiones en las que ni siquiera somos conscientes del mal que hemos hecho o de lo que ha supuesto para la otra persona. Las ofensas dejan cicatriz pero hay belleza en las cicatrices. Al fin y al cabo… qué es la belleza. Las personas más bellas, para mí, son aquellas que lucen sus cicatrices, sin exhibicionismo, sin rabia, sin rencor, con elegancia y serenidad.

Quien perdona es la víctima. Como dice Etxeberria (2001: 14): “Quien perdona, en su sentido más estricto, es, según se acaba de avanzar, la víctima, quien ha sufrido injustamente un daño (corporal, psíquico, simbólico-cultural o material) provocado intencionadamente por otra persona a la que, en genérico, llamaré ‘victimario’. Nadie puede perdonar a éste por delegación no otorgada, sustituyendo a quien ha recibido la ofensa “. Hay ofensas que son imperdonables porque son irreparables: el asesinato, la tortura, el genocidio, etc.

Hannah Arendt acuñó la expresión de la “banalidad del mal” haciendo referencia a que el mal es algo en lo que todos podemos caer; cualquiera puede cometer la brutalidad más tremenda, no es necesario un corazón cruel o unas intenciones perversas, basta con dejar de preguntarse y discernir.  Morgado Bernal (2018) añade una visión interesante, “acostumbrarse a vivir con el mal no necesariamente significa banalizarlo. Si así fuera, quienes vivimos en países desarrollados también lo haríamos al aceptar con cierta normalidad el estado de pobreza y calamidad en otras partes del mundo e incluso en nuestro propio entorno, pues no dejamos de tomar un café caliente con tarta de manzana en una cafetería porque haya un pobre mendigo muriéndose de hambre y frío junto a su puerta. Lo hacemos, no porque creamos que eso no es algo malo, sino porque remediarlo es algo que en general consideramos fuera de nuestro alcance”.

Perdón no es olvido. El perdón lo que nos trae es una nueva visión sobre los hechos y las personas. Para cambiar el relato hay que trabajar, además de con la memoria, con el pensamiento y las emociones. Y una vez más, para esto la clave es el amor. Me gusta mucho la viñeta de Gibi y Doppiaw (Autor: Walter Kostner) que abre este escrito. Para mí representa lo que es el perdón: transitar por el dolor para llegar al amor (a uno mismo y a los demás).

García Higuera (2010) señala unas etapas que hay que recorrer (puede que sea necesario volver hacia atrás y pasar de nuevo por alguna de ellas) para perdonar: 1) análisis y reconocimiento del daño sufrido; 2) elegir la opción de perdonar; 3) aceptación del sufrimiento y de la rabia; 4) establecer estrategias para autoprotegerse; y 5) una expresión explícita de perdón.

Para terminar, me quedo con uno de los primeros vídeos del curso “Perdonar. 7 mil millones de Otros”, , en el que se muestran testimonios muy diversos de personas de diferentes países.. Cada uno somos un mundo. A unos les cuesta más perdonar a otros menos. Todos tenemos heridas, todos causamos heridas. ¿Qué elijo yo aquí y ahora? ¿Perdono o alimento mi herida? ¿Me aferro a la rabia, la culpa, el miedo, la tristeza, etc. o me doy y doy una nueva oportunidad? ¿Estoy dispuesta a transitar por el dolor para llegar al amor?

Bibliografía

Un pensamiento sobre “Lo que aprendí del perdón y la reconciliación

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