Inteligencia emocional

Palabras para el corazón

El otro día presencié una de esas escenas que te encogen el alma, de esas en las que no sabes si es mejor intervenir o no. Opté por alejarme y no he parado de darle vueltas porque me invadieron la rabia y la tristeza.

Estábamos en la parada de autobús y llegaron un padre y un hijo adolescente de unos catorce o quince años. Ante un comentario del hijo sobre el peso de una de las bolsas que llevaban con compra el padre le empezó a insultar en un tono muy alto y no dejaba de gritar groserías. Al principio el hijo se defendía pero llegó un momento en que calló y se quedó cabizbajo. Desde fuera la reacción del padre era claramente desmedida y muy poco afortunada. Cuesta escuchar a un padre decirle a su hijo semejantes burradas y no intervenir… Llegó a decirle ‘eres el peor hijo’. Y no era sólo lo que decía sino la carga emocional con la que lo hacía… ¡Devastador! Las palabras son un arma de doble filo y hieren más que un cuchillo. Dejan cicatrices invisibles que el tiempo no cura y que nunca se sabe cuándo se pueden reabrir. ¡Qué fácil resulta atacar a alguien! ¡Qué sencillo herir a quienes más conocemos! Hace tiempo escribí sobre una foto que daba un sabio consejo… Antes de hablar piensa [THINK, por las iniciales de las palabras en inglés: T- ¿Es cierto?;  H- ¿Ayuda?; I- ¿Es inspirador? ¿Es positivo?; N- ¿Es necesario?; K- ¿Es amable?]. En el caso señalado todas las respuestas eran negativas… Entonces ¿para qué? Seguramente no había  un para qué  más allá de un desahogo… ¿Y el chaval? ¿Qué pudo aprender de esa situación? ¿Qué modelo de relación y comunicación estaba viviendo? No dejo de pensar…¡Qué mal se tenía que sentir!

En más de una ocasión he comentado que soy una firme convencida del Efecto Pigmalión, que habla sobre la fuerza que tienen sobre nosotros las expectativas que otros tienen y nos transmiten. Este efecto funciona tanto en positivo como en negativo, por eso es muy importante cuidar los mensajes que lanzamos, consciente o inconscientemente, con palabras y también con gestos. Los padres, las madres, así como las y los educadores,  jugamos un papel decisivo en la autoestima de nuestros hijos e hijas y en el desarrollo de sus destrezas. Todo ser humano es un diamante en bruto lleno de posibilidades. Hay que educar  la mirada para ver más allá de lo que las personas son e intuir qué pueden llegar a ser. Es terrible que quien se supone que te ama incondicionalmente te haga sentir pequeño, insignificante, e incluso malo…

Ahora que mis hijos ya no son unos niños echo la mirada atrás y de lo único que me arrepiento es de las veces en las que les he chillado sin control, las veces en las que mi frustración o cansancio ha hablado más alto que el amor que les tengo. Esas ocasiones en las que mi niña interior se ha descontrolado y ha perdido los papeles… Menos mal que he aprendido a morderme la lengua antes de decir algo que pueda dañar a otra persona. Aunque he de reconocer que no lo consigo al cien por cien. Eso sí, soy muy consciente de que es fundamental ser especialmente cuidadosa con las personas más cercanas ya que con ellas nuestros dardos son mucho más certeros y el daño es más profundo.

Cambiemos la perspectiva… Miremos de una forma nueva a las personas. Hablemos desde y para el corazón. Aprendamos a decir con convencimiento… Corre, vuela, no te detengas…

 

 

 

 

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