Inteligencia emocional

Sobrevolando realidades

Como la pluma que sobrevuela los tejados y las calles de Savannah, Georgia, mecida por una suave brisa, flotando,  trazando espirales ascendentes, dejándose caer y remontando el vuelo una y otra vez hasta hacer uno rasante al suelo y acabar posándose en las embarradas zapatillas deportivas de  Forrest Gump quien la recoge con delicadeza y, tras observarla atentamente, la introduce con cuidado en el viejo libro de cuentos que su madre le leía cuando niño mientras espera el autobús, siento que la vida me ha mecido, a veces zarandeado y otras casi absorbido por algún ciclón, trazando espirales ascendentes, dejándome caer y remontar el vuelo una y otra vez hasta hacer uno rasante al suelo para, al menos por ahora, tras haberme recostado en el fango, acabar siendo recogido con delicadeza, observado atentamente e introducido con cuidado en un corazón de oro.

Además de sentirme más que afortunado por haber llegado hasta aquí, constato que junto a los primeros vientos que me llevaron a su voluntad de un lado a otro, las trayectorias de los vuelos posteriores fueron fruto de decisiones íntimas, queridas y asumidas, en ocasiones quizás no muy meditadas, muchas acertadas, algunas erradas, pero mías al fin y al cabo.

Nací en una república que fue parte de un imperio hasta algo menos del primer cuarto del siglo XIX, básicamente porque mi madre estaba allí ciento cuarenta años después… Con diez años, sin contar con mi parecer, me llevaron a otro continente, a una ciudad en una región dentro de un país cuyo régimen político se definía como una dictadura. Cuatro años después, murió el dictador y en poco tiempo pasó a ser una democracia parlamentaria, cuyo Jefe de Estado sería un rey. Una vez más sin poder decir yo nada. Dos años después del cambio de régimen, mi madre moriría y uno más tarde mi padre volvería a las américas… Yo todavía sigo aquí. Tuve que aceptar todas aquellas etapas externas a mí y adaptarme a cada una de ellas sin apenas rechistar… Hasta que pude empezar a participar en las decisiones  de mi vida cuando no tuve más remedio: al cumplir los diecisiete años.

Tarde o temprano acabamos llegando a esa estación vital. En ese frío andén es cuando y donde aprendemos a reconocer – o descubrir – lo que hemos aprendido en casa, en la escuela, con nuestras amistades, a través de nuestra experiencia… Y desde aquí, elección tras elección, vamos incorporando los errores y los aciertos para continuar el camino.

Según Abraham Maslow a través de su famosa teoría denominada como su pirámide, (La pirámide de Maslow) se enuncia la jerarquía de las necesidades humanas y cómo satisfacerlas, yendo desde las más básicas hasta las más complejas.

Empezamos por buscar cómo satisfacer la necesidad de, y aprender a, mantenernos vivos (necesidades fisiológicas): respirar, beber agua, alimentarnos, dormir, eliminar los desechos, evitar el dolor, etc.

En el segundo nivel buscamos la seguridad y protección: la salud, el trabajo (ingresos mínimos y recursos), el equilibrio moral, familiar y de la propiedad.

Un paso más arriba nos encontramos con las necesidades relativas a nuestro ser en un entorno social, a nuestro mundo de relaciones más allá de nosotros mismos, a ser parte de una comunidad [necesidades sociales (afiliación y afecto)]: asociación, participación, aceptación, amor, afecto, pertenencia o afiliación a un cierto grupo social.

El cuarto escalón de esta pirámide consiste en cubrir nuestras necesidades de estima o reconocimiento, subdividido a su vez en las relativas a nuestra capacidad de respetarnos y aceptarnos a nosotros mismos (confianza, competencia, maestría, logros, independencia y libertad) y de serlo por los demás (atención, aprecio, reconocimiento, reputación, estatus, dignidad, fama, gloria, e incluso dominio). De hasta dónde consigamos satisfacer estas necesidades dependerá en gran medida la seguridad en nosotros mismos y la percepción de nuestro papel en la sociedad en la que vivimos.

La cúspide de la pirámide, siempre según Maslow, la ocupa la búsqueda de la justificación o del sentido válido de la vida (necesidad de autorrealización personal) llegando a este nivel cuando todas los demás necesidades han sido alcanzadas: espiritual, moral y la búsqueda de una misión en la vida.

Esta teoría, desarrollada tras la Segunda Guerra Mundial, parecía mantener su vigencia y consistencia  hasta los albores del siglo XXI, particularmente en el mundo occidental desarrollado: todo apuntaba a que las lecciones de las dos guerras mundiales habían sido suficientemente aprendidas e interiorizadas.

Con la proliferación de las redes sociales y la explosión de la difusión de la información a escala mundial empezamos a conocer mucho más de lo que creíamos saber. En la década de los noventa se lanzan campañas internacionales de sensibilización, concienciación y acción en torno a las inmensas desigualdades sociales y riesgos medioambientales hasta entonces poco conocidos por el gran público.

Según el Banco Mundial:

El mundo cumplió la meta del primer objetivo de desarrollo del milenio de disminuir a la mitad para 2015 la tasa de pobreza registrada en 1990, lográndolo en 2010, cinco años antes del plazo previsto.  Pero pese a los avances en la reducción de la pobreza, la cantidad de personas que viven en condiciones de pobreza extrema en el mundo sigue siendo inaceptablemente alta. Además, si se tienen en cuenta los pronósticos del crecimiento mundial, el ritmo de reducción de la pobreza tal vez no sea suficientemente rápido para alcanzar la meta de poner fin a la pobreza extrema a más tardar en 2030.

Si bien es cierto que estamos mejor que hace veintiocho años, un 10% de la población mundial (735,9 millones de personas) vive con menos de 1,90 dólares USA diarios (1,67 EUROS/día – línea de corte para la pobreza extrema), mayoritariamente en el África subsahariana y Asia meridional. Resultaría interesante conocer cuántas personas lo hacen con menos de 24,53 EUROS/día – nuestro salario mínimo interprofesional 2018: los porcentajes se dispararían alarmantemente.

Según ACNUR más de 68,5 millones de personas viven desplazadas a la fuerza.

¿Podrá alguna de estos más de 805 millones de personas, algún día, escalar al menos uno de los peldaños de la pirámide de Maslow? ¿Podrá ser alguna de estas causas, quizás más cerca de lo que creemos, recogida con delicadeza, observada atentamente e introducida con cuidado en nuestro corazón?

Forrest Gump Opening Scene – Alan Silvestri introduction

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