Inteligencia emocional

Excluidos de la felicidad

La noche del 18 al 19 de octubre, una noche fía y a ratos lluviosa, participé en el recuento nocturno de personas que duermen en la calle que se llevó a cabo de manera simultánea en 26 municipios de la CAPV. Se trata de una acción que viene realizándose desde el año 2010 y forma parte de un amplio estudio sobre la situación de las personas que padecen exclusión residencial grave.

Esta actividad ha sido realizada en el marco del Protocolo de colaboración institucional para la investigación, seguimiento y análisis de las situaciones de exclusión residencial grave en la CAPV. Su principal objetivo es establecer un marco estable de colaboración con relación a las actividades de investigación, reflexión y análisis del fenómeno de la exclusión social severa.

Los primeros datos revelan que en nuestro territorio esa noche durmieron en la calle 435 personas, 390 hombres y 26 mujeres, en 19 casos no se pudo determinar el sexo. Se trata de personas que, o bien se encuentran viviendo literalmente sin techo, o bien permanecen temporalmente en algún recurso con alojamiento.

La cuestión es que estas personas no sólo sufren exclusión residencial grave; sin techo, sin vivienda, con vivienda insegura y con vivienda inadecuada, sino que además y esto es lo que no se analiza suficientemente, sufre exclusión del bienestar emocional y por tanto, exclusión de la felicidad.

Esta es una cuestión que Eduardo Bericat (2016) ha estado analizado en los últimos años y que ha plasmado de manera magistral en su libro Excluidos de la Felicidad. La estratificación social del bienestar emocional en España en el que me inspiro para escribir este post. Bericat en este extraordinario estudio sienta las bases para una teoría de la felicidad, y por lo tanto de una teoría sociológica de la infelicidad.

Nos viene a decir que todas las sociedades constituyen en diferentes épocas unas condiciones existenciales características de tal manera que la felicidad de cada cual está íntimamente ligada tanto a las condiciones del entorno como a la felicidad de los demás.

Ésta es una época postmoderna que no sólo ha generado gran malestar colectivo y compartido, sino que ha establecido los mecanismos para que sea considerado como un malestar personal. De esta manera, las personas recurren a múltiples tipos de terapias para tratar de resolver cada cual a su manera. El problema político derivado de esta cultura estriba en que, si el individuo es el único responsable de su felicidad, también es el único culpable de su sufrimiento.

Cualquier sociología de la felicidad ha de partir de la siguiente premisa; la voluntad y la capacidad de las personas para labrarse por sí mismas la felicidad está sujeta a muchos límites. El bienestar subjetivo no depende exclusivamente de cada cual, sino también de las condiciones sociales que afectan a cada sujeto. Por eso es por lo que han de estudiarse los problemas causantes del malestar emocional de la población para diseñar políticas públicas orientadas a su erradicación (Bericat 2016).

Eduardo Bericat incluye en su obra el índice de bienestar socioemocional (IBSE) que constituye un nuevo modelo de medición de la felicidad. Se trata de un indicador compuesto, de medida multivariable y multidimensional, está basado en un modelo hedónico puro para observar los estados emocionales, y es compatible con la concepción del buen ánimo.

La exploración, validación e interpretación del modelo analítico (basado y contrastado con la Encuesta Social Europea), ha llevado al descubrimiento de este modelo analítico de la felicidad compuesto por cuatro dimensiones que muestra que el grado de bienestar socioemocional experimentado por un individuo está condicionado fundamentalmente por estas cuatro dimensiones; cantidad de Estatus que disfrute en el contexto de sus redes e interacciones sociales, el grado de Poder social que ostente (cantidad de recompensas que adquiera de los demás en función de sus recursos y del grado de control que ejerza sobre las distintas situaciones de su vida), la naturaleza de las Situaciones de su vida, es decir, los rasgos que las caracterizan objetivamente, y por ultimo, el factor Personal, la fortaleza del yo determinada por todas sus capacidades personales, aptitudes, actitudes, valores, experiencia pasada, sabiduría existencial, o de su resiliencia.

Tal como Bericat expone, estas cuatro dimensiones o factores son capaces de captar una buena parte de las estructuras afectivas que pueden llegar a configurar el buen ánimo o la felicidad de los seres humanos. Así, los sentimientos de depresión y soledad están muy vinculados al estatus del individuo; los de tranquilidad y energía emocional a su poder, la felicidad y disfrute de la vida reflejan las condiciones objetivas de la situación; y el orgullo y optimismo son indicios y fundamentos de la fortaleza y de las capacidades de la persona. A cada dimensión le corresponde un determinado tono vital.

En suma, en contra de la idea popular sustentada en el sentido común y en determinadas ideologías interesadas en subrayar que todos los individuos, independientemente de su posición social, pueden si así se lo proponen ser o llegar a ser igualmente felices, los datos obtenido por el estudio demuestran, fuera de toda duda, que la felicidad está muy desigualmente distribuida. Esta conclusión nos enfrenta a la necesidad de analizar y conocer en detalle la estratificación social de la felicidad.

Según este estudio, en España, la puntuación máxima de felicidad alcanza una puntuación de +96,7, sin embargo, la mínima desciende hasta -186,5, lo cual significa que se puede sufrir profundamente y caer en la depresión y la infelicidad mucho más que permanecer alegres y felices.

Si tenemos en cuenta los datos del recuento al que aludo en este post (435 personas que duermen en la calle) y sumamos todas aquellas personas y familias que se encuentran en situación de precariedad y vulnerabilidad social (35.500 hogares vascos tienen en paro a todos sus miembros), podemos hacernos una idea sobre la cantidad de personas que se alejan de las condiciones de felicidad ideales.

Sobre todo, si ponemos el foco en la infancia, en Euskadi, la tasa de pobreza infantil es superior a la de la población general, y la tasa de pobreza infantil relativa sigue siendo muy alta, un 20% mayor que la general.

No cabe duda de que la pobreza y todas aquellas situaciones de precariedad a las que se ven abocadas miles de familias, tiene un fuerte impacto negativo en la vida y las oportunidades de desarrollo de los niños y niñas a largo plazo. Quedarán excluidos y excluidas de la felicidad.

Volviendo al estudio de Bericat, tengamos en cuenta que la situación socioeconómica de los países evoluciona a tenor de sus avatares históricos y cambios en las circunstancias políticas, económicas o morales que les afectan. El bienestar emocional que disfrutan los ciudadanos de un país no es un hecho casual, sino que depende de muchos factores y de los rasgos característicos de cada sociedad.

Personalmente estoy de acuerdo con Eduardo Bericat en que nuestra perspectiva social no se identifica con una concepción individualista y psicoterapéutica que trata de convencernos de que si las personas se lo proponen pueden alcanzar la felicidad. Creemos que hay problemas sociales reales que provocan infelicidad y que la voluntad individual tiene sus limitaciones, puesto que, aunque las personas somos agentes activos con gran capacidad de acción, con voluntad y fortaleza, nos topamos muchas veces con obstáculos insalvables que exceden con mucho a todas esas capacidades y fuerzas.

Potenciar la fortaleza del yo para enfrentarse a las duras condiciones de la vida es muy deseable, pero creer que las personas pueden resolver por sí mismas sus problemas, es creer que la felicidad está siempre al alcance de la mano, constituye un discurso social peligroso de dudosa verosimilitud e intencionalidad ideológica que responsabiliza al individuo de todos sus males.

Partiendo de esta teoría sociológica de la infelicidad existen tres dimensiones fundamentales que relacionan los rasgos característicos de una determinada posición social y los niveles y estructuras afectivas de la felicidad; la falta de dinero y carencia de todo tipo de recursos, la falta de respeto y mala calidad de las relaciones sociales y la falta de sentido, el vacío funcional que una persona experimenta en función de su actividad social.

En cuanto al colectivo de Personas sin Hogar, o Personas en Situación de Exclusión Residencial a las que me refería al comienzo del post, constituyen un grupo de población en el que resulta difícil analizar sus condiciones de vida y más aún sus niveles de bienestar emocional y de felicidad. Si atendemos a los factores en los que se fundamente el estudio de Eduardo Bericat, nuestra sociedad no trata ni valora con respeto a todas estas personas, tienen un mínimo novel de integración y de participación social, sus actividades son únicamente aquellas que les permiten subsistir y satisfacer las mínimas necesidades vitales, y no siempre, no podemos decir que su actividad vital pueda dar sentido a sus vidas personales, son pobres, tienen una permanente carencia de recursos económicos con los que afrontar la vida, la imposibilidad de poseer una vivienda digna les enfrente a mil y uno avatares, además de no poder realizar un proyecto vital.

En definitiva, el problema moral y humano que plantean determinadas ideologías, políticas y decisiones socioeconómicas que promueven unos determinados modelos de exclusión/integración social y sus penas emocionales asociadas, que una sociedad permita que miles (por no decir millones) que niños y niñas no sean felices en su temprana edad, y que por tanto posiblemente tampoco lo sean de mayores no es ética ni moralmente aceptable.

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