Inteligencia emocional

Casualidades, versiones, equívocos … El poder de un relato

De la A a Z, las casualidades salpimientan lo más importante de mi vida. Lo han hecho, lo hacen, lo seguirán haciendo. Desde mi barrio a las personas que me he ido cruzando y que hacen de mis mundos, sitios más humanos, más habitables, más amenos. También por casualidad comencé a participar en este blog,

Pero para esas casualidades afortunadas, tienes que prepararte. No basta con “estar ahí” en el momento oportuno, “en el instante preciso”

También para los imprevistos. Nunca los valoramos lo suficiente. Difícil tolerar lo incierto. Imposible vacunarse.

Perdido entre las estanterías de una librería, entre la caja y mi tarjeta de crédito se interpone una tentación imposible de vencer: “Américo Vespucio: relato de un error histórico” de Stefan Zweig (Acantilado, febrero 2019). ¡Emboscada! ¡Ríndete! 

¿Te has preguntado alguna vez por qué América se llama como se llama? ¿Por qué el “nuevo mundo” se llama América y no de otra forma? ¿Por qué, si Vespucio nunca pretendió bautizarla ni fue el primero en arribar a aquellas tierras? ¿Obedecerá su nombre, como parece indicar el título, al relato de un “error histórico” o se tratará -una vez más- de un “título gancho”, marketing para captar compradores? ¿Será fruto del azar o de la casualidad?

Como es costumbre en este lugar -a la librería me refiero-, evito la tentación de la única manera que me es conocida: cayendo en ella. Y obstinado, me sumerjo en la lectura del relato.

Escrito de forma magistral como fue costumbre en él, y publicado póstumamente, “Zweig reconstruye las circunstancias, casualidades y malentendidos que explican el extraño error que inmortalizó a Vespucio”

Pongámonos en contexto. Abandonado el derrotismo milenarista (seguimos vivos después del año 1000 -afortunadamente también después del 2000-) llegar a las indias se ha convertido en una obsesión.

¿La trama? Tejida por una equivocación, salpimentada de avaricia, cuarto y mitad de arrogancia …

La mala traducción de un apellido (¡ay!, “traduttore traditore” …). El olfato comercial de un impresor convencido del interés clientelar por los relatos de viajes (¿animado por eso de “no dejes que los hechos desmonten tu historia?”). Y la simpatía de un coro de eruditos que ven en ese Vespucio que escribe en latín a “alguien de los suyos” por escribir en tal idioma (siempre hay sitio para la arrogancia intelectual).

Un toque dramático para acabar con el coctel -toda figura heroica necesita su contrapunto. “Hagamos que ambos cohabiten en la misma persona”. Rey y vasallo, héroe y canalla.

Un relato. ¿Histórico? ¿Casual? ¿Equívoco? Potente, desde luego. ¿Fue verdad? ¿” Es real la realidad”? Como diría Watzlawick, “La manera más peligrosa de engañarse a sí mismo es creer que existe una sola realidad. Existen innumerables versiones de la realidad y pueden llegar a ser muy opuestas entre sí. Todas ellas son el resultado de la comunicación”.

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