Inteligencia emocional

Los días raros

Hay canciones con alma. Como sueños que no te dejan dormir. El alma de quienes las compusieron y de quienes las interpretan. También la tuya cuando queda secuestrada entre sonidos, acordes y palabras.

Las descubres cuando -de repente- reparas en que la gente te mira porque … ¡estás tarareando a voz en grito! Wherever you are! Con cada escucha, se refuerza su magnetismo. Cada vez que alguien le presta sus oídos, crece.

“Los días raros” de Vetusta Morla es una de ellas. Me agita “como un lazo en un ventilador”. Despierta todos mis sentidos. Rabiosamente actual. “Quién nos iba a decir que sin carbón no hay Reyes Magos”

Mi mente de mono agitado salta de sinapsis en sinapsis. Llega a “El futuro se vistió con el traje nuevo del emperador” Y se detiene.

Fue hace unos años. Octubre 2007, en el teatro Arriaga. “Opera Txiki” programada por la ABAO. Asistimos a la representación de esta obra del danés Hans Christian Andersen. Lleno a rebosar. Niñas y niños imantados en sus butacas por la ópera. Magnetismo musical. Cero barullos.

Todos los cuentos encierran su moraleja. Éste, no podía ser menos.

Hace muchos, muchos años vivía en su reino un discreto monarca. Discreto, ¿En todo? Bueno, en todo no: su vestuario era su mayor preocupación. ¡Vanitas vanitatis! Presa de esta desmedida pasión, cae en las argucias de unos pícaros quienes le seducen con “la tela más suave y delicada que pudiera imaginar”. Un tejido sólo evidente para elegidos por su aristocrática inteligencia. Invisible para necios.

Por supuesto, ese mágico tejido no existía más que en la imaginación del monarca.

El pueblo -sabedor de las “excelencias” del traje- ardía en deseos de verlo. Y el vanidoso rey de mostrarlo. Así lo hizo en un desfile. Todo el reino alabó el traje, temerosa de que sus vecinos se dieran cuenta de que no podían verlo. Hasta que alguien dijo: «¡Pero si va desnudo!»

El comentario corrió como la pólvora. La gente empezó a cuchichear hasta que la multitud gritó lo obvio: que el emperador iba desnudo.

Todavía resuenan las carcajadas de la chavalería al ver desfilar al engañado emperador por el patio de butacas. Vestido de ridícula vanidad.

Hoy, también vivimos días raros. Paseábamos por las avenidas del XXI envestidos con nuestras mejores galas. Como el emperador. Desfilábamos, como el protagonista del cuento de Andersen, con las mismas telas. Hasta que esta sindemia nos colocó ante el espejo.

Y -de la noche a la mañana- nos reconocimos desnudos. Porque las telas que nos protegían no eran tales. Y nos vimos con su misma fragilidad. Con su misma desnudez. Y llegaron días raros. Como éstos …

Un pensamiento sobre “Los días raros

  1. Sergio

    Muy bien traído. No la deseo, pero esta pandemia igual trae un pan debajo del brazo. Igual acabamos descubriendo que cosas que creíamos que necesitábamos y en las que basábamos nuestra fortaleza, nos estaban en realidad ocultando que nuestra fortaleza no depende de formas que aparecen y desaparecen, verdades que no lo son, sino de algo mucho más estable que esta dentro de nosotros.

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