Inteligencia emocional

San Valentin 2022: ¿y si hablamos de soledad?

Cuando mi compañera Arantza Etxaniz nos envía las fechas de publicación suelo apuntarlas con cierta rapidez para evitar olvidos… Pero en esta última ocasión la suerte quiso que una de las que tenía asignado publicar fuera justo hoy, el Día de San Valentín, una jornada en la que muchas personas van a poner el foco en las relaciones de pareja, que nos hacen sentir especialmente acompañados. Por eso, pensando en qué tema centrar mi post de hoy, resultaba fácil (tal vez demasiado) elegir algo relacionado con el amor y la inteligencia emocional. Pero a medida que iba pensando cada vez me resultó más sugerente relacionar amor con soledad no deseada, recogiendo en parte su guante de un post titulado: Bailando con la soledad. Espero que os resulte, también, sugerente.

CORAZONES SOLITARIOS.

Perfil de edad de las personas que viven solas. INE, 2020.

¿Cuantas personas se sienten solas? ¿Cuantas van a sentir cierto dolor por no tener pareja? ¿Qué perfiles tienen los unos y los otros? Según el Eustat a 1 de Enero de 2019 el 12% de la población vasca vive sola. Además un estudio del Observatorio de la soledad de ‘la Caixa’ muestra que tanto la percepción de soledad (en su dimensión emocional) como el riesgo de aislamiento social (la falta de amigos) afectan a una de cuatro personas adultas en nuestro país. Si se combinan ambos aspectos, vemos que un 43,6% de los participantes en el estudio se encontraban en riesgo de aislamiento social o bien se sentían solos. Por otra parte según datos de la agencia IPG Mediabrands, en el estado español el número de personas tanto divorciadas como solteras alcanza ya el 36% de la población con más hombres (52%) que mujeres (48%). En total, hay 14,4 millones de personas sin pareja, dos millones más que hace apenas una década.

Perfil del estado civil de las personas que viven solas. INE, 2020.

Por último con respecto a los adolescentes, la “Encuesta sobre factores de riesgo en la escuela de secundaria de 2016″ mostraba que el 27% del alumnado de 13 a 19 años afirma que estuvo solo o sola de manera habitual en los seis meses anteriores. Además, el 6% afirmaba no tener ninguna buena amistad, mientras que el 12,3% se había sentido excluido/a o rechazado/a por el resto de sus compañeros alguna vez durante los 12 meses anteriores.

 

MOVILIZANDOSE CONTRA LA PANDEMIA DE LA SOLEDAD.

Hace un cierto tiempo y, seguramente la pandemia del COVID-19, ha acelerado las iniciativas y los planes para combatir la soledad no deseada. Tanto desde el ámbito municipal como desde otras instituciones públicas y privadas podemos encontrar actuaciones dirigidas tanto a las personas mayores como, en menor grado, para los jóvenes. Ya hace unos años mi compañero Javier Riaño nos hablaba de la creación en el Reino Unido de la Secretaria de Estado para la Soledad. Todo ello fruto de un interés en el problema, así como en una apuesta por aportar recursos comunitarios que puedan ayudar a las personas que viven estas situaciones. En ellas encontramos que las actividades grupales, la acción de personas voluntarias e incluso el papel de los comercios de proximidad están siendo algunas de las propuestas que articulan estos planes.

 

AHONDANDO EN EL FONDO DEL PROBLEMA

¿Qué hace que nos sintamos solos? Creo que un primer acercamiento para responder esa pregunta sería el indicar la combinación de dos factores: la necesidad de comunicación y la cultura de la interacción.

Hay un primer factor más individual que hace que sea el propio individuo el que valore la importancia de la frecuencia y calidad de sus interacciones con los demás. Más allá del papel que otras personas tengan en la satisfacción de nuestras necesidades, cada individuo en cada etapa vital añade algunas o elimina otras. Definimos en ese sentido qué significa en cada momento sentirse solo o acompañado. Un adolescente en su centro educativo, un adulto en su lugar de trabajo o una persona mayor en un recurso residencial pueden sentirse solos, puesto que valoran que las interacciones que tienen en esos contextos no son suficientes para satisfacer sus necesidades de conexión con otros.

El segundo factor que creo relevante tiene que ver con la cultura de la interacción. Me refiero al tipo de modos de relacionarse, a los medios que nos permiten interactuar, a las expectativas o los prejuicios con los que convivimos. La tecnología, por empezar por algún lado, nos induce a equivocarnos con gran facilidad en las relaciones que establecemos a través de ese medio. El doble click, el like o las llamadas sin respuesta forman parte de un nuevo lenguaje de incomunicación. El aislamiento social, propiciado por una progresiva individualización, hace que no veamos con tanta naturalidad las interacciones reales espontáneas. Los espacios comunes, favorecedores en otros tiempos de la comunicación intergeneracional, están desapareciendo, así como los liderazgos sociales que los acompañaban y que cumplían una función de modelado muy útil.

Podríamos hablar de la pérdida de habilidades comunicativas de los más jóvenes, o de la desvalorización social de la vejez. Podríamos pensar en los modelos sociales que replican las redes sociales, así como los estilos comunicativos que fomentan. Muchos factores que influyen en un problema complejo que va en aumento. Hoy solo quería visibilizar la soledad. Disfrutemos de nuestras relaciones, ¿cómo no?, pero tengamos en cuenta que, si bien nacemos acompañados, la propia vida se define por la comunicación hasta el final de nuestros días.

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