Inteligencia emocional

Responder al teléfono

 

Mientras tomo el café matutino miro el antiguo teléfono que tengo enfrente.  Un viejo teléfono negro, de pared, que recuperé de la casa de mis padres. Para hacer una llamada había que hacer girar el disco indicando cada número. Un teléfono que cuando mi hijo pequeño lo vio no sabía cómo funcionaba.

Mientras lo observaba y tomaba el café, pensaba en que tenía que escribir este post. ¿Qué escribir? ¿Qué tema abordar en esta entrada?  Tenía ya algunas anotaciones, algunas ideas que había ido escribiendo, algunas situaciones que me habían hecho reflexionar.

Al ver aquel teléfono me vinieron a la mente muchos recuerdos y además me dieron la pista de lo que podría tratar aquí: ¿Cuántas horas estuve sentado frente a aquel teléfono, escuchando, hablando, conversando con mis amigos y amigas? Era el único teléfono de casa y estaba prohibido acapararlo, todos y todas en casa lo utilizábamos.

El teléfono de pared es un instrumento para escuchar, para conocer cómo se siente la otra persona; pero lo más evidente del uso del teléfono de pared, es que tengo que pararme, detenerme, para estar con la otra persona.  No se trata sólo de escucharle, sino de entrar en ella, de intentar entender el porqué de sus pensamientos, de sus acciones, de sus intenciones.  He ahí la metáfora a la que me llevó el teléfono.

Según Wikipedia, “la inteligencia emocional es un constructo que se refiere a la capacidad de los individuos para reconocer sus propias emociones y las de los demás, discernir entre diferentes sentimientos y etiquetarlos apropiadamente, utilizar información emocional para guiar el pensamiento y la conducta, y administrar o ajustar las emociones para adaptarse al ambiente o conseguir objetivos”.  El concepto que fue popularizado por Daniel Goleman, determina, entre otras características, la empatía.    Cuando hablamos de empatía, no se trata solo de escuchar a otra persona, sino de ponernos en su lugar, conocer cómo se siente, qué emociones siente, por qué las expresa de una determinada manera.

Hemos ido olvidando lo que significa detenernos, pararnos para hablar por teléfono con una persona.  Hemos perdido el hábito de pasar horas sentados en una silla, en el sofá o tirados en la cama, dándole vueltas al cable.  En nuestro día a día, caminamos, conducimos, cocinamos, hacemos otras cosas mientras hablamos por teléfono.  Los teléfonos con cable prácticamente han desaparecido de nuestras vidas, y de igual manera, pocas veces nos paramos a escuchar a alguien, a dar o recibir un abrazo, a compartir un café, a escribir una carta.

Pararse, detenerse a escuchar, a estar con alguien, es ser consciente del efecto mariposa que un pequeño gesto nuestro genera en otra personas y en consecuencia cambia el mundo, cambia el mundo de una persona y como efecto el de otras.  Yo pocas veces soy consciente de ello.   Pocas veces soy consciente de que empatizar es cambiar el mundo.

Ayer, participé en una alubiada solidaria, en la que había unas 100 personas, di dos abrazos con sentido y consentidos. Antes de la comida, una amiga corría de un lado para otro, nerviosa, tenía que organizar cosas y no lograba centrarse, se le veía despistada.  Le pedí que se frenara, que otras personas nos encargábamos, y le dije, ven dame un abrazo, no había palabras, era simplemente “escucharle”, sentir su energía, canalizarla; hacer de antena tierra: empatizar.

Durante el día recibimos llamadas a este teléfono de pared: algunos días más otros menos; a veces directamente, a veces indirectamente; a veces con palabras, a veces solo detalles.   ¿Me paro, me detengo a responder? ¿Empatizo?  ¿Soy consciente que tengo la posibilidad de cambiar el mundo?

La inteligencia emocional, nos habla de ser personas que nos conocemos bien internamente; que sabemos regular nuestros impulsos y nuestras emociones; que tenemos buenas habilidades sociales y generamos confianza en otras personas; que somos capaces de motivarnos a nosotros mismos; y que tenemos empatía.

Visto así se podría pensar que la inteligencia emocional nos habla de ser superhéroes y superheroínas.   En cambio, esta nos permite reconocer que la vida es un camino, un aprendizaje.  Que a veces nos llega esa llamada telefónica y no sabemos responderla a tiempo, pero ejercitándonos lo iremos logrando, tarde o temprano.

¿Vale la pena pararse y responder? Yo me apunto.

 

Referencias

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