Archivo por días: 31 octubre, 2010

Hoy, terror de lo cotidiano. La maravilla de Lovecraft

lovecrafHoy la fiesta de Halloween, a mi me sirve para mirar cada tanto a aquellos libros o cuentos que le√≠ hace bastantes a√Īos atras. Y entre todo lo que pas√≥ por mis manos, siempre recuerdo a Lovecraft.

Howard Philips Lovecraft es algo m√°s para mi que un escritor de novelas y cuentos de terror. Su propuesta innovadona, nos muestra un terror que se aleja de los miedos sobrenaturales para pararnos ante lo cotidiano. All√≠ en cualquier circunstancia y objeto, puede aparecer una historia de miedo. O la propuesta de nuevos espacios… dimensiones.

Y en un d√≠a como hoy de Halloween, le recuerdo. Te dejo uno de sus cuentos. “EL CLERIGO MALVADO” Que lo disfrutes

 

 Un hombre grave que parecía inteligente, con ropa discreta y barba gris, me hizo pasar a la habitación del ático, y me habló en estos términos:

-S√≠, aqu√≠ vivi√≥ √©l…, pero le aconsejo que no toque nada. Su curiosidad lo vuelve irresponsable. Nosotros jam√°s subimos aqu√≠ de noche; y si lo conservamos todo tal cual est√°, es s√≥lo por su testamento. Ya sabe lo que hizo. Esa abominable sociedad se hizo cargo de todo al final, y no sabemos d√≥nde est√° enterrado. Ni la ley ni nada lograron llegar hasta esa sociedad.

-Espero que no se quede aquí hasta el anochecer. Le ruego que no toque lo que hay en la mesa, eso que parece una caja de fósforos. No sabemos qué es, pero sospechamos que tiene que ver con lo que hizo. Incluso evitamos mirarlo demasiado fijamente.

Poco despu√©s, el hombre me dej√≥ solo en la habitaci√≥n del √°tico. Estaba muy sucia, polvorienta y primitivamente amueblada, pero ten√≠a una elegancia que indicaba que no era el tugurio de un plebeyo. Hab√≠a estantes repletos de libros cl√°sicos y de teolog√≠a, y otra librer√≠a con tratados de magia: de Paracelso, Alberto Magno, Tritemius, Hermes Trismegisto, Borellus y dem√°s, en extra√Īos caracteres cuyos t√≠tulos no fui capaz de descifrar. Los muebles eran muy sencillos. Hab√≠a una puerta, pero daba acceso tan s√≥lo a un armario empotrado. La √ļnica salida era la abertura del suelo, hasta la que llegaba la escalera tosca y empinada. Las ventanas eran de ojo de buey, y las vigas de negro roble revelaban una incre√≠ble antig√ľedad. Evidentemente, esta casa pertenec√≠a a la vieja Europa. Me parec√≠a saber d√≥nde me encontraba, aunque no puedo recordar lo que entonces sab√≠a. Desde luego, la ciudad no era Londres. Mi impresi√≥n es que se trataba de un peque√Īo puerto de mar.

El objeto de la mesa me fascinó totalmente. Creo que sabía manejarlo, porque saqué una linterna eléctrica -o algo que parecía una linterna- del bolsillo, y comprobé nervioso sus destellos. La luz no era blanca, sino violeta, y el haz que proyectaba era menos un rayo de luz que una especie de bombardeo radiactivo. Recuerdo que yo no la consideraba una linterna corriente: en efecto, llevaba una normal en el otro bolsillo.

Estaba oscureciendo, y los antiguos tejados y chimeneas, afuera, parec√≠an muy extra√Īos tras los cristales de las ventanas de ojo de buey. Finalmente, haciendo acopio de valor, apoy√© en mi libro el peque√Īo objeto de la mesa y enfoqu√© hacia √©l los rayos de la peculiar luz violeta. La luz pareci√≥ asemejarse a√ļn m√°s a una lluvia o granizo de min√ļsculas part√≠culas violeta que a un haz continuo de luz. Al chocar dichas part√≠culas con la v√≠trea superficie del extra√Īo objeto parecieron producir una crepitaci√≥n, como el chisporroteo de un tubo vac√≠o al ser atravesado por una lluvia de chispas. La oscura superficie adquiri√≥ una incandescencia rojiza, y una forma vaga y blancuzca pareci√≥ tomar forma en su centro. Entonces me di cuenta de que no estaba solo en la habitaci√≥n… y me guard√© el proyector de rayos en el bolsillo.

Pero el reci√©n llegado no habl√≥, ni o√≠ ning√ļn ruido durante los momentos que siguieron. Todo era una vaga pantomima como vista desde inmensa distancia, a trav√©s de una neblina… Aunque, por otra parte, el reci√©n llegado y todos los que fueron viniendo a continuaci√≥n aparec√≠an grandes y pr√≥ximos, como si estuviesen a la vez lejos y cerca, obedeciendo a alguna geometr√≠a anormal.

El reci√©n llegado era un hombre flaco y moreno, de estatura media, vestido con un traje clerical de la iglesia anglicana. Aparentaba unos treinta a√Īos y ten√≠a la tez cetrina, oliv√°cea, y un rostro agradable, pero su frente era anormalmente alta. Su cabello negro estaba bien cortado y pulcramente peinado y su barba afeitada, si bien le azuleaba el ment√≥n debido al pelo crecido. Usaba gafas sin montura, con aros de acero. Su figura y las facciones de la mitad inferior de la cara eran como la de los cl√©rigos que yo hab√≠a visto, pero su frente era asombrosamente alta, y ten√≠a una expresi√≥n m√°s hosca e inteligente, a la vez que m√°s sutil y secretamente perversa. En ese momento -acababa de encender una l√°mpara de aceite- parec√≠a nervioso; y antes de que yo me diese cuenta hab√≠a empezado a arrojar los libros de magia a una chimenea que hab√≠a junto a una ventana de la habitaci√≥n (donde la pared se inclinaba pronunciadamente), en la que no hab√≠a reparado yo hasta entonces. Las llamas consum√≠an los vol√ļmenes con avidez, saltando en extra√Īos colores y despidiendo un olor incre√≠blemente nauseabundo mientras las p√°ginas de misteriosos jerogl√≠ficos y las carcomidas encuadernaciones eran devoradas por el elemento devastador. De repente, observ√© que hab√≠a otras personas en la estancia: hombres con aspecto grave, vestidos de cl√©rigo, entre los que hab√≠a uno que llevaba corbat√≠n y calzones de obispo. Aunque no consegu√≠a o√≠r nada, me di cuenta de que estaban comunicando una decisi√≥n de enorme trascendencia al primero de los llegados. Parec√≠a que lo odiaban y le tem√≠an al mismo tiempo, y que tales sentimientos eran rec√≠procos. Su rostro manten√≠a una expresi√≥n severa; pero observ√© que, al tratar de agarrar el respaldo de una silla, le temblaba la mano derecha. El obispo le se√Īal√≥ la estanter√≠a vac√≠a y la chimenea (donde las llamas se hab√≠an apagado en medio de un mont√≥n de residuos carbonizados e informes), preso al parecer de especial disgusto. El primero de los reci√©n llegados esboz√≥ entonces una sonrisa forzada, y extendi√≥ la mano izquierda hacia el peque√Īo objeto de la mesa. Todos parecieron sobresaltarse. El cortejo de cl√©rigos comenz√≥ a desfilar por la empinada escalera, a trav√©s de la trampa del suelo, al tiempo que se volv√≠an y hac√≠an gestos amenazadores al desaparecer. El obispo fue el √ļltimo en abandonar la habitaci√≥n.

El que había llegado primero fue a un armario del fondo y sacó un rollo de cuerda. Subió a una silla, ató un extremo a un gancho que colgaba de la gran viga central de negro roble y empezó a hacer un nudo corredizo en el otro extremo. Comprendiendo que se iba a ahorcar, corrí con la idea de disuadirlo o salvarlo. Entonces me vio, suspendió los preparativos y miró con una especie de triunfo que me desconcertó y me llenó de inquietud. Descendió lentamente de la silla y empezó a avanzar hacia mí con una sonrisa claramente lobuna en su rostro oscuro de delgados labios.

Sent√≠ que me encontraba en un peligro mortal y saqu√© el extra√Īo proyector de rayos como arma de defensa. No s√© por qu√©, pensaba que me ser√≠a de ayuda. Se lo enfoqu√© de lleno a la cara y vi inflamarse sus facciones cetrinas, con una luz violeta primero y luego rosada. Su expresi√≥n de exultaci√≥n lobuna empez√≥ a dejar paso a otra de profundo temor, aunque no lleg√≥ a borr√°rsele enteramente. Se detuvo en seco; y agitando los brazos violentamente en el aire, empez√≥ a retroceder tambaleante. Vi que se acercaba a la abertura del suelo y grit√© para prevenirlo; pero no me oy√≥. Un instante despu√©s, trastabill√≥ hacia atr√°s, cay√≥ por la abertura y desapareci√≥ de mi vista.

Me cost√≥ avanzar hasta la trampilla de la escalera, pero al llegar descubr√≠ que no hab√≠a ning√ļn cuerpo aplastado en el piso de abajo. En vez de eso me lleg√≥ el rumor de gentes que sub√≠an con linternas; se hab√≠a roto el momento de silencio fantasmal y otra vez o√≠a ruidos y ve√≠a figuras normalmente tridimensionales. Era evidente que algo hab√≠a atra√≠do a la multitud a este lugar. ¬ŅSe hab√≠a producido alg√ļn ruido que yo no hab√≠a o√≠do? A continuaci√≥n, los dos hombres (simples vecinos del pueblo, al parecer) que iban a la cabeza me vieron de lejos, y se quedaron paralizados. Uno de ellos grit√≥ de forma atronadora:

-¬°Ahhh! ¬ŅConque eres t√ļ? ¬ŅOtra vez?

Entonces dieron media vuelta y huyeron frenéticamente. Todos menos uno. Cuando la multitud hubo desaparecido, vi al hombre grave de barba gris que me había traído a este lugar, de pie, solo, con una linterna. Me miraba boquiabierto, fascinado, pero no con temor. Luego empezó a subir la escalera, y se reunió conmigo en el ático. Dijo:

-¬°As√≠ que no ha dejado eso en paz! Lo siento. S√© lo que ha pasado. Ya ocurri√≥ en otra ocasi√≥n, pero el hombre se asust√≥ y se peg√≥ un tiro. No deb√≠a haberle hecho volver. Usted sabe qu√© es lo que √©l quiere. Pero no debe asustarse como se asust√≥ el otro. Le ha sucedido algo muy extra√Īo y terrible, aunque no hasta el extremo de da√Īarle la mente y la personalidad. Si conserva la sangre fr√≠a, y acepta la necesidad de efectuar ciertos reajustes radicales en su vida, podr√° seguir gozando de la existencia y de los frutos de su saber. Pero no puede vivir aqu√≠, y no creo que desee regresar a Londres. Mi consejo es que se vaya a Estados Unidos.

-No debe volver a tocar ese… objeto. Ahora, ya nada puede ser como antes. El hacer -o invocar- cualquier cosa no servir√≠a sino para empeorar la situaci√≥n. No ha salido usted tan mal parado como habr√≠a podido ocurrir…, pero tiene que marcharse de aqu√≠ inmediatamente y establecerse en otra parte. Puede dar gracias al cielo de que no haya sido m√°s grave.

-Se lo explicar√© con la mayor franqueza posible. Se ha operado cierto cambio en… su aspecto personal. Es algo que √©l siempre provoca. Pero en un pa√≠s nuevo, usted puede acostumbrarse a ese cambio. All√≠, en el otro extremo de la habitaci√≥n, hay un espejo; se lo traer√©. Va a sufrir una fuerte impresi√≥n…, aunque no ser√° nada repulsivo.

Me ech√© a temblar, dominado por un miedo mortal; el hombre barbado casi tuvo que sostenerme mientras me acompa√Īaba hasta el espejo, con una d√©bil l√°mpara (es decir, la que antes estaba sobre la mesa, no el farol, m√°s d√©bil a√ļn, que √©l hab√≠a tra√≠do) en la mano. Y lo que vi en el espejo fue esto:

Un hombre flaco y moreno, de estatura media, y vestido con un traje clerical de la iglesia anglicana, de unos treinta a√Īos, y con unos lentes sin montura y aros de acero, cuyos cristales brillaban bajo su frente cetrina, oliv√°cea, anormalmente alta.

Era el individuo silencioso que había llegado primero y había quemado los libros.

Durante el resto de mi vida, físicamente, yo iba a ser ese hombre

 

TE DEJO EL AUDIO DEL PROGRAMA EN EL QUE LE√ćMOS EL CUENTO