Archivo por días: 8 marzo, 2012

Estatuto del vino, de Pablo Neruda

pablo nerudaCuando a regiones, cuando a sacrificios
manchas moradas como lluvias caen,
el vino abre las puertas con asombro,
y en el refugio de los meses vuela
su cuerpo de empapadas alas rojas.

Sus pies tocan los muros y las tejas
con humedad de lenguas anegadas,
y sobre el filo del día desnudo
sus abejas en gotas van cayendo.

Yo sé que el vino no huye dando gritos
a la llegada del invierno,
ni se esconde en iglesias tenebrosas
a buscar fuego en trapos derrumbados,
sino que vuela sobre la estación,
sobre el invierno que ha llegado ahora
con un puñal entre las cejas duras.

Yo veo vagos sueños,
yo reconozco lejos,
y miro frente a mí, detrás de los cristales,
reuniones de ropas desdichadas.
A ellas la bala del vino no llega,
su amapola eficaz, su rayo rojo,
mueren ahogados en tristes tejidos,
y se derrama por canales solos,
por calles húmedas, por ríos sin nombre,
el vino amargamente sumergido,
el vino ciego y subterráneo y solo.

Yo estoy de pie en su espuma y sus raíces,
yo lloro en su follaje y en sus muertos,
acompañado de sastres caídos
en medio del invierno deshonrado,
yo subo escalas de humedad y sangre
tanteando las paredes,
y en la congoja del tiempo que llega
sobre una piedra me arrodillo y lloro.

Y hacia túneles acres me encamino
vestido de metales transitorios,
hacia bodegas solas, hacia sueños,
hacia betunes verdes que palpitan,
hacia herrerías desinteresadas,
hacia sabores de lodo y garganta,
hacia imperecederas mariposas.

Entonces surgen los hombres del vino
vestidos de morados cinturones,
y sombreros de abejas derrotadas,
y traen copas llenas de ojos muertos,
y terribles espadas de salmuera,
y con roncas bocinas se saludan
cantando cantos de intención nupcial.
Me gusta el canto ronco de los hombres del vino,
y el ruido de mojadas monedas en la mesa,
y el olor de zapatos y de uvas
y de vómitos verdes:
me gusta el canto ciego de los hombres,
y ese sonido de sal que golpea
las paredes del alba moribunda.

Hablo de cosas que existen, Dios me libre
de inventar cosas cuando estoy cantando!
Hablo de la saliva derramada en los muros,
hablo de lentas medias de ramera,
hablo del coro de los hombres del vino
golpeando el ataúd con un hueso de pájaro.

Estoy en medio de ese canto, en medio
del invierno que rueda por las calles,
estoy en medio de los bebedores,
con los ojos abiertos hacia olvidados sitios,
o recordando en delirante luto,
o durmiendo en cenizas derribado.

Recordando noches, navíos, sementeras,
amigos fallecidos, circunstancias,
amargos hospitales y niñas entreabiertas:
recordando un golpe de ola en cierta roca
con un adorno de harina y espuma,
y la vida que hace uno en ciertos países,
en ciertas costas solas,
un sonido de estrellas en las palmeras,
un golpe del corazón en los vidrios,
un tren que cruza oscuro de ruedas malditas
y muchas cosas tristes de esta especie.
A la humedad del vino, en las mañanas,
en las paredes a menudo mordidas por los días de invierno
que caen en bodegas sin duda solitarias,
a esa virtud del vino llegan luchas,
y cansados metales y sordas dentaduras,
y hay un tumulto de objeciones rotas,
hay un furioso llanto de botellas,
y un crimen, como un látigo caído.

El vino clava sus espinas negras,
y sus erizos lúgubres pasea,
entre puñales, entre medianoches,
entre roncas gargantas arrastradas,
entre cigarros y torcidos pelos,
y como ola de mar su voz aumenta
aullando llanto y manos de cadáver.

Y entonces corre el vino perseguido
y sus tenaces odres se destrozan
contra las herraduras, y va el vino en silencio,
y sus toneles, en heridos buques en donde el aire muerde
rostros, tripulaciones de silencio,
y el vino huye por las carreteras,
por las iglesias, entre los carbones,
y se caen sus plumas de amaranto,
y se disfraza de azufre su boca,
y el vino ardiendo entre calles usadas
buscando pozos, túneles, hormigas,
bocas de tristes muertos,
por donde ir al azul de la tierra
en donde se confunden la lluvia y los ausentes.

Viticultor: un ejemplo de respeto a los ritmos naturales

viticultorYa te dije que hablaría de esta tierra desde otra mirada: la de mi corazón. La Rioja Alavesa como la tierra del respeto de los ritmos naturales. Respeto que lleva en si mismo la palabra paciencia.

Para transformarse en una zona que es una ventana al mundo en cuanto a la producción de vinos, han tenido que aprender a fundirse con lo que la propia tierra les mostraba. Observar sus posibilidades, sus potencias y limitaciones. Y esto, no es tarea de un día.

Encontrarse con el suelo, reconocer sus características como una cuna perfecta para las vides habrá sido seguramente tiempos de ensayo/error, hasta que las primeras plantas crecieron a la espera de la prepoda y poda que les tocaría más adelante. Podar… sarmentar….labrar y volver a plantar. Mientras el tiempo discurre y el hombre espera. Y en esa espera reconoce esos ritmos naturales a los cuales no puede faltarle el respeto. Solo puede ayudarlos, acompañarlos enriqueciendo con los abonos elegidos. Esperar, mirar y porque no….contemplar.

El suelo, el hombre y el clima. Porque esta última variable contribuye al enriquecimiento de este aprendizaje del respeto de los tiempos. Respeto que perdimos entregándonos de lleno a la cultura de lo rápido. Pero allí está la Rioja Alavesa recordándonos que muchas de nuestras producciones como seres humanos, requieren de saber cultivar, esperar y luego si disfrutar del fruto de un proceso.

El trabajo del viticultor es una muestra de ello: sarmentar, labrar, plantar, injertar, abonar, esperguar, sulfatar, desnietar, despuntar, azufrar…. Y cuantas palabras más podría mencionarte que no hacen mas que remarcar el trabajo hecho con esmero y con esfuerzo?

Solo quiero acercarte una propuesta: una intención especial en tu próxima copa de vino. Brinda en honor al respeto de los ritmos naturales, y estarás brindando por la manera de trabajar que debe tener el viticultor. Esas personas que ponen de alguna manera uno de los primeros eslabones en el mundo del vino.
Con la vendimia, entregan a “sus hijos” (los frutos) concientes de que otra vez, comenzarán con la misma lección de respeto del ritmo: preparar parcelas, prepodar, podar…y así comenzar otra vez el circulo del buen trabajo.

Se abre la jaula de pájaros… y me pongo a pensar. Y si imito en su tesón, constancia, conocimiento y no se cuantas cosas más al viticultor, pero aplicándolo a mi desarrollo personal? Seguramente nosotros también podremos sacar de nosotros un elixir maravilloso