La hija de la tormenta

EPILOGO

Un día escribí esta historia y soñé que lejos de aquí alguien la leería, se conmovería y decidiría complicarse un poco la vida para que la de otro alguien fuese menos complicada .

Soñé que alguien, como hizo mi padre en el caso de Ari, en lugar de crear una historia se decidiría a transformarla.

Osvaldo del Valle

Os ofrecemos, desde EL SUSURRO DEL GATO, otro “regalo”. Se trata de otro relato ganador, en este caso del IV Concurso de Cuentos “Los hermanos”, convocado por la ONG “Aldeas Infantiles SOS España”. El bilbaíno Osvaldo del Valle, miembro del Taller Lunes de Papel de la Librería de Deusto, lo firma. ENHORABUENA y un gran “ron ron” de parte del gato Llamp.

La hija de la tormenta


Y a las 16.30 del 28 de agosto, el cielo, preñado de nubes negras, rompió aguas entre estridentes y violentos alaridos de alivio .El bulímico suelo absorbió en grandes bocanadas el vital fluido, hasta que preso de su ansiedad empezó a regurgitar su hartazgo en forma de grandes charcos. Fue entonces cuando empezó mi nueva vida. Me convertí en la hermana de Ari.

Antes de la lluvia ya existía, aunque, el recuerdo de esa época cada vez me parece más lejano. En casa, a base de mutuo conocimiento e infatigable huida de los problemas, mis padres y yo habíamos llegado a automatizar nuestra convivencia, como en una apertura de ajedrez en la que cada uno sabe qué pieza debe mover en función del movimiento anterior y puede prever el movimiento siguiente sin riesgo de sobresaltos. Nuestra casa era una pista de patinaje en la que todos nos cruzábamos a gran velocidad sin llegar a chocarnos, un escenario de escarchada felicidad.


A mi padre le gustaba escribir, (más bien perpetrar) historias que nos leía poniendo más corazón en la lectura, que oído nosotras en la escucha. Joao, asistente social e infatigable amigo de mi padre, era cómplice incondicional y coautor ocasional en sus atentados contra la literatura. Yo creo que fue él quien empezó a meterle la idea en la cabeza. Hablaban del tema, pero no les hicimos caso, pensábamos que era otra de sus chaladuras fantasiosas, aunque se les veía más apasionados que nunca.

Empezó, así, poco a poco, el asedio de mi madre y, con infinita paciencia fue venciendo su incredulidad primero, su resistencia después, para finalmente derribar el muro de su indiferencia e implicarla hasta las trancas en su desatino. Las nubes, esporádicas y blancas al principio, empezaron a avanzar en el cielo con la misma lentitud que firmeza, la tormenta se cernía sobre nosotros pero reconozco que no la vi venir. Percibía inquietud y movimientos, pero no la vi venir. De repente, en una cena familiar, lo plantaron en el centro de la mesa, como si fuese una ensalada para compartir.”Acoger una niña”, dijeron. Miré al cielo asustada y vi que estaba irremediablemente cubierto por completo.

Busqué la compañía de mi soledad para tratar de asimilarlo. ¡Una hermana! ¡Y de acogida! A mis trece años se supone que debía ser madura, aceptar la decisión y alegrarme, pero, en ese momento mi

adolescencia, me había traído más pelos y hormonas que madurez o centímetros. En aquel hervidero de hormonas que era mi cuerpo bastante tenía con asimilar mi transformación de niña a hobbit como para añadirle una nueva situación como aquella. Sentía el vértigo de asomarme al precipicio del final de una era, quizá aburrida pero confortable. Notaba una perpetua sensación de cosquillas en el estómago. Por primera vez algo imprevisible estaba a punto de sucederme, estaba nerviosa, pero no puedo negar que la sensación me encantaba. La espera se hizo, larga, tensa, casi insoportable. El creciente calor se había ido humedeciendo, transformándose en un bochorno incompatible con la vida.

Se levantó un gran viento, que abrió de golpe las ventanas de par en par para ponerlo todo patas arriba. Fue el empujón definitivo. Por fin llegó el 28 de Agosto, y, con él, la tormenta, y con ella, mi hermana.

Joao nos había contado su historia. Ari, la niña que llegó con la tormenta era hija del tifón. Literalmente, me refiero. Su padre era Héctor “Tifón negro” Vázquez fugaz ex campeón europeo de peso welter .Un fajador más rápido de manos que de ideas, y con un talento sobrenatural para escoger la peor de las opciones en lo que a compañías se refiere. Una vez exprimido su talento y sus bolsillos sus “amigos” le abandonaron a su suerte, que siempre había sido escasa. Su póstumo legado de amistad fue una afición, mejor dicho adicción desmesurada al alcohol. Desde entonces Ari se convirtió en su único sparring. La madre de Ari, por su parte, fue una de tantas aspirantes a actriz con más curvas y voluntad que talento o escrúpulos. Les abandonó para hacer su versión de la historia mil veces repetida de sobredosis de sueños estrellados contra el cristal, con el trágico y previsible final de una muerte prematura.


Sonó el timbre y, de la mano de Joao, por primera vez vi a Ari. El gran gorro de su sudadera devoraba su diminuto rostro hasta reducirlo a un tamaño infinitesimal. Al fondo del gorro brillaba una mirada que barnizaba de desafío el miedo que la paralizaba. En aquel preciso instante, mi nueva hermana, temblorosa de miedo y frío, indefensa aunque orgullosa, tumbó de una patada todos mis miedos y mis dudas. Me prometí que costase lo que costase íbamos a ser una familia. Y costó, vaya si costó.

Al principio lo más difícil fue el insomnio. Los sueños de Ari nunca los veló su ángel de la guarda, probablemente prejubilado antes de nacer ella. En su lugar, y sin necesidad de llamarle, fue el ángel negro el que se solía colar en su cama para hacer añicos sus sueños. Apenas dormía. Sus pesadillas llenaban de gritos sus noches, las nuestras y las de nuestros vecinos que demostraron tener la misma tolerancia que una banda de skinheads. Nos turnábamos para calmarla. Las largas noches maquillaron

nuestros rostros con ojeras, pero lo que más dolió, especialmente a mi madre, fue el muro de silencio, incomprensión y velados reproches que el vecindario levantó a nuestro alrededor. A veces, en plena madrugada nos encontrábamos todos en la cocina. Mi padre calentaba un vaso de leche para cada una de las tres, y nos imbuía una sensación de agradable agotamiento compartido. Amagábamos una mueca en forma de sonrisa y volvíamos a la cama reconfortados.

Pronto llegó la vuelta al cole. La entrada de Ari en el patio fue algo así como la de un elefante en una tienda de Swarowsky. Los gallitos del patio marcaron su territorio y se intentaron aprovechar de su condición de nueva, pero si algo le había enseñado la vida a Ari era a defenderse. Supo ponerles en su sitio, pero carecía de las dos habilidades más necesarias para sobrevivir en el patio. Ari no sabía ni mentir ni salir corriendo, lo que puso en la agenda de mi padre más reuniones con los profesores que con su propio jefe. Mi padre se convirtió en el centro de las conspiraciones del patio. Los otros padres le preguntaban de continuo casi reprochándole “¿Qué necesidad tenías de complicarte la vida? Mi padre siempre les contestaba que la vida no la había complicado él que ya era complicada de antes, especialmente la de Ari. Entró de lleno en el selecto club de los bichos raros del patio como miembro de honor. Cuando aparecía en su rostro la decepción con el género humano corría a refugiarse en la tierna sonrisa orgullosa que le dedicaba mi madre. Bailar juntos sobre las dificultades les estaba enseñando lo agotadora que era la felicidad. Después fue mi turno. El turno de crecer, de madurar de golpe, de darme cuenta que la mayoría de las que yo consideraba amigas, no eran más que compañeras de charlas y juegos. No superaron la presión que el patio impuso sobre Ari y me reprochaban que me volcase tanto en mi hermana ya que, según decían, no era mi hermana porque no compartíamos sangre.”Compartimos familia” Les dije “No creo que sea la sangre lo que una a las personas, sino el cariño, y yo quiero a Ari, por eso estoy tan unida a ella. Si no lo entendéis es porque no nos une ni sangre ni cariño, por lo que no tiene sentido considerarnos amigas “. Sólo me quedaron dos amigas que me ayudaron. Nunca tuve menos amigas.Nunca tuve amigas más valiosas.

Por si algo faltaba apareció en casa Joao. Y con noticias. Por un momento temí que Ari tuviera que volver. En su cara vi que Ari pensaba lo mismo. Joao, muy serio nos dijo que “el tifón” había sido hallado muerto en el portal de su casa. El alcohol le había vencido por K.O. Ari rompió a llorar, un poco triste por el padre que nunca tuvo pero feliz por el miedo que nunca volvería a sentir. Pasó horas llorando. La abrazamos por turnos y le prometimos y nos prometimos que nunca volvería a estar sola.

Agotada por el llanto y aliviada por la vida Ari durmió casi 15 horas seguidas. Se despertó poco a poco, como si saliera de un coma y fue llenando de palabras sus silencios, de abrazos sus afectos y de vida nuestras vidas.

Mi familia ya no era la pista de patinaje que fue. Se había convertido en un trapecio circense en el que volábamos juntos entrelazándonos. Cada uno se lanzaba al vacío seguro de que alguien le recogería en su vuelo.

Poco a poco, el trabajo de los profesores fue calando, y en el patio Ari dejó de ser noticia. Mi padre se había hecho su hueco entre los rechazados del patio, y estaba encantado porque conoció gente diferente, más divertida y mucho menos encorsetada que el resto que además le contaban magnificas historias que luego él escribía e insistía en contarnos. Mi madre disfrutaba de la liberación que le supuso el poder ser ella misma y no tener que vivir pendiente de lo que decían los vecinos. Ari aprendió la definición de la palabra familia y nos ayudó a aprenderla a nosotros. Y yo… ¡Yo tenía una hermana! Alguien con quien compartir penas, alegrías, miedos y secretos de mis inexplicables cambios, con quien conspirar en casa para llegar más tarde, alguien que, pasara lo que pasara, siempre estaría a mi lado.

Es verdad, antes de la lluvia ya existía, pero a esa existencia, yo no la llamaría vida.

Un pensamiento sobre “La hija de la tormenta

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