Muerto

La consigna del gato Llamp es muy simple: en tu relato debe morir alguien o aparecer un difunto, un finado, un fallecido…

Uno como mínimo.

amormata

Un pensamiento sobre “Muerto

  1. Txemi Sánchez

    El tejado del garaje

    La radio ha pasado a formar parte de mi vida. Es inseparable , la escucho permanentemente. En el coche resulta imprescindible, en la oficina queda como un murmullo lejano, mientras cocinamos me llena los tiempos de cocción. Por las noches sigue siendo necesaria.Por pudor y por intimidad uso auriculares. Entonces la emisión transcurre en el interior de mi conciencia, en el alma esa que quizá no exista. Me quita el peso del cuerpo, el calor de las mantas, las cuentas pendientes que no puedo borrar de la cabeza, todo desaparece en su presencia. Activo el botón de parada automática para que se desconecte a los sesenta minutos y me relajo felizmente. No suelo darme cuenta de la desconexión, de hecho sigo soñando con imaginarias programaciones nocturnas absolutamente geniales inducidas por los argumentos cautivadores con los que la emisión ya me ha arrullado en su nana. Me entrego sumisamente a su sintonía y duermo bien.
    Desde hace unos días, poco después de comenzar mis vacaciones, me he puesto a hacer el tejado del garaje. Un camión descargó los cabrios de pino, los paquetes de tarima machimbrada y las láminas de aislante en varias pilas repartidas por el césped.
    No espero ayuda hasta fin de mes, así que he decidido ir construyendo poco a poco yo solo.¡Ha sido una buena idea!
    Avanzo y queda bien. De paso hago ejercicio, sudo once meses de comidas desastrosas y me pongo en forma. ¡Es divertido! Voy a mi ritmo, unas veces frenético, otras muy parsimonioso, depende. Mido el tiempo oyendo la radio. Antes de clavar un clavo la pongo a cantar.
    He cogido un viejo radio-despertador olvidado en el fondo de una caja tras el último translado. A nadie le gustaba. Lo coloco en la viga central para que nunca me quede lejos del punto de trabajo.
    Desde el suelo voy subiendo los cabrios, muy pesados, sobre el muro. Cuando he colocado tres o cuatro trepo por la escalera para desplazarlos hasta su posición. Hago equilibrios de funambulista sobre los tramos ya acomodados. Los mido, los sierro dándoles la inclinación adecuada y los clavo con unas puntas enormes que necesitan previamente un agujero hecho con el taladro.
    Todo este trajín está impregnado por la programación de Radio Nacional. Mido cinco con ochentayseis, voy a por el lápiz para trazar el corte pero me quedo con la ironía de un locutor ingenioso, sigo haciendo equilibrios hasta la punta del cabrio, me arrodillo, agarro perfectamente el lápiz rojo de carpintero, pero ya no sé si eran cinco con ochentaytres o con ochentaysiete. ¡Vuelta! ¡A medir otra vez!
    Se suceden los informativos y los magazines o las entrevistas , tan interesantes por momentos que me dejan con el martillo suspendido en el aire esperando la respuesta a la picante inquisitiva. Luego ya puedo golpear. Hay colaboradores que me obligan a dejarlo todo y a acercarme a la radio. con los brazos en jarras. Siempre que el hilo de la emisión me tiene cautivado dejo de hacer ruido. El taladro puede esperar unas frases más. Silenciosamente es posible ir marcando las distancias con el lápiz y la escuadra.
    El sol atiza de lo lindo. He puesto la radio a la sombra. Yo también llevo un gorro publicitario para no fenecer. Semana a semana el tejado avanza. Recuerdo perfectamente los cabrios que clavé cada día y qué programa escuchaba mientras los ponía a dormir en su sitio. Casi todos los de la izquierda están puestos por las mañanas, por la sombra que protege a esa hora la zona, el fin de semana pasado clavé los más difíciles por un problema serio de desnivelado que no he conseguido corregir totalmente. Yo lo veo, lo sé. A fin de cuentas es una obra totalmente personal, como un cuadro, cada detalle me habla con ese lenguaje de signos que solo yo percibo y a nadie más interesa.
    Llevo un dedo vendado. Tres días atrás me machaqué con el martillo de mocheta. No olvido el clavo culpable, enterré con rabia la cabeza en la superficie del cabrio que afianzó. Tampoco olvido las gracias de la locutora en el preciso instante en que me reventé la uña.
    Hace un rato me he resbalado de la escalera, tontamente. Desde el suelo he visto como la escalera metálica venía lentamente hacia mi hasta golpearme en la cara. He cerrado los ojos. Suena una sintonía exótica. Un ligero sabor a sangre recorre mi boca. Oigo la radio un poco alejada pero con nitidez, aún no he abierto los ojos.
    Sigue la programación, me mantiene atento , concentrado. Así estoy bien , cómodo. Lo que oigo es cada vez más interesante. Creo que oiré la radio para siempre.

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