El profesional

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El hombre llamó mi atención más por lo que hacía que por su aspecto, anodino y discreto. Parco al dirigirse al camarero, voz neutra, vestido de oscuro, permanecía sentado en el rincón más oscuro de la taberna tomándose un vino tinto. Y escribiendo.

Eso es lo que llamó mi atención.

Escribía y escribía, sin prisa pero sin tomarse pausas pues incluso sorbía el vino discretamente, cogiendo la especie de escudilla de barro con su izquierda mientras seguía uniendo, corrigiendo y tachando palabras con la derecha. Le observaba desde mi mesa, justo enfrente, en otro rincón oscuro que yo había convertido en mi habitual torre de vigilancia. Daba la impresión de que le resultaba sumamente fácil escribir y eso es algo que siempre me ha fascinado, así que acabé por abandonar mi atalaya y me dirigí a su mesa. Un gato, al que llamaba “Llamp”, parece que lo conoce bien, pues se frota entre sus piernas mientras escribe.

– Disculpa, ¿eres escritor?

El hombre levantó su rostro, algo anodino, pero su estilográfica seguía posada en el papel.

– ¿Y quién lo demanda?

– Una osada curiosa – dije yo enrojeciendo al percatarme de su indiscutible autoridad.

Sonrió y, con un simple gesto, me invitó a su mesa. Siguió escribiendo.

– Y…, ¿qué escribes?

– Todo lo que me piden y todo lo que puedo.

– ¡Ah! ¿Te conozco? ¿Conozco tu obra?

– Sin duda. Todo el mundo ha leído alguna obra mía – sus palabras no surgían de la a inmodestia, sino más bien la humilde sinceridad que se consigue tras años de oficio y se llega a la maestría-; es más que probable que haya caído en tus manos, o hayan vertido en tus oídos, palabras escritas por mí pues soy el más conocido de los autores.

– ¿Cervantes? ¿Shakespeare? ¿Pérez Reverte?– me asombré.

Volvió su sonrisa, condescendiente esta vez y, creo, algo divertida incluso. Rompió una esquina de un folio aún en blanco y escribió algo en él, como quien expende una receta magistral, diciéndome:

– Busca en eso tan prodigioso que llamáis Internet esta obra y a su autor. El nombre que halles es el mío. Ten cuidado, porque hay impostores. Puesto que descubrirás quien soy, no volveremos a vernos.

Tentada estuve de romper el papel, para repetir nuestro encuentro y seguir conversando… Mas de nuevo ganó la curiosidad a la empatía. Mientras yo dudaba, el hombre se fue sin despedirse.

En el cacho de papel dejó escrito este título: El Lazarillo de Tormes.

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Consigna del gato Llamp: ¿cuántos libros tienes o has leído de este “autor”?

Un pensamiento sobre “El profesional

  1. Txemi Sánchez

    Interesantísimo y hermoso relato sobre el único autor que desaparece al ser conocido. Tan cargado de autoridad como desinteresado por el mérito, libre, absolutamente libre. Pisando siempre territorios vírgenes, marcando los caminos de la literatura para no volver sobre ellos. Otros, casi tan adorables, Cevantes y Quevedo, supieron seguir sus pasos sobre la nieve. Ahora, nosotros, ya chapoteamos sobre el barrizal.
    Autor máximo, Anónimo debería subir a los altares. Quiero ser como él.

    A parte del Mio Cid y el Romancero, no tengo recuerdo de otros libres de autores anónimos ahora mismo.
    TX

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