Molière

Amarillo

Por favor, te ruego que si decides usar este texto o un fragmento, cites el blog de “El susurro del gato” (o lo enlaces) y el nombre de la autora, Llum Saumell.

Gracias.

El gato de la foto es de
http://gatatouille.blogspot.com.es/2009/07/moliere.html

El gato llamado Molière, de http://gatatouille.blogspot.com.es/2009/07/moliere.html
El gato llamado Molière


galiardo Siempre que estrenábamos era como la primera vez. Nudo en el esófago, sensación de vértigo, ganas de empezar, miedo a empezar, anhelo de aplausos, pánico a los críticos… Así que no era nada nuevo que, justo antes de empezar, tuviera que ir con urgencia al baño, aunque no sabía si para aguas menores, mayores o, incluso, expulsar lo poco que contenía mi estómago.  Me refugié en uno de los retretes, pero los débiles tabiques no dan ni seguridad ni intimidad. En el cubículo de al lado, alguien canturreaba en francés. Sorprendida me di cuenta de que estaban recitando una parte de “El enfermo Imaginario”, la obra del estreno. Pensé que sería alguien de la compañía gastándome una broma absurda: aunque no teníamos propiamente servicios de damas y caballeros para los actores y actrices, el acuerdo tácito era ir de uno en uno.
– Bonjour, qui es? ¿Que vous comportez comme?– dije recordando el poco francés que me quedó de las clases del Señor Servat de mi más tierna infancia.
– ¡Oh! perdon! ¿Te croiras si te dire que suis Jean Baptiste Poquelin, l’auteur?
No me cabía la menor duda de que era una broma. Me estaba diciendo que era el mismísimo Molière. Posiblemente se trataba del técnico de sonido, José María, apodado “El Nen”, aunque desconocía que hablara francés. Le seguí la broma: así disipaba mis nervios y temores.
– ¿Podemos hablar en castellano? El francés no lo domino.
– ¡Por supuesto! Ahora tengo tiempo y estudio idiomas…
– ¿Tiempo? ¿A qué se dedica?
– Sigo siendo actor, siempre seré hombre de teatro: “En este momento hago de muerto…”.
Reí. Nos habían contado que el epitafio del genial dramaturgo era «Aquí yace Moliere, el rey de los actores. En este momento hace de muerto, y de verdad que lo hace bien».
– Bueno, nuestro protagonista viste de amarillo, como en su última obra, en la que sufrió un ataque y murió… ¿Cree que nos irá mal?
– ¡Tonterías! Un color no condiciona tanto. La humanidad sigue siendo tan supersticiosa e hipócrita como en mi época. Jamás renegué de mi profesión de actor, considerada inmoral por la Iglesia en la Francia de 1673 y la ley no permitía que a los actores nos enterraran en sagrado… Mi fiel esposa, Armande, tenía gran poder de convicción y yo, en el fondo, divertía al rey, era su mejor bufón aunque me prohibiera asistir a actos públicos, vetara mis obras y me impusiera castigos… Así fui enterrado en la parte del cementerio reservada a los infantes no bautizados. Creo que ese es el motivo por el que vago por los teatros donde se estrena mi última obra representada, la de ese hipocondríaco… ¿Siguen existiendo enfermos imaginarios?
– ¡Ay sí! ¡A puñados! Igual más…
– ¿Y falsos médicos?
– Charlatanes, curanderos, doctores buenos sin título y malos con un montón de credenciales. Los hay que se dedican sólo a la cirugía estética y ¡hacen cada chapuza!
– Cada vez que visito el mundo me entero de cosas que, tal vez, sería mejor no saber pero… ¡La debilidad humana es tener / Curiosidad por conocer / Lo que no querríamos saber!
Oí el timbre. La penúltima llamada a escena.
¡Cubríos ese seno que debiera ver y preparaos!
La frase me sonaba de “El Tartufo”. Me apresuré a arreglar mi largo vestido y salí diciendo “¡Vamos, José María! A escena.”
Nadie respondió. Llamé y abrí la puerta donde supuse estaría mi interlocutor. Nadie. Última llamada. Salí. Miré a través de una rendija del telón. José María, el técnico de sonido estaba en su sitio. Tragué saliva: volvían los nervios. Sabía, confiaba, que se pasarían justo pisara el escenario, como así sucedió.
Mientras saludábamos, en primera fila, observé de soslayo un hombre con camisa amarilla y socarrona amplia sonrisa. Me pareció que me guiñaba un ojo. En el camerino, a mi nombre, un ramo de rosas con una nota: «No se ven los corazones» El misántropo de Molière.
Mis compañeros –elenco de actores, tramoyas, directora…-, aseguran aún hoy que no me gastaron ninguna broma. Mañana estrenamos “El Tartufo” y espero que Jean Abatiste me visite. Me encantó la charla (y el ramo de flores).

Consigna del gato Llamp: ¿Conoces la obra de este autor? ¿Tienes alguna anécdota de teatro?

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