Lectura fácil en la Librería de Deusto

La Librería de Deusto, en la Plaza San Pedro (Bilbao), es el primer establecimiento de Euskadi que se adhiere a la red de puntos donde es posible encontrar libros y material de Lectura Fácil (LF). En “El Susurro del Gato” ya contamos qué es el movimiento de LF en el post “cuando leer no es fácil” y ahora compartimos esta buena noticia que podéis leer íntegramente en la página de Lectura Fácil en Euskadi.

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La semana pasada Blanca Mata Fauri, máxima impulsora de Lectura Fácil Euskadi, estuvo en los Talleres de Narración Creativa de la Librería de Deusto con la propuesta (o consigna) de realizar una práctica de “escritura para lectura fácil”, algo que no es tan sencillo pues se deben seguir una serie de pautas y ponerse “en la piel” de los lectores que tienen dificultades de comprensión lectora sin perder la “esencia” de la historia, su capacidad de emocionar y su mensaje.

 

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La Librería de Deusto apoya este proyecto y tiene una sección de LF con libros para todas las edades, desde novelas hasta ensayo.
En algunas bibliotecas, como la Mediateka La Alhóndiga, en Bidebarrieta y en la de Deusto se puede acceder a este material.

 

 

 

 

Todas las fotos de este post son de Blanca Mata Fauri. Muchas gracias.


3 pensamientos sobre “Lectura fácil en la Librería de Deusto

  1. Democracia lectora

    Me alegra que este movimiento se extienda: mi madre rejuveneció cuando pudo volver a leer a pesar de su pérdida de capacidad. No sólo la lectura fácil debería estar en ficción y ensayo. También prospectos, folletos, contratos… Incluso para los que teóricamente tenemos capacidad para comprender lo que leemos!!

  2. Txemi Sánchez

    Me interesó la iniciativa. Para meditar su importancia escribí un relato con sus premisas.Se lo envié a Blanca. Lo coloco a continuación.

    “Un jardín te doy”
    de José Miguel Sánchez Hernández

    1
    A Bruno le gustaba la tranquilidad,
    salir al campo con su libro
    y sentarse a la sombra de un árbol.
    Se metía en las historias de su libro
    sin darse cuenta del canto de los pájaros
    ni del rumor de la brisa sobre los trigales.
    También disfrutaba de las charlas con amigos.
    Se sentaban a merendar en el patio de la casa
    y contaban sus inquietudes ante la vida.
    Eran jóvenes, habían estudiado diversas profesiones
    y estaban empezando a trabajar.
    Bruno cuidaba del Zoo. Un Zoo pequeño.
    Los animales recogidos allí
    eran víctimas de accidentes,
    necesitados de recuperación.
    Vendaban las alas de una cigüeña aventurera
    o curaban a un zorrillo glotón envenenado.
    Adela era la novia de Bruno,
    vendía bocadillos cerca del Zoo.
    Al acabar sus jornadas iban a nadar al río
    o corrían en bicicleta por las colinas de Berno,
    una ciudad pequeña y preciosa, como de anuncio.
    Cuando paraban a descansar se reían
    porque la felicidad se les salía por la boca.
    Se besaban, se acariciaban, se hacían el amor,
    eran muy muy felices.
    A Bruno le gustaba oir el latido del corazón de Adela.
    Era un sonido tranquilizante.
    También oía otros ruidos del cuerpo de su novia,
    todos diferentes, todos maravillosos.
    Acercaba su oído al vientre
    para sentir el bullir de su intestino,
    más arriba sentía el aire de sus pulmones,
    en su rodilla notaba el leve crujir de la articulación dormida,
    o el chasquido de su lengua al abrir la boca para volver a besarle.
    Los dos eran muy curiosos, como todos sus amigos.
    Bruno, especialmente, se interesaba por las cosas.
    Siempre quería saber cómo funcionaba todo.
    Los animales heridos eran una escuela perfecta.
    Dibujaba sus huesos, los tendones, las plumas.
    Se asombraba acariciando el pelaje de un gato.
    No podía creer que su mano sintiera tal suavidad.
    Miraba su mano para ver
    si esa sensación de suavidad hacía algún efecto
    en la piel que la estaba sintiendo.
    Le hipnotizaban las uñas retráctiles de los gatos,
    las miraba entrar y salir de sus fundas
    como si fueran un número de magia.

    2

    Cierto día, aplicado a su lectura bajo un árbol,
    levantó la vista del libro porque algo le distrajo.
    Miró a un lado y a otro
    y no consiguió saber
    de dónde procedía aquel sonido.
    Se llevó la mano a su oreja
    y notó que el ruido salía de él,
    de dentro de su cabeza,
    concretamente de su oído interno.
    Era un ruído mecánico,
    como el de un pequeño motor al ralentí.
    Seguía y seguía. No lo podía parar.
    En algunos momentos parecía como si fuera a pararse,
    pero solo era un atragantamiento,
    luego continuaba y continuaba.
    Cerró el libro, se levantó
    y volvió a casa preocupado.
    Ya no podía oír los pájaros ni la brisa con claridad.
    La paz de aquel campo maravilloso
    se había vuelto un bullicio en su cabeza.
    Su novia le esperaba en casa.
    Bruno no le dijo nada.
    -¿Qué callado estás hoy?
    -Estoy cansado.
    -Tumbémonos en el sofá.
    El sol inundaba la sala.
    Se acurrucaron juntos en el sofá,
    ella le acariciaba el pelo y cantaba quedamente.
    Bruno seguía concentrado en el motor
    que no paraba en su cabeza.
    Con el otro oído escuchó el pecho de Adela,
    lo escuchó atentamente,
    comparándolo con su “run run”.
    Aquel latido le intrigó.
    Bajó su cabeza hasta el vientre de la chica
    y escuchó atentamente con su oído bueno.
    Nuevamente le pareció un sonido
    demasiado mecánico.
    Cuando Adela se durmió,
    abandonada y desnuda al anochecer,
    Bruno fue palpando sus huesos
    bajo la preciosa piel morena de la mujer.
    Notó unos perfiles demasiado rígidos
    en los codos y en las clavículas.
    Le dio pequeños golpecitos
    con un lápiz amarillo
    a las costillas flotantes
    que subían y bajaban
    con los suspiros del sueño profundo de Adela.
    El ruido mecánico en su cabeza
    no le dejaba pensar.
    Su paz y su felicidad
    habían desaparecido.
    Esa misma noche fue al Zoo.
    Quería hacer un experimento.
    Se acercó a la jaula de un perro ciego,
    abrió la puerta, entró dentro
    y acercó su cabeza a la oreja del chucho.
    El perro dio un respingo. Gruñó.
    Estaba claro que el perro no lo percibía esa noche
    como estos días atrás.
    Algo había pasado en su cabeza,
    algo se había roto.
    Como no podía dormir
    decidió preparar sus documentos
    para ir al médico
    a la mañana siguiente.
    En la oficina tenía todo en su archivador.
    Lo buscó y lo desplegó sobre la mesa.
    Se entretuvo en releer su contrato,
    la ficha con sus notas académicas,
    sus revisiones médicas recientes
    y otros papelotes amontonados en el archivador.
    Cuando lo tuvo listo se dispuso a guardarlo,
    pero vio un folleto plastificado
    que no le sonaba de nada.
    Decía: “Serie B-2 RN, individuo humano de sustitución.”
    Pasó páginas llenas de especificaciones técnicas.
    Al final estaba su foto, la de su cara.
    Decía “Nombre: Bruno Vir Renovo. Mantenimiento recursos animales”
    Hablaban de una avería en el momento de su creación:
    “Recomendamos revisión periódica
    de sistemas sensoriales”
    No se lo podía creer.
    ¡Él era un robot.!
    Nunca lo había imaginado.
    Su problema en el oído no era una enfermedad,
    era una avería en uno de sus sistemas.
    Se palpó los codos y la parte posterior de las rodillas.
    Notó esas aristas
    tan diferentes a los bordes
    de los huesos animales.
    ¿Qué podía hacer?
    Toda su vida había sido un robot.
    Nunca le había molestado.
    Su novia, Adela,
    también era un robot,
    una robot encantadora,
    que lo tenía enamorado.
    ¿Serían todos sus amigos iguales?
    Bruno sabía que era observador,
    que no se le escapaban
    los detalles a su alrededor.
    No conocía a nadie diferente.
    Todos sus vecinos eran gente amable,
    dedicados a sus trabajos,
    a sus familias y a sus aficiones.
    No conocía a nadie
    que no cumpliera con sus obligaciones
    ni que fuera infeliz.
    El perro ciego le lamió la mano.
    Bruno acarició la enorme cicatriz
    que le había dejado ciego
    y decidió ponerse en marcha.

    3

    El cuerpo de Adela brillaba
    bajo los rayos de la luna
    que se colaban en la habitación.
    Se tumbó a su lado
    envuelto en el run-run de su cabeza.
    En los libros que leía
    se hablaba de pasiones humanas,
    de sentimientos muy intensos
    que él no había conocido.
    Había hombres que guerreaban
    y que asesinaban a sus semejantes.
    A veces aparecían dioses
    más poderosos que esos hombres,
    capaces de cambiar la historia
    y de crear mundos nuevos
    para que los habitaran.
    Bruno no había visto nada de todo aquello
    más que en los libros.
    Su mundo, su barrio y sus amigos
    eran alegres y trabajadores.
    No se metían en problemas
    porque su vida era así,
    fácil de vivir.
    Disfrutaban todo el tiempo.
    Trabajaban duro a veces
    porque las tormentas o el oleaje
    causaban alguna destrucción,
    pero nadie engañaba
    ni hacía daño a sabiendas.
    Volvió los ojos hacia el cuerpo de Adela.
    Era bellísima.
    ¿Quién la había hecho?
    ¿Por qué?
    Cerró los ojos concentrándose
    en su condenado ruido.
    ¿Es esto una avería o es lo que llaman la muerte?
    No recordaba a sus padres.
    Tampoco había visto morir a nadie.
    Tiempo atrás un guarda enfermó,
    eso le dijeron al menos,
    y se lo llevaron a la Península del Sur.
    El amanecer le pilló caminando
    hacia aquel lejano lugar.
    El Sur aparecía en algunas fotografías,
    las más hermosas que había visto.
    Siempre soleado, verde y cálido.
    En sus prados pastaban caballos,
    bisontes y ciervos, en total tranquilidad.
    Nunca se apreciaban casas ni caminos,
    solo bosques y ríos frescos.
    Bandadas de pájaros brillantes
    bordaban en los cielos
    sus orlas en movimiento.
    Había mirado con detenimiento
    aquellas láminas del Sur
    pegadas en la caseta de recepción del Zoo.
    Según caminaba y se levantaba el sol
    fue atravesando otras pequeñas ciudades como la suya,
    llenas de gentes alegres
    dispuestas a salir hacia sus trabajos.
    Algunas casas amarillas y azuladas
    eran parecidas a las de su barrio,
    con patios traseros con merendero,
    con porches amueblados con sofás
    similares al suyo y a los de sus amigos.
    Por momentos apretaba el paso
    a la vez que cerraba los ojos con fuerza
    concentrándose en el ruido de su cabeza,
    un sonido continuo que no le dejaba ser él.
    Salió de aquel valle, subió las montañas.
    Contempló el atardecer desde las cumbres,
    lloró de emoción ante tanta belleza,
    pero notó tristeza en su corazón
    al no poder dar rienda suelta
    al suspiro pleno que solía salirle del alma
    cuando sentía la paz y la felicidad
    de estar en la naturaleza.
    La anochecida le pilló junto a un bosque de encinas.
    Bruno había visto pocas encinas en su vida.
    Hacía buen tiempo, así que se acurrucó
    dispuesto a descansar un rato.
    Cuanto más crecía el silencio de la noche
    más aumentaba el ruido del motor
    que taladraba su cabeza.
    Crispó su mano sobre el oído,
    se revolvió sobre la hojarasca,
    llegó a morderse los nudillos,
    pero nada aliviaba su desesperación.
    Entonces empezó a oír el ulular del búho.
    ¡Húúúá!, ¡Húúúá!,¡Húúúá!
    Notó sus aleteos en un claro cercano.
    Por el suelo corrían ratoncillos y escarabajos,
    en la distancia, recortados sobre la luna,
    pasaron los corzos majestuosos.
    Su curiosidad le hizo olvidar su padecimiento.
    Notó que esos animales abundaban más por allí.
    Él había curado algún búho, pero hacía tiempo.
    Era un ave rara en su territorio.
    Como no sentía ningún temor
    se quedó dormido plácidamente.

    4

    Al despertar sintió hambre.
    Comió unas galletas enriquecidas,
    su comida más habitual.
    Era sencilla y sabrosa,
    sana y muy nutritiva.
    Su camino le llevó a unas colinas
    desde las que se veía el mar azul verdoso.
    Corrió ladera abajo
    buscando un paso entre la exuberante vegetación.
    Su trote levantaba a las liebres agazapadas
    que saltaban unos metros
    alejándose de él,
    hasta pararse junto a un tronco
    desde el que lo miraban con curiosidad
    sin dejar de mover su bigote.
    Al cruzar un grupo de arbolitos jóvenes
    el “tás, tás” de los intrépidos petirrojos
    avisaba a los demás
    de la presencia de un extraño.
    Se formaba entonces un alboroto de revoloteos ante sus ojos,
    justo en el instante en que ante sus ojos
    aparecieron las tranquilas olas
    acostándose sobre una playa desierta.
    Se sentó en la arena y pudo suspirar.
    El rumor de aquellas espumas
    anulaba el zumbido perpetuo de su cabeza.
    Cerró los ojos para comprobarlo.
    ¡No se notaba el ruido!
    Podía descansar por fín.
    Si fuera necesario
    se iría a vivir a la orilla del mar
    con Adela, si ella quería
    (Y ella querría, porque le entusiasmaba el mar)
    para recuperar su paz.
    Sobre la arena trazó un rectángulo
    con la yema de su dedo.
    Aquel espacio representaba su yo,
    una pequeña habitación dentro de su cabeza
    en la que se refugiaba cuando estaba confuso.
    Su vida era sencilla,
    pero los nuevos descubrimientos de la vida,
    las preguntas sin respuesta
    que cada día se le planteaban,
    le hacían dudar del sentido de las cosas,
    le hacían encontrarse confuso y perdido.
    Sus profesores, sus amigos y su amada Adela,
    siempre le habían procurado refugio,
    pero en su interior
    bullía la inquietud,
    algo propio de su personalidad.
    Todos sabían que Bruno
    se quedaba pensando
    con la mente en blanco
    y que a veces se le nublaba la mirada,
    preocupado con preguntas sin respuesta
    que su mente y los libros
    le hacían desarrollar.
    Entonces no valía de nada que lo distrajeran.
    Su inquietud lo llevaba a retirarse solo,
    al campo o en el porche de su casa,
    dándole vueltas a una idea.
    No era menos feliz en ese trance,
    era un Bruno meditabundo,
    un joven que se hacía preguntas con pasión.
    Era en esos momentos
    cuando había descubierto
    que al estar muy muy concentrado
    se abría una puerta
    muy dentro de su mente
    a una habitación acogedora, limpia y ordenada
    en la que solo estaba él.
    Desde ese lugar podía ver todo mejor.
    Era la habitación de su alma,
    un lugar sagrado y confortable,
    desde el que podía recuperarse de cualquier contrariedad.
    Apretó fuertemente su índice
    dentro del recuadro dibujado en la arena
    para reafirmarse en su refugio.
    Sin mover el dedo de ese lugar mágico
    miró la inmensidad del mar tranquilo
    que cantaba su canción desde siempre
    y que no dejaría de cantarla nunca.
    -¿Quien soy yo?
    ¿Qué me hace pensar que soy mecánico?
    ¿Somos todos los humanos mecánicos en realidad?
    ¿O estaré volviéndome loco?
    Con su mano libre
    palpaba las articulaciones
    de su mano refugiada
    en la habitación de arena
    y sentía aquellos bordes excesivos
    tan diferentes a los de los animales
    que habitualmente palpaba.
    Los huesos de los animales
    no eran tan rectos
    ni tenían los bordes tan afilados.
    Las articulaciones animales
    no hacían ese ruidito
    que hacían las suyas y las de Adela.
    Acarició su mano suavemente
    apreciando la sensación del roce
    de ambas pieles cubiertas de arena dorada.
    Bruno amaba su cuerpo.
    Sabía que era guapo y agradable,
    siempre era bien recibido por todos.
    No se sentía mal por su descubrimiento
    de aparecer en un catálogo de seres mecánicos.
    Él siempre había sido así
    y no se sentía peor por saberlo.
    Estaba perplejo porque no había leído nada
    en ningún libro
    que explicara esa naturaleza mecánica.
    ¿Sería que los hombres no se habían dado cuenta
    hasta que se le había ocurrido a él?
    El atardecer naranja y rojizo
    consiguió arrancarlo de sus meditaciones.
    Las gaviotas se habían agrupado sobre la arena.
    Caminó por el borde dibujado por la espuma de las olas
    hasta unas acogedoras rocas
    que se vislumbraban al fondo.
    Sus pasos sobre la arena húmeda
    desprendían destellos fosforescentes.
    Le pareció un fenómeno mágico.
    Se detuvo y dio unos saltitos.
    A cada aterrizaje surgían
    unos círculos luminosos,
    entre azules y verdes,
    alrededor de sus pies.
    Volvió a pararse para dibujar
    nuevamente en el suelo
    el recuadro de su estancia secreta.
    Los bordes de la línea ardían en irisaciones.
    Aplicó el dedo poderoso de su yo
    en el centro del recuadro.
    La luz fue aún más intensa
    hasta hacerle entrecerrar los ojos.
    Siguió caminando hacia las rocas
    convencido de la magia de aquel lugar.
    Un lugar tan especial
    tenía que servir para hechos especiales.

    5

    Acurrucado junto a unas rocas
    tapizadas de lapas y algas marinas secas,
    aspiró el olor salino del último atardecer.
    El aire era cálido,
    el rumor del oleaje sereno.
    Aún así no notaba el ruido de su cabeza.
    Sabía que seguía allí,
    pero el ambiente envolvente del mar
    lo acunaba y le devolvía su paz.
    Cuando la noche acabó dominando
    todo el horizonte,
    vio, en el otro extremo de la isla
    un brillo que le intrigó.
    Trepó al acantilado cercano
    para tener un mejor punto de vista.
    Desde allí se apreciaba claramente una hoguera.
    Fijándose bien se veía el humo.
    No podía ser un incendio
    como los que había conocido
    años atrás en su comarca.
    Los rayos provocaban accidentes a veces.
    En la orilla del mar,
    tras un día tan sereno,
    no podía haber caído ningún rayo.
    Bruno no había oído nada
    en toda la tarde.
    ¿Habría alguien por allí?
    Decidió acercarse
    hacia aquel extremo de la playa.
    Caminaría por la arena seca
    para que sus pisadas no le delatasen.
    Caminaba contra la brisa.
    Según se aproximaba
    apreció el olor del humo
    mezclado con el del salitre marino.
    Parecía una hoguera de acampada,
    no muy grande.
    Quizás, otros como él,
    estuvieran haciendo noche por allí.
    Les preguntaría dónde estaba
    el punto más al Sur de la Península.
    Al aproximarse lo suficiente
    para apreciar sus siluetas,
    vio a dos personas.
    Una estaba tumbada
    y otra arrodillada.
    Esta lloraba muy amargamente
    abrazándose a su compañero.
    -¿A quien voy a mirar ahora cada día?
    No me dejes sola, tan sola para siempre.-
    Bruno sintió la emoción
    que contagiaban las lágrimas de aquella anciana.
    Se acercó dispuesto a ayudar.
    -¡Señora!
    -¿Quién anda ahí?
    Bruno levantó su mano y dio un paso
    hacia la luz de la hoguera.
    -Me llamo Bruno.¿Puedo ayudarle?
    La mujer lo miró con ternura.
    -Ya sé quien eres.
    Llevas toda la tarde por la playa amarilla.
    Bruno se sorprendió
    por la tranquilidad de la anciana.
    -Te habría ido a saludar,
    pero hoy es el día más triste de mi larga vida.-
    Metió sus dedos entre el pelo del hombre tumbado.
    -Mi amor, mi compañero de tantos años, ha muerto esta mañana-.
    Bruno se estremeció al saberlo.
    Él no había visto nunca
    una persona muerta.
    La mujer besaba la boca entreabierta
    de un hombre delgado,
    con barba blanquísima,
    tumbado en la arena caliente
    como echando una siesta.
    Las manos eran rudas
    y la piel gruesa y callosa.
    -Ven, acércate. Hijo mío.
    Ayúdame a envolverlo en esta tela.
    Era su túnica favorita,
    pintada con los dibujos
    de todos los animales de la tierra,
    con todas las olas del mar
    y con todos los astros del cielo.
    La lavaba en el río
    y la secaba al viento de la tarde.
    ¡Ven, muchacho! Ayúdame.-
    Se acercó Bruno emocionado,
    hasta tocar la mano abierta de la mujer
    que le esperaba arrodillada.
    Acarició ella su cara con ternura
    y le indicó con la mirada
    que se atreviera a mirar el cuerpo del muerto.
    Tan cerca lo sentía Bruno,
    que empezó a temblarle el estómago.
    -No te asustes. Así es la muerte.
    Tu no la has conocido,
    pero ahora vas a comprender.-
    Cogieron la tela favorita del difunto
    y la extendieron sobre la arena
    junto al cuerpo dormido.
    Con mucha calma
    cogieron los brazos y las piernas
    de aquel hombre sereno
    y lo colocaron sobre los dibujos
    del universo grabados en el tejido.
    Bruno sintió los huesos y las articulaciones
    de cuerpo muerto.
    Insistió palpando el codo
    que estaba a su lado.
    Siguieron cubriendo su piel con la tela,
    palpando, bajo la superficie dibujada,
    la espalda y las costillas de aquel cuerpo.
    Enseguida percibió
    que aquellos huesos
    se parecían a los de los animales heridos,
    que no tenían los perfiles agudos
    que había notado en Adela
    ni en él mismo.
    -¿Quien era?-Preguntó Bruno.
    -Era el mejor ser del universo.
    Fue capaz de volver a crear
    la vida sobre la tierra.
    Él te hizo a ti. Con muchísimo amor.
    Quiso que fuerais felices,
    que cuidarais vuestra tierra con naturalidad.
    -¿Él era Dios? El Dios del libro La Biblia?
    -No. Él era más que eso.
    La Biblia era una buena historia,
    como otras muchas que quizás no hayas leído.
    Los hombres crearon a los dioses
    para explicarse a sí mismos
    todo lo que no podían comprender.
    Pero sus religiones les llevaron
    a enfrentamientos y atrasos
    durante milenios y milenios.
    Cuando la humanidad dominó
    todos los recursos del planeta
    empezó a consumirlos tan deprisa
    que se encontró con la degradación
    acelerada del entorno.
    Las aguas se volvieron venenosas,
    los bosques sucumbieron bajo la ceniza,
    los animales fueron diezmados,
    pero los humanos sufrieron la peor parte.
    Un día descubrimos
    que había desaparecido el amor.
    El amor existía desde siempre,
    desde antes de la historia.
    El amor te volvía ciega
    cuando te enamorabas.
    Te ayudaba a creer en cualquier cosa
    por amor, solo por amor.
    La fusión de los cuerpos
    producía gozo a hombre y mujeres.
    Yo he disfrutado mucho con él.
    Siempre me hizo muy feliz.-
    La mujer colocó unas raíces secas
    sobre las llamas bailarinas
    y se acercó a Bruno,
    tanto como para mirarle directamente a los ojos.
    -¡Hijo mío! Has venido hasta aquí buscando preguntas.
    Eres inquieto. Lo veo en la actitud de tus manos
    y en la curva de junco
    de tu columna vertebral.
    -Si. Busco respuestas.
    -¿Qué quieres saber?
    La anciana lo animó
    con una caricia sobre su barbilla.
    Bruno sujetó esa mano con la suya
    y le hizo su pregunta.
    -¿Debajo de esta piel hay huesos como los de él?
    -¡Oh, pobrecito! ¿Qué te ha hecho pensar
    que seas diferente a nosotros?
    -Oigo un ruido desde hace días,
    dentro de mi cabeza.
    He descubierto que los animales tienen huesos
    parecidos a los de… el señor muerto,
    pero diferentes a los míos
    y a todos los que conozco en mi ciudad.
    Además encontré este catálogo…
    La anciana estaba llorando.
    Se acercó aún más y lo besó en la mejilla.
    -¡Que bueno eres! Eres el hijo que hubiera querido tener.
    Te venía diciendo que el amor se acabó sobre La Tierra.
    La ambición, las intrigas y el odio
    crearon guerras y destrucción sin fin.
    Para colmo nuestra fertilidad desapareció.
    Dejó de haber niños.
    No tenía sentido la ternura.
    Todo se llenó de ancianos discapacitados
    o de mentes tan cerradas
    que no fueron capaces de adaptarse a los nuevos tiempos.
    Seguían exterminando a sus semejantes
    y maltratando a los animales.
    No se sabe como,
    hace unos cincuenta años,
    descubrimos que nuestra especie
    iba a desaparecer sin remedio.
    Los pocos que quedábamos en las zonas habitables
    conseguimos un acuerdo
    para restituir la vida a La Tierra,
    toda la que estuviera en nuestras manos.
    -¿Crearon entonces nuestra vida?
    -Sí, hijo mío. Hicimos lo que pudimos.
    Con todo nuestro conocimiento,
    que era mucho, en vez de dedicarlo a destruir
    lo empleamos en reparar.
    Los humanos nos moríamos sin remedio.
    Éramos tan pocos que nos sobraba la industria.
    Salvamos la vegetación eliminando
    contaminantes masivos.
    En diez años el cambio fue espectacular.
    Los animales, secretamente escondidos
    de nuestra persecución,
    volvieron a sus zonas favoritas
    y empezamos a disfrutar de un mundo nuevo
    con una gran fuerza de recuperación.
    Pero, cuando veíamos este nuevo mundo,
    notamos que faltaban humanos,
    sanos, alegres y trabajadores
    que cuidaran el mundo
    como nosotros no habíamos
    sabido cuidarlo.
    Entonces os hicimos a vosotros.
    Lo mejor que supimos.
    Este hombre que acaba de morir
    dedicó su vida a perfeccionaros.-
    Bruno no supo qué decir.
    Se sentía ante un mandato muy pesado para él.
    -¿Quereis que cuidemos lo que vosotros destruísteis?
    -Te hicimos bien. Lo entiendes a la primera.
    -Pero nosotros reproduciremos vuestro error,
    aunque no queramos.
    -Creo que no. Espero que no.
    -¿Por qué? Lo he visto en los libros.
    Es algo que se llama fatalidad.
    -Cierto. Es un grave peligro.
    Pero vosotros fuisteis pensados con amor,
    con millones de toneladas de amor.
    Algo, tan querido, hecho así
    tiene muchas posibilidades de generar más amor.
    Tu eres una prueba.
    Has descubierto tu condición mecánica
    pero sigues pensando
    como un individuo inquieto.
    No te sientes inferior a nadie,
    admiras la belleza de tu mundo
    y no aspiras a poseer más.
    La observación y el intercambio de ideas
    y opiniones con tus semejantes
    te dará una vida rica y muy interesante.
    No necesitas doblegar a la naturaleza
    ni a tus semejantes para tener
    el impulso necesario para vivir
    una vida estimulante.
    Podrás usar recursos,
    podrás enmendar errores,
    podrás devolver a este planeta
    la justicia que nosotros le negamos.
    Tu sabrás cuidar este jardín.-

    Extendió su mano sobre el sudario
    de su muy amado compañero.
    -Fue tu creador. Yo le ayudé.
    Bruno sintió lágrimas en su rostro.
    Sabiendo que sus sentimientos
    nunca habían sido tristes
    se sintió más cerca de aquellos seres,
    aquellos verdaderos humanos.
    -¿Quién soy? ¿Por qué lloro si no soy humano?
    -¡Hijo querido! Eres humano,
    más humano que muchos de mis antepasados.
    Si los hombres fueron capaces
    de deshumanizarse de tal forma
    hizo falta crear hombres nuevos
    que devolvieran la paz a la naturaleza.
    Esa naturaleza que admiras,
    esa, te hará más humano que a muchos de mis semejantes.
    Tu serás parte de ella.
    El hombre nunca debió
    luchar contra lo que más necesitaba.
    Eso lo deshumanizó,
    lo convirtió en su peor enemigo.

    6

    Al amanecer
    dibujaron líneas en la arena
    alrededor del cadáver envuelto en su tela preciosa
    con palos traídos por el oleaje.
    Después se abrazaron
    como lo hacen las familias que se despiden.
    -Soy Dea, él siempre me llamó así.
    Dea quiere decir diosa en un antiguo idioma humano.
    Como diosa, como la única diosa viva sobre La Tierra
    te encargo que mantengas la belleza
    que ves a tu alrededor.
    Quiero morir tranquila,
    sabiendo que a ti te va la vida
    en cuidar con amor todo lo que te rodea.
    Veo en tus ojos la ternura,
    y aunque sé que sufres
    algunas pequeñas molestias,
    tu amor será capaz de superar
    todas las contrariedades.
    Todo será por tu bien.
    Tu bien será el de los demás
    y eso te hará muy feliz.
    -Pero siempre hay dualidad.
    Lo dicen vuestros libros.
    Bien y mal, día y noche.
    Dios es esa contradición en la vida humana; 
me refiero a “vuestra” vida humana.
    Nosotros, los no humanos, vivimos tranquilos.
    Somos felices, porque no sabemos ser infelices.
    Hasta que no he sufrido una contariedad
    no me he preocupado por nada.
    -¡Bien muchacho!.
    El conflicto es necesario,
    está en la propia naturaleza.
    Pero no debe ser el centro de todo.
    Lo más importante es vivir felices.
    Es la razón universal,
    una guía para todos.
    No es bueno que las razones de unos y otros
    estén entrando en conflicto.
    Siempre hay algo bueno para todos,
    eso es lo que hay que cuidar.
    Y en esa seguridad,
    cada individuo puede tener sus gustos,
    desarrollarse como individuo único.
    Tu eres un buen ejemplo,
    hijo mío. Un buen ejemplo.
    -Gracias Dea.-Susurró Bruno-
    Hoy es el día más emocionante de mi vida.
    Me siento ante mi creadora,
    abrazado por ella,
    igual a ella.
    Siento tu amor dentro de mi.
    Lo noto llenando una habitación muy pequeña
    que yo imagino dentro de mi cabeza,
    donde solo puedo entrar yo.
    Ahora estamos tu y yo juntos
    acurrucados en mi esquina favorita.
    Porque siento que yo soy tu,
    y me veo en ti.
    Quiero ser como tu,
    quiero vivir mi vida, pero no quiero olvidarte.
    -¡Este es mi niño!
    ¡Qué feliz me haces! Ya puedo morir tranquila.
    ¡Siéntate conmigo!-
    La esbelta mujer cogió a Bruno en su regazo
    y le acarició el pelo.
    Sopló sobre su oído maltrecho
    susurrando una nana en una lengua misteriosa.
    Recorrió los huesos bajo la piel del joven
    deteniéndose en las articulaciones más prominentes.
    -Sí que nos quedaron unos huesos angulosos.
    Pero a cambio tenéis un buen corazón.
    Y todos sois guapísimos.
    -Mi novia es una belleza.
    -Ten en cuenta que yo fui la musa que inspiró este proyecto.
    La marea de la mañana fue lamiendo
    los dibujos de la arena
    en torno al cuerpo de aquel dios dormido.
    Luego fueron mojando sus pies envueltos en el sudario
    y más tarde lo hicieron flotar en el vaivén de las olas.
    A mediodía se despidieron de él.
    El mar se lo llevó.
    Dea se apoyó en el hombro de Bruno
    y le besó las manos.
    El atardecer los encontró
    en la cima de la montaña
    desde la que se divisaba toda la playa.
    -Pasemos la noche en una cueva que conozco.
    La anciana caminaba apoyada
    en un palo recogido en la playa.
    Su pelo blanco se ensortijaba con la brisa
    y se le venía a los ojos.
    Nunca se borraba la sonrisa de su cara.

    FIN

    Bilbao,16 de Mayo de 2013

  3. Lectura Fácil Euskadi

    Hola a todos! Me alegró mucho que Txemi se lanzara a intentarlo en este formato. Tengo pendiente hacerle algunas consideraciones sobre su relato, cosillas que matizar, pero está bien que haya intentos 🙂 Democracia lectora (por cierto, ese nombre, es que conoces bien la LF, no?) me gustaría poder contactar contigo y hablar de la experiencia de tu madre con la LF. ¿Me escribes a lecturafacileuskadi@gmail.com ? Gracias
    Blanca

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