Bailaré sobre su tumba

Mansión inglesa. Rodaje film detectivesco

agatha christie

En el suelo yace la víctima. Una luz cenital cae directamente sobre el cuerpo… Suenan las campanas de una iglesia cercana: las cinco, la hora de té. Así empieza esta historia.

– Bien –el director, John Wargrave, mira a su equipo, hasta ahora expectante, con aprobación- Es un principio que llama la atención, sin duda… Esta casa es ideal: inquietante, pero distinguida. Este salón va a quedar realmente bien…

Todos los invitados tienen un móvil para deshacerse de él, cualquiera puede ser el asesino. La fuerza está en la galería de personajes: por eso el cásting está siendo tan selectivo y minucioso. Hoy se elige a la célebre escritora de novela policíaca, de apariencia dulce e inofensiva, pero perspicaz. También ella tiene motivos para matarle.

– Está bien. Que pase la primera, Vera.
– De hecho, sólo hay una:las otras actrices convocadas no han aparecido.
– Esperemos que esta sea la adecuada.

El director calla cuando entra una señora mayor, edad indefinida, gestos reposados, mirada serena. Mira al director, a su ayudante Vera Claythorne y a los tres restantes miembros del grupo: Thomas Rogers, el brillante joven director de fotografía está junto la ventana; Fred Narracott, portavoz de los guionistas está sentado algo apartado y el director de casting, Philip Lombard, al lado de Wargrave, la mira fijamente. Es él quien la invita a tomar asiento en una butaca, frente a ellos. El director ojea su currículum.

– Buenos días señora Westmacott. La llamaré Mary, si me permite.¿Le apetece un té? Me lo traen directamente de Ceilán.

La mujer declina con un leve movimiento de cabeza. Sólo bebe té el director.

– Usted nació en Torquay, Devon… ¿sus padres eran actores?
– No. Mi padre vivía de rentas y no tuvo otra ocupación que la de jugar a las cartas, hasta llevarnos a la bancarrota. Mi madre, bueno, en esa época no estaba bien visto que las mujeres trabajaran, aunque la Gran guerra lo cambió todo.
– ¿Dónde pasó la segunda guerra mundial?
– La segunda, básicamente, viajando por Oriente. Allí conocí a mi segundo marido. Era arqueólogo.
– ¿Se casó dos veces?
– Sí. Mi primer marido era piloto de la aviación británica… El padre de mi hija Rosalind. Pero prefiero no hablar de él: se fue con su secretaria. Fue muy desagradable, porque acababa de morir mi madre, un inoportuno momento para pedirme el divorcio. Sufrí una crisis nerviosa, dicen que desaparecí… Yo no lo recuerdo… Algunos periodistas dijeron que era un truco publicitario, para vender novelas. Jamás utilizaría un engaño de este tipo en la vida real y, menos, con un incidente tan íntimo.
– ¿Ha publicado usted novelas? ¡Cómo la película! ¿Qué tipo de novelas? ¿Muchas?
– Unas ochenta novelas de esas que llaman policíacas, aunque también románticas… y obras de teatro.
– Muy prolífica, señora Westmacott: confieso que no soy muy aficionado a leer… No tengo tiempo, con todos mis compromisos… No me suena su nombre.
– No se disculpe. Poca gente conoce a Mary Westmacott. Y comprendo lo de tener tiempo; por eso fue una suerte mi divorcio. La tranquila vida rural de clase media inglesa me aburría soberanamente. Por eso, toda mi vida, he inventado amigos imaginarios. Visitaba una ciudad y se me ocurría una historia… Menos la primera, que sucedía en Styles, una mansión que me describió un herido en el Hospital Militar, cuando ejercí de enfermera. La publiqué por entregas en el periódico.
– ¡Su propia vida es de novela querida señora! Viajó a Bagdad, sola, en el Orient Express.
– Sí. Interné a mi hija en un colegio: era muy arriesgado entonces cruzar toda Europa y parte de Asia con una niña.
– Siempre creando y viajando, a veces sola, por el trabajo de su marido.
– Bueno, sola no. Como le he dicho, me inventé a Hércules, al detective Japp, la buena de Felicity, mi colega Ariadna, el capitán Hastings, Parker Pyne y los Beresford… ¡Ah, bueno! Y Jane. Jane me acompañó los últimos años, con su gran sentido común, con sus muchos y buenos consejos, Jane Marple…
– Pero, señora… Son personajes de Agatha Christie. En ellos nos hemos inspirado para escribir el guión de nuestra película…
– Cierto. Por eso estoy aquí. No puedo tolerarlo. No puedo tolerar un plagio tan descarado y… ¡sin nada de esmero!. He tenido que oír, toda mi vida y aún hoy, que soy una escritora mediocre, o mala directamente… Sin embargo, mis libros no dejan de venderse y mis personajes ¿qué palabra ha utilizado usted? ¡ah, si! no dejan de inspirar otros detectives de novela, series de televisión o guiones de películas. ¿Cuántas veces, con títulos distintos, he visto el argumento de Díez negritos?
– Oiga, realmente su caracterización es muy buena, pero se está extralimitando.
– ¿Usted cree? Pues no sé lo que va a pensar dentro de unos minutos, cuando caiga al suelo. Muerto.
– ¡Usted está loca!Llama a seguridad, Vera…
– Sí, llámelos… Aunque ante la perspectiva de ver morir a su jefe y amante tal vez quiera demorarse unos minutos. Sé que lo odia desde que la engatusó para acostarse con él y luego la rechazó tan vilmente… Vera, usted va a ser una buena sospechosa.

Vera está en medio de la sala, pálida. Parece a punto de desmayarse y en su auxilio acude Thomas Rogers.

– Ah, el fiel Thomas, siempre a la espera de recoger las migajas del director… ¿Cuántas veces ha menospreciado su trabajo? ¿Cuántas veces lo ha ridiculizado frente los productores?
– ¡Qué sandeces está diciendo!
– No seas hipócrita Rogers… Por una vez, dejemos de ser todos tan rematadamente correctos –el guionista ha abandonado su aparente letargo y señala a Philip Lombard–. Anoche mismo, con unas cuantas copas de más, estabas dispuesto a destrozarle por haber acabado con tu reputación contando a todo el mundo tus inclinaciones sexuales.

Vera se aferra a Thomas. Fred Narracott parece fuera de sí. Se acerca al inmóvil director. Está erguido en su butaca, mirando su taza como si acabara de descubrir que el sabor no era el de su habitual y caro té ceilandés.

– Todos te hemos maldecido alguna vez, querido John, negrero John, vanidoso analfabeto, estúpido John, corrigiéndome, riéndote de mis guiones, de mis historias… Esto no es comercial, Fred; esto es absurdo, Fred; estás acabado Fred… Harto estoy; harto de tus desplantes, de tus miserias.

El director, aún en silencio, cae lentamente al suelo.
La presunta escritora aspirante a actriz, se levanta, observando su obra. Se dirige a la puerta mientras murmura algo sobre la efectividad de los venenos.

– No, no puede irse. Nadie puede irse. ¡Usted nos ha confesado el crimen!.– Philip Lombard le cierra el paso.
– ¿Yo? ¿Agatha Christie? Yo estoy muerta: ¿quién va a creerles?

En el suelo yace la víctima. Una luz cenital cae directamente sobre el cuerpo… Suenan las campanas de una iglesia cercana: las cinco, la hora de té. Así acaba esta historia.

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NOTA: Todos los personajes de esta historia usan nombres de la novela Diez negritos. Mary Westmacott es el pseudónimo de Agatha Mary Clarissa Miller que adoptó el nombre de Agatha Christie a raíz de su primer matrimonio.

Relato de Llum Saumell: Por favor, ruego que no se reproduzca sin indicar el nombre de la autora. Llamp tiene un excelente té de Ceilán…

3 pensamientos sobre “Bailaré sobre su tumba

  1. Marina

    Me ha parecido muy gracioso. Creo que es verdad que se considera a Agatha Christie una escritora menor (no por cantidad) pero luego muy muy imitada. Posiblemente ella también imito (el esquema detective “peculiar” + ayudante…), pero “Se ha escrito un crimen” se parece mucho a Miss Marple, ¿no? O a ella misma…

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