El duelo

-¡Tabernera! – truena una voz. Reverbera en mi cabeza como si yo misma fuera, toda entera, una caverna y esa voz ascendiera desde mis pies a mi testa-: dos vinos.

Sirvo dos vinos y me miran con asombro. El de rostro más severo, arroja al suelo el vino tras olfatearlo sonoramente con su prominente nariz.
– ¿Llamáis a esto un vino? Es más agua que vino, pues ni huele a uva, ni su color es tinto, ni tiene cuerpo de buen caldo. Cumple bien con la comanda si quieres cobrar.
– Aún más –interviene el otro-: hemos pedido una ración, no un dedal. Tráenos jarras rebosantes… – sonríe y, como para sí, añade- El vino es una de los pocos temas en los que estamos de acuerdo.

El otro refunfuña algo que no logro entender, pues ya me hallo de nuevo tras la barra buscando una vieja y segoviana jarra de barro que guardo en algún estante y hasta hoy no sabía por qué. Escucho como la curiosa pareja debate en un tono cada vez más alto. Lleno la jarra del espeso vino casero que mi tío trajo de Laguardia en barrica de roble. Agrego a mi bandeja queso del Roncal, cortado en grandes pedazos, pues intuyo que los cortes de la tabla que ofrezco a mis parroquianos habituales no serán del gusto de estos clientes.

A pesar de no haberlos visto jamás en mi bar no me parecen del todo desconocidos. Además de compartir un vestuario algo anticuado, oscuro y sencillo, tienen los dos narices peculiares. Uno tiene la ancha, con unas gafas encajadas que parecen pequeñas en su apéndice nasal. Luce una breve barba y un recortado bigote, un cabello algo largo que le cae sobre los hombros, casi en bucles, y eso le confiere un aire más jovial aunque fuera de lugar o, mejor dicho, de época. El otro, más serio y marcial, tiene un apéndice ganchudo y grueso que aporta fiereza a su rostro mal encarado. Sin embargo, no sé los porqués, ambos me caen bien.

– No puedes negar que Garcilaso y Fray Luis de León son los Maestros, los más grandes y a ellos debemos rendir homenaje siguiendo su camino y tradición.
– No niego que sean grandes, pero son de otra época. Debemos avanzar, Luís… Tu culto excesivo a ellos se traduce en metáforas exageradas, latinajos que sólo satisfacen a los más pedantes, enrevesadas rimas con hipérbaton en desmesura…
– ¡No empieces con tus insultos! Yo te digo

      “Peligro corres, Licio, si porfías
      en seguir sombras y abrazar engaños.
      Mal te perdonarán a ti las horas:
      las horas que limando están los días,
             los días que royendo están los años.”

– ¡Pardiez! Me retas con versos… retado estoy pues pero…

      “Yo te untaré mis obras con tocino
      Porque no me las muerdas, Gongorilla,
      Perro de los ingenios de Castilla,
      Docto en pullas, cual mozo de camino.
      Apenas hombre, sacerdote indino,
        Que aprendiste sin

christus

        la cartilla;

 

      Chocarrero de Córdoba y Sevilla,
              Y en la Corte, bufón a lo divino.”

Callan cuando les pongo las jarras delante, aunque los ojos del último en hablar, tras las redondas y pequeñas gafas que parecen uniforme de intelectuales de izquierda o seguidores de Lennon, chispean mientras que el otro, con un ligero temblor de barbilla, se acerca la jarra. Espero su aprobación y me dedica un amago de sonrisa de un segundo, pues sus labios vuelven, tercos, a apretarse.
Me alejo con rapidez, pero agudizo el oído: confieso que me intrigan estos personajes tan singulares y estoy aburrida: no hay nadie más en el local. Así pues, escucho como el más seco le suelta al otro de un tirón

        “¿No imitaréis al

terenciano

      Lope,
      Que al de Belerofonte cada día.
      Sobre zuecos de cómica poesía
      Se calza espuelas, y le da un galope?
      Con cuidado especial vuestros antojos
      Dicen que quieren traducir al griego,
             No habiéndolo mirado vuestros ojos.”

A lo que el otro, con más declamación y falsete, responde al acto

      “¿Por qué censuras tú la lengua griega
      siendo sólo rabí de la judía,
      cosa que tu nariz aun no lo niega?
      No escribas versos más, por vida mía;
      Aunque aquesto de escribas se te pega,
              Por tener de sayón la rebeldía.”

Miro de soslayo porque hay silencio. Beben y prueban el queso. Les agrada parece, pero es sólo una tregua, pues el llamado Luís, adoptando tono de sermón, dice: Te lo dedico, Don Diego, aunque dudo de ese Don

      Cierto poeta, en forma peregrina
      cuanto devota, se metió a romero,
      con quien pudiera bien todo barbero
              lavar la más llagada disciplina.

Socarrón se levanta el tal Diego, hace una reverencia y declama: ¡Qué honor, vuestra Merced! Vuestras palabras me inspiran otras

      Esta cima del vicio y del insulto;
      éste, en quien hoy los pedos son sirenas,
      éste es el culo, en Góngora y en culto,
              que un bujarrón le conociera apenas.

Entiendo justo ahora lo que es la iracundia. Se levanta ofendido el del culo aludido y me temo que lleguen a las manos, así que grito un “¡Eh, quietos!” para llamar su atención. Primero parece que no se percaten de mí. Siguen el uno frente el otro, mirándose con aire retador, los rostros muy juntos ahora. El de la nariz de garfio respira hondo y susurra una disculpa que no comprendo muy bien. El otro saca unas monedas que pone sobre la mesa y se va, sin más.

-Aun siendo hombre de dios –me dice el tal Luís-, la poesía vive en mi sangre y hasta tal punto la altera que me dejo llevar por arrebatos insulsos provocados por un mediocre, pelele a merced de modas pasajeras y fatuas.
– No pasa nada. En el bar siempre hay discusiones: suelen ser de fútbol, unas pocas de política. Ha sido interesante escuchar poesía para variar. Vuelvan cuando quieran.
– Volveremos. Fuimos rivales, pero esas trifulcas terrenales ya poco importan ahora. Estamos unidos para siempre: en los libros, en los exámenes, en sus sonetos por mi nariz o por compartir pasión por las letras.

Dicho esto, se va.

El aire fresco que entra por la puerta al abrirse me despierta. Sobre la mesa hay tres monedas que parecen de oro y unas gafas redondas, de ésas que llaman “quevedos”: dos círculos bien unidos que se sujetan perfectamente a mi nariz.

quevedo66

    Relato de Llum Saumell. Ruego que se cite la fuente si se reproduce total o parcialmente. Los versos son de Góngora y Quevedo
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2 pensamientos sobre “El duelo

  1. Miguel Ángel

    Muy bueno! “¿Qué captas, noturnal, en tus canciones, Góngora bobo, con crepusculallas, si cuando anhelas más garcivolallas, las reptilizas más y subterpones?”

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