La Basílica de la Santa Croce

Me costaba despegarme de la “Puerta del Paraíso”. Contemplando las filigranas del magnífico portal del Baptisterio de Florencia se desvanecía el vocerío babélico creado por los turistas, los vendedores callejeros y las explicaciones de los guías. Hasta el bochorno de ese asfixiante agosto del 2009 se aligeraba ante la belleza. Por fin había vuelto a la ciudad que más me impactó en mi juventud en la que fue la mejor época del bachillerato: el “Viaje de Fin de Curso” por Italia.

Tan ensimismada estaba que no me di cuenta del personaje que se plantó a mi lado hasta que, con voz profunda y emocionada dijo “No tengo nada de memoria” a lo que yo respondí con una sonrisa que mal disimulaba mi perplejidad. El hombre vestía un anticuado traje negro, camisa blanca de cuello almidonado y corbatín de lazo, también negro y me observaba con sus ojos brillantes y oscuros, inquietos, que destacaban bajo unas pobladas cejas. Lo único desaliñado de su aspecto era el indómito pelo, pues lucía una barba bien recortada, sin bigote. El hombre, tomando mi sonrisa de apuro como una invitación, añadió “ése es uno de los grandes defectos de mi mente: sigo meditando sobre lo que sea que me interese; a fuerza de examinarlo desde distintos puntos de vista mentales, con el tiempo le veo algo nuevo, y modifico todo su aspecto”. Murmuré algo así como que me sucedía algo parecido, que no recordaba Florencia tan espléndida mientras buscaba a mis compañeros de viaje con la mirada.
– Creo que he perdido a mis amigos –dije avanzando a trompicones entre un grupo de japoneses.
– Imposible. En Florencia no se pierde nadie: más bien se encuentra uno consigo mismo.
En algún recoveco de mi mente había quedado, como flotando, una frase de Ana: “si nos dividimos, nos vemos en la Iglesia de la Santa Croce al mediodía” y con paso resuelto me dirigí hacia una calle que creía me llevaría hasta ese templo franciscano… Pero me hallé en medio de una multitud que avanzaba con paso lento pero imperturbable y acabé en la Piazza de la Signoria. El curioso hombrecillo seguía a mi lado.
– ¿Qué buscas?
– La Santa Croce.
– Magnífico. Te acompaño. Busco refugio: estoy un poco cansado del movimiento de las calles florentinas y me irá bien entrar en esa iglesia que me ha parecido, por su aspecto externo, sencilla y exenta de exuberante belleza.
No sé muy bien porqué acepté, pero le seguí. Se presentó con mucha formalidad con el nombre de Henrie Marie Beyle y se interesó por mi nombre y mi profesión. Se admiró de que no estuviera casada con una frase cortés y aprobó que tuviera un trabajo con un sueldo que me permite viajar de vez en cuando. Sus palabras fueron, más o menos, “un marido que se queja de haber sido engañado se cubre de ridículo, pero su mujer, si él no le da dinero, tendrá que trabajar de obrera a quince sueldos al día y eso si tiene suerte, ya que la son personas decentes  sentirán escrúpulos y no querrían darle trabajo”.
Mi primera impresión, la de estar ante un hombre de otra época, se esfumó a medida que sus pasos y sus palabras me guiaron por Florencia. Me hizo descubrir muchos rincones, detalles que la ciudad esconde como si fueran secretos de belleza de una Dama que se resiste a envejecer.
Cuando llegamos a la Santa Croce era ya mediodía. Entramos y descubrí que la fachada de la Basílica engaña a sus visitantes. Bajo mis pies se extendía un tapiz inmenso de tumbas y algo parecido a la aprensión se instaló en mi estómago hasta que mis ojos descubrieron los frescos de Giotto. Enmudecí ante la viveza de sus colores (supe después que las pinturas habían sido restauradas), ante la fuerza de sus personajes, tan reales, tan simbólicos.

Entonces todo sucedió con mucha rapidez: mi corazón empezó a palpitar, temía caerme al suelo pues sentía sobre mi espalda el peso de todos los años pasados desde que se construyó, en el siglo XII, la Santa Croce. Estaba tremendamente cansada. Me senté en un banco, cerca de las esculturas de la tumba de Miguel Ángel. Henrie me cogió la mano.
– No temas. Tienes demasiada belleza en tus ojos, has gozado en demasía del arte y el encanto de esta ciudad. Se te pasará, aunque tal vez deberás limitar pasear por Florencia: sientes tanto placer en sus plazas, en sus edificios, en sus puentes, en sus obras de arte, como angustia y terror de volver a salir a sus calles.
Sentí pánico por primera vez en mi vida y me desmayé.

Cuando desperté Henrie ya no seguía allí. Los que estaban eran mis amigos y compañeros de viaje Ana, Alfonso y Puri que intentaban comprender la explicación, prolija en detalles y gestos, de la doctora Graziella. Me hallaba en Hospital de Santa María Novella, en el departamento especializado en el Síndrome de Stendhal.
– Verá, usted ha sufrido un episodio de una enfermedad psicosomática que se produce ante la acumulación de arte y belleza en poco espacio y tiempo.
La miré sin entender. Puri me cogió la mano mientras la doctora nos contaba que se trataba de un mal habitual en la ciudad, donde se habían diagnosticado miles de casos “desde el Renacimiento, pero hasta 1817 no tenía nombre. Fue bautizado como el síndrome de Stendhal porque este escritor francés describe en Roma, Nápoles y Florencia, toda una declaración de su amor por Italia, que experimentó una especie de éxtasis al visitar la Santa Croce y tuvo que ser tratado porque Florencia le provocaba mareos… Deseaba irse y no irse a la vez”.No he vuelto a Florencia. Mi viaje fue accidentado, porque en Siena volví a padecer el mal de mi amigo Henrie al que he reencontrado en sus obras. Ahora estoy leyendo La cartuja de Parma. Creo que se divierte mucho entrecruzando historias.

Relato de Llum Saumell. Ruego que si quieres difundirlo,por favor, cites la fuente y la autoría. Gracias

6 pensamientos sobre “La Basílica de la Santa Croce

  1. Llum&Llamp

    ¿La Basílica o la música de órgano?
    Llamp está por Florencia, así que imagino que en cuanto pueda, con sigilo, se colará en el templo.
    La música de órgano no es la que más le gusta. Prefiere el piano, otros instrumentos de cuerda y viento…

  2. Francesc

    Cuando estuve en el norte de Italia, Milan, Venecia, Florencia, Pisa… también recibí la visita de de este encantador viejecito Henrie Marie Beyle. Es toda una celebridad en Florència i en toda la Italia.
    Cuando regresé a Martorell, después de ver todas las bellezas que describes i más, padecía de una intoxicación etílico – espiritual (la borrachera artística) una cogorza que ya querrían los pamplonicas (ahora que han pasado los San Fermines) y en mi casa me dijeron que padecía del “Mal de Stendhal” que ya se me pasaría. Han pasado muchos años, unos 40 i aún recibo la visita de Henrie.
    He leído algunos de sus libros “Memorias de un diletante” en que pormenoriza en la vida del gran Gioacchino Rossini i los estrenos de sus óperas (una joya bibliográfica). Las “biografias de Haydn, Mozart y Metastasio” , “La Cartuja de Parma” “Rojo i negro” i algunas otras más.
    Interesante este personaje de Henrie Marie Beyle

  3. Francesc

    Ya que hablamos de música, en Florencia nació la “Camerata florentina”, primeros esbozos de lo que luego sería la ópera. Monteverdi uno de los primeros autores de este género derivado de la “Camerata florentina” estreno lo que se considera la primera ópera que a llegado a nuestros días, el magnífico “L’Orfeo, favola in música”. Estrenada la òpera en Mantua el 24 de febrero de 1607.
    Como sabe Llum por mi predilección por el contrabajo sugiero escuchar la “ Fantasia de la Sonambula” de Giovanni Bottesini, apodado “El Paganini del contrabajo” que fue director del Liceu de Barcelona del 1873-1876 y del 1881-1883. Verdi le escribía pasajes de bravura en sus operas, cuando era el contrabajo solista del “Teatro alla Scala” de Milan. I fue el director del estreno de la ópera “Aida” en el “Teatro Italiano” del Cairo el 24 de diciembre de 1871 en los festejos de la inauguración del canal de Suez por deseo del propio Verdi.
    Sugiero la interpretación que hace mi amigo Jonathan Camps, Maestro de la OBC (Orquestra Ciutat de Barcelona i Nacional de Catalunya) i catedrático de la Escola Superior de Música de Barcelona (ESMUC) junto a Dani García al piano

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