La economía del bien común en épocas de crisis

Durante el pasado mes de Noviembre un grupo de economistas y de académicos pertenecientes a distintas universidades de la Compañía de Jesús en España nos reunimos en el campus sevillano de la Universidad Loyola Andalucía. Esta muy nueva universidad es la apuesta en educación superior de la Compañía de Jesús en Andalucía, en sus dos campus de Córdoba y Sevilla. En estos tiempos de crisis y de relativismo moral es reconfortante encontrar una institución universitaria con una identidad clara y una apuesta decidida por los valores más positivos del humanismo en general y del humanismo cristiano en particular.

Pero ese no es el principal punto del post de hoy. En el congreso tuvimos la oportunidad de escuchar al economista italiano Stefano Zamagni, quien desarrolló para nosotros los puntos principales de la teoría del bien común.  Tratando de simplificar mucho este concepto y de acercarlo a la realidad de la empresa, este tipo de planteamiento buscaría que la gestión de la empresa se preocupara por atender las necesidades del conjunto de los partícipes sociales que se relacionan con la empresa, y no solamente de atender las exigencias de los inversionistas que han nutrido la empresa con el capital necesario para su funcionamiento.

De esta manera, en lugar de dirigir los esfuerzos de la empresa en la maximización del beneficio a corto plazo, la gestión de la misma debería buscar un equilibrio entre los intereses del capital, de los trabajadores, clientes, proveedores, comunidad local y otros partícipes sociales con los que la empresa interactúe de manera significativa.

Esta apertura del foco de interés de la empresa llevaría consigo bastantes consecuencias positivas, junto con un interesante cambio en la dimensión temporal del análisis de las cuentas de resultados de la empresa, que pasaría del corto al largo plazo.  Este cambio premiaría a los inversores preocupados por la buena marcha de la empresa en el largo plazo, mientras que penalizaría a aquellos inversores que buscan maximizar su rendimiento en el muy corto plazo a costa de la relación de la empresa con el resto de los partícipes sociales.

Por otro lado, esta visión de largo plazo no solo posibilitaría, sino que buscaría activamente el engarce efectivo de la empresa con la totalidad de sus partícipes sociales, incluyendo el capital. Una empresa que buscara la rentabilidad a largo plazo debería establecer compromisos con los trabajadores, clientes, proveedores, comunidad local,… que permitieran una ganancia tanto a la empresa como al partícipe social. Estas situaciones de beneficio mutuo (win-win situations) permitirían a la empresa contar con unos trabajadores motivados e interesados en la buena marcha de su organización, y a unos clientes y proveedores comprometidos con la creación de ventaja competitiva junto con la empresa. Todas estas actividades llevarían aparejadas una rentabilidad a largo plazo superior a la que podríamos conseguir tratando de exprimir al máximo a los partícipes sociales en el corto plazo (win –lose situations), aprovechando cualquier coyuntura que ponga a la empresa en una situación de fuerza.

Para que esto sea posible, los gestores de la empresa deberían contar con el respaldo de los inversores de manera que éstos aceptaran el cambio que supone virar de la maximización del beneficio a corto plazo a la atención de las necesidades de los partícipes sociales y la búsqueda del beneficio a largo plazo.

Dentro de la economía del bien común, el cliente final de la empresa, los consumidores, tienen reservado un papel muy importante. La decisión de compra, el voto monetario que realiza el consumidor, puede utilizarse para premiar la manera en la que una empresa se comporta en el mercado, o bien para castigarla. Así, aquellas empresas que se preocupen por integrar en sus objetivos al conjunto de los partícipes sociales y que establezcan una visión de largo plazo en la gestión podrían ser respaldadas por el voto monetario de los consumidores, premiándolas con una mayor demanda. Por el contrario, aquellas empresas que sigan operando dentro del modelo cortoplacista del “business as usual” podrían ser castigadas con una menor demanda por parte del consumidor. Numerosos economistas y asociaciones de consumidores están propugnando ya este “voto con la cartera” para influir en la manera en que las empresas son gestionadas y en su misma toma de decisiones.

Por otro lado, las empresas más avanzadas que buscan incrementar su nivel de competitividad están poniendo en práctica lo que se ha venido denominando la “creación de valor compartida” (shared value) entre los diferentes partícipes sociales que interactúan con la empresa. Es decir, las ideas para nuevos servicios, nuevos productos, nuevas formas de gestión o de comercialización vendrían no solamente del interior de la empresa, sino que ésta escucharía a los partícipes sociales y desarrollaría junto a ellos las nuevas ideas que incidirán de forma positiva en la competitividad de la empresa. Desde este punto de vista, la interacción con los partícipes sociales y la visión a corto plazo formarían parte de la estrategia competitiva de la empresa. Aquellas empresas que no sepan adaptarse a este nuevo enfoque estratégico no sólo corren el riesgo de un “voto con la cartera” negativo, sino que además estarían desperdiciando oportunidades para incrementar su competitividad que sí serían utilizadas por otras empresas competidoras.

Todas estas reflexiones me hacen ser moderadamente optimista respecto a la evolución futura de nuestro sistema económico. Aquellas empresas que sepan ampliar su punto de vista hacia el largo plazo e introducir en su estrategia la interacción con los partícipes sociales serán las más competitivas, las que generarán más empleo y más beneficio, y las que contribuirán en mayor medida al bienestar del conjunto de la sociedad.  Y el resto de las empresas, en la medida en que quieran sobrevivir en el mercado, las imitarán. Por este camino sí me apetece transitar. Desde las escuelas de negocio comprometidas con la persona y con la empresa es nuestra responsabilidad proponer este tipo de comportamiento empresarial por varias razones: porque es el mejor para aumentar la competitividad de la empresa, porque genera un mayor desarrollo económico para el conjunto de la sociedad y porque relega el comportamiento egoísta individual en favor de la cooperación y el trabajo en red.

Como decía al comienzo del post, es reconfortante encontrar espacios donde poder compartir, analizar y diseminar este tipo de ideas. Lo mejor, sin duda, es que pueden ser útiles a las empresas y a la sociedad en este instante. Sólo falta que nos decidamos a ponerlas en marcha desde este mismo momento.

Ricardo Aguado

UD-DBS Economía, Campus de Bilbao

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